Talla 36 – @soy_tumusa

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Tan fácil como abrir la boca, meter los dedos y disparar. Y todo lo que entró de una manera feroz, sale tan rápido como la bala que sale del cañón de cualquier arma dispuesta hacer diana. Un rato de malestar, una cara pajiza, nada que el estuche de maquillaje que siempre va conmigo no pueda solucionar. Carmín, colorete y vuelta a empezar.

 

Al principio pensaban que era droga, sí, que eran las drogas las que me tenían enganchada por eso tantos viajes al baño; después comenzaron a sospechar que tanto rato y tantos viajes quizás no eran drogas, pero si era algo que me tenía muy enganchada. Las indirectas y los controles cada vez eran más exhaustivos, más preguntas. Los que me rodeaban se daban cuenta que me costaba cada día  más sentarme a la mesa cuando llegaba la hora de la comida y apenas terminar salía como alma que lleva el diablo a encerrarme en el maldito aseo hasta intentar expulsar todo aquello que mi boca engullía. Era un estado de ambigüedad, una lucha continua entre mi estómago y mi cabeza; cuando me ponían comida delante mi cuerpo se doblegaba como si fueran dos personas diferentes, Jekill y Hyde. No podía soportar mirar ni un solo alimento, pero cuando mi mano cogía cualquier cosa, mi boca la devoraba como si estuviera pasando hambruna muchos años. No comía, engullía la comida, apenas masticaba, era tal ansia que no me paraba a degustar el sabor de cada plato, de cada comida. Al principio era controlable, después era droga, ya no era solo en los horarios habituales de las comidas, a deshoras como furtiva buscaba comida, la engullía, mi estómago se sentía aliviado y lleno para después quedarse dolorido y vacío. No pude disimular durante mucho tiempo, las excusas de mi imaginario dolor de tripa no terminaban de encajar en una madre cada vez más preocupada y mi cuerpo se resentía.

 

Tan difícil como querer ser lo que una no es, tan difícil como morirse de la vergüenza cada vez que mis amigas se desnudaban, iban de compras o a la playa y yo reservada siempre ponía excusas. Yo no quería llevar esa camiseta “Oversize”, ni quería usar bañador de natación cuando todo el mundo en la playa lucía cuerpos espectaculares, bikinis diminutos que dejaban ver más piel que vergüenza mientras yo me sentaba con mi toalla rodeada por la cintura para disimular mi sobrepeso. La excusa de  “soy más de montaña”, ya no colaba y provocaba que me miraran raro. Soy la rara que va vestida a la playa, y en el fondo es que quiero ser como ellas, disfrutar, saltar, tomar el sol, pero claro, usando una talla 36 no una 44. Me frustraba salir de noche con ellas porque nadie se acercaba a la rara, no podía ir a la moda porque lo ceñido era imposible de poner y tenía tantos complejos con mi cuerpo que me avergonzaba enseñar nada, delante de nadie. Así era mi adolescencia, oculta y acomplejada intentado encajar en un mundo de Barbies que no iba conmigo. No quería dejar de hacer las mismas cosas que ellas, que los demás, así que tomé el camino más fácil.

Me cansaban las dietas, pasaba mucha ansiedad, demasiada hambre. Llegué a pensar que me engordaba hasta el aire que respiraba, así que decidir ir por el camino más corto pero más cruel, mutilar mi cuerpo por unos gramos de comida. La primera ver que lo haces, supongo que es como quien se toma una raya de cocaína, “lo hago una vez sólo y ya está”. Pero la gente que somos vulnerables esa frase nos convence como tontos, pero a la primera de cambio se flaquea y te ves haciéndolo en ocasiones especiales, comidas familiares, aniversarios, hasta que de repente se vuelve rutinario y lo que era de vez en cuando pasa a ser tres veces al día. Mi cuerpo empezó a perder peso de forma vertiginosa, me veía estupenda, más ligera, la ropa me entraba sin estrechez y mi autoestima subía como la espuma. Con forme pasaba el tiempo me sentía incapaz de dominar los impulsos que me llevaban a comer de esa manera tan compulsiva y mi sentimiento de culpa y vergüenza tras cada comida iba en aumento lo que me llevaba a purgar en múltiples ocasiones.

 

A veces paseamos por la vida con los ojos cerrados, sin darnos cuenta de lo que tenemos más allá de lo que nos rodea, nos lamentamos de nuestras pequeñeces, sabiendo que hay gente que lucha por su vida cada día, pero de eso no te das cuenta hasta que te ocurre a ti. Y aquí estoy, enferma de hospital en hospital, viendo la vida través de una ventana o de las noticias que las pocas visitas que tengo me traen del exterior. Debatiéndome entre sobrevivir o morir, todo por una talla 36. Me siento estúpida por querer ser algo que no era y solo conseguí mutilarme, perforarme y dañarme por dentro. No supe apreciarme como persona ni valorar mi cuerpo tal y como era, porque era hermosa y yo no lo sabía y ahora lo que estoy es muerta en vida deseando ser lo que un día fui, que ironías tiene la vida.

 

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