Te odio, pero poco – @GraceKlimt + @mediofran

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—¿Volveremos a vernos, marinero? —preguntó Nerea sentada a los pies de la cama, cubriendo con intencionado descuido su desnudez enrollada en la sábana bajo la cual hacía apenas un minuto había fingido tocar el cielo en brazos del último peregrino que había saciado su sed en cada uno de los poros de su piel.

El humo de un cigarrillo mal apagado sobrevolaba la estancia enfrascado en su pertinaz tarea de contribuir a remarcar la amarillenta tonalidad de las paredes desconchadas por la condensación que hasta entonces vaporizaron infinidad de cuerpos entrelazados que solo estaban de paso.

Junto al cenicero de arcilla, recuerdo embarrado de un viaje ya olvidado, un billete cuidadosamente doblado borraba de un plumazo cualquier atisbo de amor que hubiera podido colarse en aquella alcoba.

Él, tumbado en el camastro con su hombría aún palpitando y acariciando distraídamente la curva de la espalda de la joven con su pie desnudo, contestó:

—Vente conmigo, muñeca, tengo un gran plan.

Cosas del sexo, supongo, que es capaz de arrancar las más bellas mentiras y hacerlas pasar por verdades arrolladoras.

—¿Un gran plan? —preguntó ella sin poder ocultar la ironía con la que cargaba sus palabras mientras las escupía mirando hacia otro lado —. Y se te acaba de ocurrir ahora, ahí tumbado, como tu amiguito —añadió señalando su pene flácido.

—Enorme, el mejor plan del mundo —espetó él reincorporándose en el camastro.

Bien es cierto que un par de horas antes, mientras sus lenguas se reencontraban bajo la sucia luz de la farola de la esquina de aquel callejón, él no tenía ni siquiera un simple esbozo de plan, mucho menos algo grandioso y fascinante de lo que sentirse orgulloso. Tenía, eso sí, las manos deseosas de piel suave y los ojos ansiosos de belleza.

Pero no le culpéis. Ante semejante mujer gimiendo nuestro nombre, qué importa si los jadeos eran sinceros o no, ¿es que vamos a ponernos exquisitos  en un entorno como el que nos toca?, cualquiera de nosotros, todos nosotros, habríamos inventado futuros perfectamente imperfectos y mentido tanto como él con tal de retenerla a nuestro lado.

Ella, haciéndose la desinteresada, se levantó de la cama sujetando la sábana contra sus pechos y se dirigió a la cómoda junto a la ventana arrastrando la tela por el tillado de madera como una virginal novia que caminaba solitaria hacia el altar.

Abriendo uno de los cajones sacó unas braguitas limpias y se las puso, desprendiéndose de la prenda de cama y lanzándola a un rincón, donde esperaría hasta que tocara hacer la colada.

Después de dirigirle una fugaz mirada a su compañero volvió la vista hacia la ventana, desde la cual alcanzaba a ver el mar que cada pocas semanas le devolvía a su marinero sano y salvo, pero siempre igual de desarraigado.

—Vienes a visitarme cada vez que desembarcas —dijo sin darse la vuelta y señalando por la ventana —y yo nunca te pido nada. No quiero ponerle nombre a lo nuestro porque vivo con la idea de que llegará el día en que me quede en la dársena mirando al horizonte embobada preguntándome cuándo vendrás. Y ahora que me pides que me vaya contigo solo alcanzo a pensar que o estás loco o eres un idiota. Yo soy una puta y tú un jodido marinero, así que a lo único que podemos aspirar es a que algún trovador borracho entone a la luz de un candil una triste balada en nuestro honor, que hable de marineros desnortados y de krakens hambrientos y sirenas petrificadas.

Girándose y volviendo a tumbarse a su lado en la cama apoyó la mano en su pecho y empezó a juguetear con su vello. Sabía que aquellas palabras habían calado en él por la forma en que entornaba la mirada, como si tratase de hacerse el distraído.

—Nuestro plan haría aguas —añadió ella apoyando esta vez su cabeza en el musculado hombro de su amante —. Y yo no quiero naufragar a tu lado.

Una vez sí que lo tuvo. Lo recuerda de pronto, y su mente sale volando a aquel día lejano y casi olvidado ya. Era el verano de 1970 y al puerto habían traído un cine de verano. Él y unos cuantos amigos se bebían los días y las noches a sabiendas de que ese sería el último verano de verdad para ellos. Después, dejarían de ser niños, y se harían a la mar, como antes hicieron sus padres, y los padres de sus padres, y todos sus antepasados hasta que la memoria sea capaz de recordar. Los altavoces anunciaron una película que tras 3 años recorriendo medio mundo, al fin llegaba a aquel rincón olvidado del planeta. Y él no pudo apartar su vista de aquella Faye Dunaway de melena rubia, boina calada y pistola en mano. Y deseó ser Warren Beatty. Y huir de su realidad. Encontrar su alma gemela y recorrer el mundo dejando a su paso un rastro de sangre y amor. Ser leyenda. Ojalá pudiese hacer que ella entrase en su cabeza y disfrutase del espectáculo ahora mismo.

—Seremos Bonnie & Clyde. Los conoces, ¿verdad? Seremos como ellos. Mejores que ellos, haremos historia. Nosotros seremos la historia —la excitación le hace subir el tono y empezar a creerse sus palabras, mientras el bulto en su entrepierna vuelve a latir —.Tengo todo pensado, tú y yo juntos frente al mundo. Comiéndonos el mundo, conquistando el mundo, siendo los dueños del mundo. Yo sostendré el arma, tú dispararás —percibe por el rabillo del ojo que ella le mira con aire cansado y el estruendo al caer de golpe al suelo desde su nube de ensoñación es tan brutal que puede sentir como su alma se rompe en mil añicos que quedan esparcidos por todo el suelo como una alfombra de ruina, escombros y sueños rotos —No, nena, no. No pongas esa cara. Yo te quiero. Lo haremos. Vamos a hacerlo. Porque tú me quieres ¿no? —susurra muy despacio.

La atronadora carcajada que brotó espontáneamente de la garganta de Nerea inundó el edificio entero que, enfermo de aluminosis, renqueó tratando de contener el súbito estremecimiento para no llegar a sucumbir al colapso.

Pero no había ni un ápice de diversión en aquella espontánea risa. Más bien era la máscara tras la cual había aprendido a ocultar la decepción con el paso de los años.

Decepción porque en el fondo no era más que una niña rota que había depositado la esperanza de encontrar en el hombre que ahora yacía desnudo a su lado al caballero de armadura cobriza, como su piel bruñida por el sol del océano, que la rescatase del infesto torreón en el que se encontraba recluida y vivir el resto de su vida colgada de sus vigorosos brazos, los mismos que sostendrían la espada que mantuviese alejados a los demonios.

—¿En serio eso es todo lo que se te ocurre? —la infantil y fantasiosa visión de futuro que él había dibujado ante sus ojos era lo más descabellado que había escuchado en su casi recién estrenada vida —. En serio, no puedo creer lo que me estás proponiendo, como no puedo creer que pienses que entre nosotros podría haber una gota de amor.

—Pero… —intentó defenderse él, pero Nerea se sentó a horcajadas sobre su bajo vientre y cogiendo el billete que reposaba sobre la mesita de noche se lo plantó en el pecho con un manotazo cuidadosamente calibrado.

—¿Éste es el precio que le pones tú al amor? —preguntó ella sin esperar ninguna respuesta —. Y todavía tienes la desvergüenza de preguntarme que si te quiero. En fin, marinero ¿qué quieres que te diga? Tu hora ha terminado y esto no es un consultorio sentimental —sentenció levantándose de la cama a la vez que señalaba el reloj de pared cuyas agujas renqueantes marcaban las doce en punto.

—¿Quiere decir esto que no volveremos a vernos? —él la miraba como quien observa desde el andén alejarse el tren que acaba de perder —. A mí me gustaría…

Nerea se giró hacia él y recogiendo de nuevo el billete que había quedado huérfano sobre las sábanas empapadas de desencanto suspiró con aire cansado mientras se colgaba de su cuello y plantaba sus labios a unos milímetros de los del apesadumbrado muchacho:

—Pues claro que volveremos a vernos, tonto. Quizá la próxima vez tu plan sea menos descabellado y yo al fin me haya enamorado. Pero por ahora te odio. Te odio, pero poco.

Una cínica sonrisa se dibujó en sus labios antes de fundirse en un último beso salado.

 

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