Un puente para un suicida – @LaBernhardt

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¿Ves ese puente, el pequeño? Espero que te acuerdes de él. Que dentro de muchos años, un día, cuando todo sea borroso, recuerdes que quisiste morirte de pena pero que no te suicidaste porque no había suficiente altura entre la desesperanza y el agua. No lo hiciste porque no tendrás los huevos para hacerlo.
Pastora se acordaría mil veces de esa tarde y de la otra; la tarde en la que no pudo lanzarse a la muerte.
Llegó a Barcelona llena de moratones. En su casa nunca la quisieron bien y ella, a los 16 años, se cansó de padre borracho y madre que miraba hacia otro lado cuando llegaban las palizas.
Sólo sabía limpiar y pensó que sería buena idea pedir trabajo en alguna casa.
Si la vida fuera tan fácil como pensar y hacer, Pastora hubiera encontrado trabajo esa misma mañana. Tardó 5 días en acabar con el pan y el embutido que se trajo de Jaén. En cada trozo duro echaba de menos el aceite de su casa.
Llegó hasta el mercado de Sant Antoni y se quedó mirando un puesto de verduras. Pasó sin querer, que no era por hambre, que no. Que sólo se quedó mirando los tomates y entonces, Pepa.
Los ángeles, a veces, tienen 50 años y artritis en las manos. A veces, también se llaman Pepa.
Y Pastora acabó ayudando a Doña Pepa a llevar la compra a casa y comió caliente. Y hasta pudo dormir en una habitación de la casa.
El resto fueron alegrías y tropiezos y dos hijos, Quimet y Pepa. Del padre, ni rastro. Menos mal que siempre estuvo Doña Pepa, en lo bueno, lo malo y en todas las cenas de esa casa.
Quimet y Pepa hablaron catalán -que conmigo hablando castellano ya vamos aviados- estudiaron, más Pepa que Quimet, y Pastora les dio todo cuanto tuvo, y a Quimet mil bocadillos, Bollycaos, panceta, chorizos…hasta que acabó siendo el gordo de la clase, y luego el sebo de IES, y tanto peso no aguantó el primer curso en la facultad de derecho.
Acabó obeso y detrás de la barra de un bar, que hueles a fritanga, hijo, que tanta comida a la mano te va a matar, y Quimet que no mama, que me dejes.
Lo dejó por imposible al tercer ataque de ansiedad. El médico le dijo «que su hijo esté en un bar es un puente para un suicida», y ella, de pronto, recordó la tarde, en aquel pueblo de la sierra, el del puente. Lo recordó y lo volvió a guardar en el olvido.
Pepa terminó medicina, que se va a hacer médico de los que tienen sobrepeso, doña Pepa, que mi Pepa lo hace para ayudar al Quimet.
Y qué orgullosa estaba Pastora de su nena y qué tristeza tenía porque sabía que su nene no dejaría de comer por muy endocrina o como se llamara eso que era su hija.
Un puente para un suicida, eso dijo el médico, doña Pepa, dígame usté que eso no va a pasar.
Y venga a llorar mientras le hacía tortillas con cebolla para que se las llevara al bar. Y más llorar cuando su Pepa le dijo que le habían sacado azúcar al hermano, que tenía que pincharse y que si no dejaba de comer, y que y que y que…
Que se le moría el nene porque él quería, doña Pepa, que bien claro se lo dejó su hija. Y que no había manera de sacarlo del bar y de las fritangas y de las bolsas de papas. En maldita hora se dejó caer por esa calle, por ese bar.
Hay gente con suerte, con un grifo que cada poco se abre y deja en esas personas un ratito de paz, un pellizco en los ciegos, una herencia inesperada. Pastora no era de esos porque ella agotó toda su suerte encontrando a doña Pepa y pariendo a Quimet y a Pepa.
El nene se le fue, claro, dirá la gente. Se fue comiendo o sin dejar de hacerlo, que para el caso…y ella pensó que para qué, que doña Pepa tenía la casa arreglada y no volvería del pueblo hasta después de Todos los Santos, que la nena necesitaba llorar a su hermano y luego, trabajar. Trabajaría tanto que no tendría tiempo de llorar.
Así que Pastora se fue en busca de ese puente y se propuso saltar, ¿eso del suicidio no la dejaría ir al cielo? ¿Y su Quimet, habría llegado ya, con lo lento que caminaba, el pobre?
¿Ves ese puente, el pequeño? Espero que te acuerdes de él. Que dentro de muchos años, un día, cuando todo sea borroso, recuerdes que quisiste morirte de pena pero que no te suicidaste porque no había suficiente altura entre la desesperanza y el agua. No lo hiciste porque me quieres, mama.
Eso le dice Pepa, cada 8 de abril, cuando van al puente de Quimet y donde Pastora se reencontró con su vida.

 

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