Sabio, necio, soñador – @Ordinarylives

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Tan sólo era un sabio, un necio, un soñador que caminaba por la calle principal de su ciudad sin un rumbo predeterminado, con las manos en los bolsillos del abrigo, sintiendo el peso de la cartera, de las llaves, del teléfono móvil en el pantalón. Y de la conciencia. Un pie detrás de otro, contar hasta tres antes de cruzar un paso de peatones y correr huyendo de los semáforos en ámbar. Manías estúpidas que cumplía siempre, como lavarse las manos dos veces antes de cerrar el grifo o remover seis veces el azúcar con el que endulzaba su café.

Acordarse de su cuerpo entre las sábanas, de que no hubo ni un maldito beso de despedida, de que el frío lo tenía metido en el alma desde que se había cruzado con sus ojos azules, de que no había solución a ninguno de sus problemas. Su vida estaba patas arriba y odiaba mirar a toda esa gente que sonreía a todas horas, que se cogía de la mano y se miraba de esa forma que algunos se atreven a llamar amor. Maldita mentira. Maldita basura que nos habíamos inventado para tener una excusa y dejar de estar solos a base de depender de otro.

Odiaba el romanticismo, el demostrar los sentimientos de manera exagerada, los regalos sin venir a cuento, las palabras recargadas, los mensajes largos y el sexo escaso. Odiaba las casas desordenadas, los gatos y las fotografías con la familia en un marco electrónico. Odiaba la mayoría de libros de final del siglo veinte y las películas de Woody Allen. Odiaba los gintonics con más ingredientes que una paella valenciana, el tabaco de liar y el pan que hacían en los supermercados. Odiaba la música electrónica, la guitarra española y el capitalismo liberal. Odiaba el euro, el sueño americano y viajar en Ryanair. Odiaba la voz de Pavarotti, las canciones pegadizas y la séptima sinfonía de Beethoven sonando demasiado estridente. Odiaba la poesía de Bécquer, a quien no había leído las Flores del mal y a los que se negaban a hablar de política o filosofía de manera sistemática. Odiaba a quien sólo conocía a Picasso y a Dalí, a quien discutía sobre lo que debe o no llevar la tortilla española y a quien no sabía cocinar más que un huevo frito. Odiaba a quien no podía respirar sin hacer ruido, a las personas que se quejaban de todo y a los que no eran capaces de esperar al metro sin ponerse nerviosos. Odiaba el tic-tac del reloj de la mesita de noche, la gente que hablaba en el cine y escuchar los 40 Principales por casualidad. Odiaba la música del Equipo A, a los que no habían visto la trilogía de Regreso al Futuro y a los que hablaban de Dune sin tener ni puta idea. Odiaba andar descalzo por casa en invierno, los 25ºC a destiempo y los calendarios de pared. Odiaba a los acomodados, a los viejos verdes del autobús urbano y a los niños que gritaban por todo. Odiaba levantarse cada día, abrir las ventanas sin sentir nada y tragarse el humo de los desconocidos al pasar por su lado.

Lo odiaba todo porque tan sólo era un sabio, necio, soñador que, sin embargo, a día de hoy se sigue quedando prendado de la primera mirada que le recuerda a la de ella, que le hace sentirse menos solo; porque lo único que le gustaría es tener un cuerpo tibio que le coja de la mano cuando llueve afuera y siente frío en la garganta.

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