A una pestaña de distancia – @soy_tumusa

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Miraba nerviosa como mil cuerpos desnudos se dejaban llevar por la lujuria retozando cual almas libres en «El jardín de las Delicias», mientras pensaba si habría acertado con el vestido. Rosa palo en seda, con motivos florales típico de ésta veraniega época; con volumen en la parte inferior y abierto por delante con unos delicados botones, su corte desbocado hace que se mueva al compás de mis largas piernas al andar, dejando atrás el aspecto modosito que el vestido me confiere.

Expectante, me deslizaba entre los «Flamencos» en busca de su aroma y justo ahí, contemplando el dramatismo de las emociones del barroquismo de Rembrandt, sus dedos acariciaron mi pelo dejando al descubierto su placentero olor. Su perfume se metía en mis entrañas y de manera involuntaria llenaba mi ser, intentando salir a modo de flujo desde lo más profundo de mi sexo. De repente no era su olor, <<me dije>>, si no su mano que delicadamente me rodeaba sin apenas palparme la piel entre los botones de mi vestido y había conseguido alcanzar el encaje de mis bragas, suave y delicadamente, como un amaestrado ladrón que entra sigilosamente en casa ajena, metiendo sus dedos entre mi ropa y llegando a mi sexo, húmedo y caliente, acariciándolo levemente y haciéndome temblar delante de todos aquellos turistas. Le incité a seguirme, jugando con las miradas, insinuándome delante de cada artista, mirando con ardor cada uno de sus pasos, traviesos roces corporales donde  mis manos rozaban su trasero entre la multitud, las suyas se colaban por debajo de mi vestido como las aspas de un molino travieso.

Contemplaba la grandiosidad de las Meninas. Junto a él, plantados delante del maestro del barroco, nuestros cuerpos apenas separados parecían como imanes, resistiéndose a unirse pero ardientes por un poderoso deseo. Se giró y delante de mí, interponiéndose entre la mirada de Velázquez y la mía, alargó su mano para poder quitarme una pestaña que caía por mi mejilla. El latido de mi corazón acelerado por su tacto, debió oírse en toda la sala repleta de japoneses, era como si todo girase a cámara lenta y solamente estuviéramos él y yo a una pestaña de distancia.

<<Pide un deseo>> murmuró en voz baja. En aquél momento, ardiente, lo único que se me pasó por la cabeza fue <<que seas mío>>, y soplando delicadamente para hacer volar mi pestaña, introduje su dedo como un acto reflejo en mi boca, suave, despacio, mirándole fijamente a sus ojos y dándole a entender lo que hacía tiempo llevaba esperando. Enseguida noté su erección entre sus pantalones. Ambos quedamos en silencio unos segundos, a expensas de los latidos del corazón; se acercó y susurró en mi oído <<Necesito oler tu sexo. Mi deseo es que entres en el baño y te quites tus braguitas para mí.>> Respiré entrecortada, no esperaba esa reacción, pero el deseo que procesaba su presencia en mí me hizo obedecer y sentí a su vez cómo me calentaban sus palabras; la idea de quitarme la ropa interior para un desconocido en los baños de un sitio público lleno de turistas me excitaba a pasos incalculables.

Miré mi mapa de la sala, el baño más cercano estaba a pocos metros, caminé lentamente esquivando a japoneses y sus cámaras y a los grupos de rusos que escuchaban a sus guías, mirando hacia atrás para asegurarme que él seguía mis pasos, me contoneaba para excitarle aún más. Entré en los baños, noté mi humedad conforme bajaba mis bragas y acaricié mis muslos comprobando la calidez de mi sexo. Que locura tan deliciosa poder ofrecerle mi ropa interior. Le miré fijamente mientras bajo capa le ofrecía mi más intima prenda delante de tanta gente, como un camello pasa la droga a su cliente, la sensación de caminar libre, sin ropa debajo de mi vestido por la sala, me ponía más caliente y él lo sabía.

Caminábamos juntos, pero separados, contemplando el arte que aquella mañana nos envolvía y fue delante de la majestuosidad de la musa de Goya cuando le vi oler intensamente mi ropa, sacando su lengua para poder saborear mi flujo, acariciaba la prenda como su bien más preciado y yo mordía mis labios deseosa que fuera mi sexo el que su lengua rozara. Mis labios, ambos, latían con fuerza y notaba como la sangre los hacía más gruesos por la tremenda excitación de poder follar con él, en un sitio público.

Cogidos de la mano salimos corriendo o ardiendo del edificio camino a deshacernos en placer, a hacer realidad la magnífica obra de arte que ambos teníamos pendiente y que por falta de inspiración, nunca pudimos terminar.

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