Se nos fue de las manos – @anapsicopoet

ANA CASADO @anapsicopoet, krakens y sirenas, Perspectivas

Ella baja las escaleras de una casa hasta ahora desconocida, una casa diferente a todas las anteriores, un espacio diáfano y minimalista cargado de buen gusto y un desorden que da señales de vida.

Él la recibe expectante, observa cada uno de sus movimientos e intenta interpretar su mirada. Ella no deja que la interpreten. Oculta —quizá solo lo intenta— lo que pasa por su cabeza, sin permitir dar pistas de sus pensamientos. Pero hay alguien más perspicaz en esa casa que ya ha percibido una chispa de deseo en sus ojos. Ella evita el cruce de miradas, teme que él la descubra… no sabe que ya lo ha hecho. La mira y sonríe “deja de disimular, sé lo que estás imaginando”, piensa . “¿Por qué apareces ahora en mi vida?”, piensa ella. Se acercan sin hablar, y él le abraza sin pedir permiso. Es el primer acercamiento de dos cuerpos hasta ahora distantes, que toman contacto a través del arma más peligrosa; un abrazo entre dos entes excitados y contenidos.
Ella no había pensado en la posibilidad de sentir atracción por él, dos mundos y dos edades muy diferentes, pero cuando se trata de sensaciones y sentimientos, somos marionetas de la química y el destino, un inmenso mundo que se escapa a nuestro control. Todo se convierta en inesperado, sorpresivo, y en igual proporción, excitante.
Él se acerca a su oído y le susurra tres palabras que desbordan sus fantasías. No puede controlarse más, no pone freno, solo está el pedal de aceleración en su cabeza. No hay vuelta atrás, se deja llevar, y no va a ser él quien ponga resistencia.
Besos, caricias descontroladas, el sonido de una respiración agitada y algún susurro indiscreto, como si quisiesen evitar que alguien cercano les escuchase. Extasiados, bañados en sudor, se limpian hasta que la piel es sus lenguas y sus lenguas son la piel.

Qué fácil es todo cuando se disfruta, cuando no existe nada más que tú y la otra persona, y el mundo exterior es una mera parodia inexistente. Qué fácil es todo cuando tienes contigo un cuerpo al que deseas fundiéndose con el tuyo.
Él le acaricia cada milímetro de su piel, no quiere perder el tiempo, ya ha esperado bastante, ahora es momento para el goce, de él y de ella. No la defrauda, es como lo imaginó, quizá mejor, seguro mejor, mucho mejor que como lo imaginó en sus fantasías diarias donde él era el protagonista. “Qué bien sabes”, piensa ella; “vas a disfrutar como nunca”, piensa él.
— Quiero que se detenga el tiempo —ansía, desnuda observándole-
— El tiempo está parado, lo he parado yo —responde mientras mordisquea sus hombros—
— ¿De verdad? —pregunta fingiéndose incrédula—
— ¿No deseas que esto no termine nunca? ¿Acaso aún no sabes que cada uno controlamos nuestro tiempo? Yo he decidido parar el mío, y tú también has parado el tuyo, aunque no lo sepas. Todo lo que está fuera de esta sala no existe, el tiempo ya no pasa, no hay nada más que tú, yo, aquí y ahora.
Comienza a besarle el cuello junto a los pies de la cama y la tumba bocarriba sobre el colchón. Desciende lamiendo sus pechos, se detiene en ellos y los convierte en refugio, en trinchera. Baja hasta su cintura y, a modo de paradoja, en el descenso alcanza el punto más alto. Pérdida absoluta de consciencia durante unos instantes. Él no se detiene, sigue recorriendo el cuerpo con su boca. Acaricia con su cara el interior de sus piernas, y sigue bajando. Toma sus pies, tan perfectos en tacto y sabor como proyectaban a través de sus zapatos. Comienza a acariciarlos, besa cada uno de sus dedos y dibuja con su lengua el nirvana. Ella hace tiempo que consiguió viajar a otro lugar muy lejano y aún no ha vuelto, ni volvería en mucho tiempo, si no fuese porque desea que él disfrute como lo ha hecho ella.
Ella es sutil, prudente, pero, como a todos, le gusta el placer y el sexo. Es el turno de devolver los favores recibidos en su piel. Comienza acariciando la cabeza de quien la llevó a otra dimensión, le da algún mensaje prohibido y devora sus labios. Le besa cada milímetro, cada poro, lame zonas prohibidas y se detiene en ellas hasta oír fuertes suspiros. Se sienta sobre él y se convierten en un solo cuerpo. Habían pensado tanto en este momento que el aquí y ahora parece solo un sueño. Se mueven al compás de sus gemidos; discretos los de ella, sonoros los de él. Ella le agarra el pecho, cierra sus manos y le mira a los ojos, quiere ver el placer en su mirada, lo consigue, se miran y ven el infinito en sus pupilas. El infinito de un orgasmo finito en tiempo, pero no en sensaciones.

Y después, el pitillo y las carcajadas del punto y seguido.

Todo se nos fue de las manos, se nos sigue yendo después de tanto tiempo. Y me temo que ninguno va a hacer nada por evitarlo…

 

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