Suspenso en química – @DonCorleoneLaws

DonCorleoneLaws @DonCorleoneLaws, krakens y sirenas, Perspectivas

Soy un eterno buscador de esencias. Me apasiona quedarme con la esencia de todo. Me gustan las cosas que transmiten pureza, sinceridad, naturalidad, transparencia y emociones. Quizás por eso me atrae también todo aquello que apareja algún tipo de faceta artística: pintura, escultura, arquitectura, escritura, danza, canto, manualidades, diseño o moda. Me gusta lo bonito. Busco mensajes ocultos en las cosas más simples y los atrapo reteniéndolos en la mente para aprender de ellos y seguir creciendo.

A veces me quedo observando un óleo del siglo XVII y me transporto a cómo debió ser el momento de pintarlo en la tenebrosa compañía de candiles oscilantes, entre el aroma a cera quemada, aceites y barnices, madera, y quizás un vino tosco de los que se agarran en la garganta. Y se queda en mí el deleite con el que el autor imaginó una escena quizás no vivida, inventando luces, sombras y perspectivas que, cuatrocientos años después, aún consiguen emocionarnos.

Tengo bastante desarrollados los sentidos, sobre todo el olfato y, por tanto, soy un apasionado de los aromas. Hay perfumes que logran incluso excitarme simplemente al pasar a mi lado diseminados en un bonito cuello femenino. Hay olores que me elevan a disfrutar más allá incluso de la normalidad que aparejan: el salitre del mar que me reconcilia con este mundo a veces tan cruel, la hierbabuena o la lavanda que me retornan a la que un día fue mi casa, el suave papel impreso de un libro antiguo que ya fue acariciado por otros dedos, un buen queso curado o unas galletas de canela que me recuerdan a las frugales visitas a la casa de los abuelos… Oler la piel de mi madre cuando la abrazo con fuerza me devuelve casi al interior de su vientre.

Así es. Disfruto con los atardeceres: da igual de donde sean. Me conmueve contemplar la lentitud con la que el espectro se va alejando del intenso rojizo para maquillarse de sombras lilas, grises y, por fin, negras. Es el momento cotidiano en el que más noto la sintonía con el alma y en el que también noto más la soledad, y no me importa perder un pequeño rato en sentarme a contemplar cómo el día le besa la frente a la noche.

Esos pequeños momentos de gozo percibidos a través de los sentidos me ayudan a estimular la sensibilidad. Parece una gran novedad pero no lo es: se puede ser hombre y tener sensibilidad. Se puede ser hombre y valorar todo aquello digno de valoración. No todos somos cachos de carne con ojos que se rascan la entrepierna como si de animales no desparasitados se tratara.

Sí: se puede y se debe tener sensibilidad, y no sólo con las cosas, sino también con las personas. Me subyugan la sensibilidad y la inteligencia. El saber valorar una caricia, una foto enviada en ese momento sólo a ti, una mirada, una conversación a deshoras, un regalo pequeño, un interés que no cesa, unas ganas de quedar, un beso furtivo, un abrazo necesario, un camino acompañado hasta el portal o un “cuídate mucho”.

Me parecen muy atractivas las personas inteligentes que no son pedantes ni resabiadas, que no van sentando cátedra ni imponiendo doctrinas a nadie, que saben tocarte la fibra sin necesidad de fingir ser lo que no son, que no necesitan tener la última palabra para todo, que utilizan sus armas de manera efectiva para acercarse a ti y hacerte suyo. El tiempo me ha enseñado a desenmascarar farsantes con cierta facilidad, y la intuición suele ponerme alerta contra las letras impostadas, los excesos de elogio, los críticos compulsivos de lo ajeno (que no de lo propio), los profetas de tres al cuarto y los pasteleos innecesarios. Valoro y sopeso mucho las palabras que se dicen y las que se reservan.

A un amigo ya sólo le pido lealtad, nobleza y paciencia. A un amor ya sólo le pido que me quiera apasionadamente y con toda su alma. Sé que todo lo demás va implícito. Quien me ha demostrado no tener palabra ya tampoco disfruta de las mías, que no es que sean mejores que las de nadie, pero me cuesta tiempo hilvanarlas y no estoy para perderlo en demasía. Quien prefiere mirar su teléfono a charlar presencialmente conmigo ya no tiene hueco en mi agenda porque generosamente le regalo mi ausencia para que se entretenga con lo suyo. Quien me falló seguramente tuvo su segunda oportunidad, y si me volvió a fallar ya no recuerdo su nombre.

La madurez me ha enviado a un momento vital en el que quiero más cosas reales y sencillas que barrocas y enrevesadas. Creo que nos besamos muy poco, nos abrazamos muy poco y nos miramos muy poco a los ojos. Creo que somos esclavos del reloj y del porcentaje de batería del móvil cuando quedamos con alguien, que una cerveza estando a gusto nunca es suficiente, que un café se disfruta más ensimismado en unos labios generosos y bellos, que nos cogemos muy poco de la mano con lo importantes que son…

Las manos transmiten toda la maldad y la bondad del ser humano, y encierran la ternura necesaria para hacer que cualquier día de mierda podamos de repente sentirnos reconfortados a través de una simple caricia, de un roce o de un apretón. Las manos son las que nos aíslan de la soledad a través de un teclado o las que nos llevan al orgasmo más incontrolado con la persona adecuada. Hay que cuidarse más las manos y ofrecérselas a quienes las merecen.

Perder el tiempo con alguien que merece la pena no es tiempo perdido: es una saludable inversión en risas, conocimiento, deseo, aprendizaje, comprensión, tolerancia o morbo. Relacionarse sin prisas ni fronteras ayuda a desarrollar esa sensibilidad que anteriormente relataba. La gente que merece la pena, merece también que la cojamos de la mano.

Se puede tener cuatro carreras y ser absolutamente insoportable; se puede tratar de engañar a los demás con hábiles palabras mal copiadas estando realmente podrido por dentro; se puede llevar toda la vida junto a alguien y no tener nada más que hablar con esa persona; se puede morir de pena… y yo, que soy hombre pero también soy sensible, no estoy por la labor de recorrer ya esos caminos. No aguantaré a ningún desagradecido más a mi lado.

La química es una asignatura básica para entender lo que somos y de dónde venimos, y también es un factor fundamental para que las relaciones humanas se desarrollen satisfactoriamente. A estas alturas, prefiero mil veces ensimismar la vista en el cuadro de un museo, vivir un atardecer en soledad o cerrar los ojos cuando huelo a hierbabuena, que perder ni un solo momento más de mi vida con alguien sin esencia o sin sensibilidad que esté absolutamente suspenso en química.

En química, yo saqué sobresaliente. Es lo que hay.

 

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