Quien fue a Sevilla… – @LaBernhardt

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«SoloSillas», así todo junto y sin tilde, era una fábrica de sillas y Vicente Ramos, el fundador, no era un flecha en el arte de poner nombres con gancho, desde luego.
Yo llegué una tarde a su oficina. Lo hice caminando porque había perdido el 34. Llevaba un pantalón negro -el de las entrevistas- y una camiseta blanca demasiado ajustada, demasiado empapada en sudor y , joder, demasiados esos 4 kms que tuve que caminar en pleno julio, a las 6 de la tarde.
Claro, me cogieron porque parecía Miss Camiseta Mojada, en su mejor versión: «con outfit de zorra oficinista».
Salí de allí en una nube de felicidad; tenía curro. Curro de mierda que me permitiría seguir en mi piso de idem, un tiempo más y volví a casa flotando, en bus, en parte, por ese pensamiento feliz y en parte, por el olor a cola de pegar que vivía en SoloSillas. A ese mareíllo me acostumbré, como todo en esta vida.
Mi trabajo, de 9 a 2 y de 4 a 7 -y de eso me di cuenta aquel primer lunes- era un aburrimiento: llevar la contabilidad, hacer inventario de existencias y comprobar las salidas y llegadas de los pedidos.
Fue entonces que empecé a usar las horas en blanco en algo, digamos, más creativo.
Hacía un par de meses que había cumplido 25 años, «estás en lo mejor de la vida», «no sabe lo que se ha perdido ese capullo», «ni puta idea de quererte tuvo el otro», y un millón de frases hechas, que salían a borbotones de las bocas de mis amigos, aquellos que asistían a mis muchos desastres amorosos. Frases hechas para la amiga deshecha, pensaba yo siempre que los veía -y no los escuchaba, pobres míos- mover los labios entre cervezas de salvamento.
En ese momento de mi vida, y acumulando muchas historias bizarras, decidí meter a esos hombres que me rompieron en las sillas que estaban por montar. Decidí escribir en hojas las cosas que viví o no, las que lloré o reí…decidí esconderlos en cuentos y guardar esos folios en esas sillas. Cuando venían a llevarse una de ellas, sonreía: «ahí vas, Jose, que seas muy feliz en Santander», pensaba «Allí, bien lejos, llévate todos los mensajes que no me escribiste, Ángel». A veces se iban muy lejos, como le pasó a Jorge, que se fue en una silla recargada y barnizada en dorado. Fue, querido, una venganza en toda regla, tú, tan minimalista en sentimientos y en decoración, y acabaste en una silla de boda gitana lejos, muy lejos de mí.
O la silla de Andrés, dura como una piedra, de esas que no sirven ni para dar asiento. Como él, como su historia. En esa silla lo escondí. Creo que se fue a Cádiz, no lo recuerdo.
De todas las historias feas y rotas que fui escribiendo, guardando en esas sillas y mandando por el mundo, todavía recuerdo la última.
Es fácil, pensaréis: las últimas historias siempre son las que se recuerdan, claro. Sí, no digo que no, pero yo la recuerdo por algo en especial: durante meses me resistí a terminar el cuento que guardaría; escribía un poquito cada día, escondía el papel en ella y escondía a la silla entre otras muchas. Al día siguiente, volvía a escribir y así -como una Penélope ebanista- entre patas de madera, telas, colas y dobles fondos fui contando una historia un poco fea, bueno, muy fea. Una de esas que te enganchan y no te sueltan hasta que te han secado hasta la última esperanza. Esa historia era la que escribía en esa silla. Y mientras, pasaba el calendario y llegó ,de nuevo, julio y mis vacaciones. Y yo, me fui una semana a Sevilla.
No sé qué pasó con mi silla, ni quién la encontró y la terminó. No sé tampoco en qué envío salió de la fábrica, hacia dónde fue. Sólo sé que cuando llegué la había perdido y con ella, mi cuento inacabado. Nunca un refrán estuvo tan acertado.
Todavía recuerdo cómo era: madera de nogal, en mate, asiento color mostaza, cómoda, bonita.
Si la veis, buscad en ella mi cuento.

Está sin acabar.

 

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