Talla 36 – @Patryms

Patryms @Patryms, krakens y sirenas, Perspectivas

La belleza es la purgación de lo superfluo.

(Miguel Ángel Buonarroti)

 

La entrada al callejón tiene ese inconfundible olor, mezcla de levadura y cebada, de ser además de viejo, lugar en el que se destilan cerveza y whisky caseros. Contrasta con un cielo en el que no hay espacio para el atardecer violáceo que agoniza y las grandes nubes negras que se acercan avisando que esta noche volverá a llover, que no consigue colarse hasta los adoquines. Aquí se hace de noche algo más pronto.

El portal es el del fondo a la derecha. A simple vista, desentona en esta callejuela. No parece ni si quiera que los gatos que se alimentan de los cubos de la basura, una vez terminen su festín, vayan a pasar por delante. No llega la peste a humedad, destilerías de contrabando caseras, ni abandono de hace tan solo 20 metros. Huele a detergente, a esmalte de uñas y a incienso.

No esperaba acabar aquí cuando hace una semana entré en el Museo Cosmopolitano. A decir verdad, a mí el arte nunca me ha interesado; mi visita se debió a la suma de entrada libre, lluvia intensa, falta de paraguas.  Minos es un artista introvertido, de aire clásico y conceptual o eso he leído. Supongo que cuando me vio recorrer la sala retorciéndome para ver cada detalle fue cuando decidió acercarse a mí y presentarse. Una visita guiada y dos cappuccinos después llego puntual, dispuesta a hacer de modelo.

“Tú serás la talla 36 de mi carrera, mi más allá” — dijo— “Vamos a hacerte eterna”.

Unas cuantas velas, la música ambiental y no haber ido directamente al asunto me están relajando bastante. Dentro y fuera de la casa no desentonan y tener preparada una cena antes de ir al taller se agradece.

Mientras le soplo al tenedor lleno de pasta carbonara, Minos me llena otra copa de un vino,  que tampoco pega en este barrio,  y divaga sin hacerle mucho caso a su plato. Habla de cómo Miguel Ángel decía que tallaba el mármol para poner al ángel en libertad o que se pintaba con el cerebro, y yo recuerdo lo oscuras que me parecieron algunas de sus obras, los músculos tensos, los detalles exquisitos… y la paz y el descanso que se respiraba en otras, la rendición, y al fin, la calma.

Mi anfitrión ha tenido una epifanía. Habla de bañar al ángel, de proteger y no de liberar, de mármol líquido que cubre y no de roca que esconde, de esmalte para el molde en vez de arcilla opaca, de descubrir vetas nuevas al atravesar el sol un capullo ambarino de resina templada…

El vino ha hecho más efecto del que pensaba y cada vez me cuesta más seguir el movimiento de sus manos así que me fijo en sus ojos; irradian cuando sueña en voz alta, o eso creo. Su voz me llega más apocada y me está costando seguirle, pero sonrío intentando que no se note que ando un poco mareada y él se apoya un poco en la mesa devolviéndome la sonrisa. Lo siento, balbuceo, creo que no me encuentro muy bien

Me balanceo recogida entre sus brazos; su cuello está algo tenso y una gota de sudor baja por uno de sus tendones remarcándolo. Hemos pasado lo que creo que será el salón y bajamos una escalera ancha y empinada ¿Dónde vamos? Me pesa la cabeza y me cuesta mantener los ojos abiertos.

Siento cada paso a ralentí, difuminado y no puedo hablar: mi cerebro funciona lenta aunque perfectamente, pero no me responde la lengua y mi garganta, demasiado seca, solo alcanza a emitir débiles sonidos guturales. “Minos, ¿podrías llamar a una ambulancia? No sé qué ha pasado pero todo me da vueltas…”. No, nada, no sale absolutamente ni una palabra.

Un fuerte olor a sangre, hierro y corcho mezclados me despierta un poco de mi aturdimiento. Veo bocetos, caballetes, herramientas de tallado y pizarras a mi paso. Trozos de piedra, rastros de color rojo y agua mezclados y marchándose hacia el sumidero, una gran olla chapoteando algo viscoso a fuego lento, muchas botellas de lejía, trozos de carne y algo así como un cajón de cristal en el suelo.

El artista, mi captor, me tumba en un somier bajo una pequeña ventana alargada, me coloca el pelo tras la oreja, me acaricia el rostro y me besa con lentitud.  Pasa su mano hasta mi nuca para levantarme un poco y recorre mis labios, mi barbilla y mi cuello con su lengua antes de dejarme otra vez. Ni uno de mis músculos se ha movido mientras tanto. Tengo la mirada fija en lo que hace cada vez que mis parpados me obedecen y no caen por su propio peso. Lo tengo sentado a mi lado, frente a mí, enfrascado en su bloc de dibujo.

Se escucha el rasgo de la mina sobre el papel y al fondo el borboteo de la resina calentándose.

“No llores, querida… Vas a ser eterna”.

 

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