¿Paró la música? – @relojbarro

relojbarro krakens y sirenas

Soy un asesino, sí.
Podría vestirlo de otra forma, podría poner excusas, pero al final lo que quedará será algo innegable, y es que soy un asesino. O al menos, lo era.

Un verdugo impasible, un ejecutor frío e implacable. ¿Un sicario? No, nunca mataría por algo tan soez, sucio y banal como el dinero. No querría que el peor invento del hombre ensuciara mis obras, me repugnaría a mí mismo.
Me gusta todo el proceso, seleccionar la pieza, observarla, acercarme, detectar sus debilidades y atacar sutilmente cada punto débil, cada fibra, cada rincón, hasta que la propia víctima venga directa a mí, y me suplique que acabe con su existencia.

Soy implacable porque lo disfruto, porque es mi vida. Es mi deber exterminar cada existencia en la que me fijo, mientras pueda morir con algo de dignidad, con la belleza que yo le proporciono a su fin, para mayor gloria de esa existencia que, antes de conocerme a mí, era insignificante.

He fallado alguna vez, me he rendido con algunas personas, lo reconozco. Lo peor es que lo hice por pereza, por simple desidia, porque me dejé contagiar por sus miserables vidas, porque eran almas que ya estaban muertas antes de que yo llegara, y no tuve voluntad para intentar revivirlas para ejecutarlas después, creí que no me merecían tras varios intentos, por lo que decidí dejarlos morir así, en la miseria de una vida plana, en una pobreza espiritual triste, sin darles ni una pista de lo que se perdían sin mí.

Hace poco, me fijé en ella. Era un alma avanzada, sonreía siempre pese a que yo veía su tristeza interior. Desprendía vitalidad, contagiaba alegría a su alrededor, animaba a gente con problemas menores a los de ella misma, y compartía todo con los demás cuando descubría algo especial. Me pareció que debía actuar, aunque estaba claro que ella sabría intuir algo supremo en mí, lo cual, la verdad, me motivó especialmente.

Dejé que marcara el son ella, me acompasé yo a su ritmo, poco a poco, hasta ir variándolo sutilmente conforme la melodía tomaba forma. Lentamente, conseguí su confianza, se abrió a mí, llegaba su fin. La canción que componíamos llegaba a su parte final, me decidí a ejecutarla cuando ella estaba con los ojos cerrados, iba a dejarla sin aire, cuando entonces ella emitió un sonido que me hizo parar inesperadamente. No supe reconocer esa nota, nunca la había oído antes, lo cual era algo imposible. Sentí dentro de mí una sensación que me dejaba sin aliento, algo intenso, que me hizo sentir que algo se rompía, y las lágrimas empezaron a asomar en mis ojos, pese a que yo intentaba controlarlo. Ese día, por primera vez, me mataron a mí, por primera vez, yo, que creo música para el hombre, que doto de un sonido y doy voz al ser humanos simple, yo, un Dios, descubrí una persona que creaba algo más bello de lo que yo fui capaz de pensar posible. Viví en mí lo que yo pretendo para el hombre, sentí morirme de pura emoción, los sentimientos brotaron sin control, me dejé llevar por lo que la melodía puede proporcionar, hasta el éxtasis, como un mortal más. Aprendí que sin música nueva no evoluciono, que cada uno puede crear melodías que yo ni soñaría hacer mejor. Cada sonido nuevo alimenta mi alma, acaba con una versión anterior de mí más pobre así como cada viejo sonido me abraza y me trae recuerdos que dan sentido a quien soy ahora, de dónde vengo, y hacia dónde voy.

Me entristece que exista gente que pueda «vivir» sin música, que cuando alguien pregunte «¿Paró la música?», respondan que sí, que no entiendan que, una vez que la música entra dentro de ti, ya nunca puede parar.

Epílogo:

Tras esta reflexión, noté el silencio tras la música y, cuando volví en mí, noté su garganta sin vida aún entre mis manos, era la primera vez que miré a alguien como a una igual. Fue la melodía más alta y celestial que jamás podría volver a interpretar, cadencia que nunca volvería a mecerme, con ese timbre de voz extinto, firmé mi obra cumbre gracias a ella, por eso decidí no volver a matar a nadie, para que esa última melodía fuera absoluta, irrepetible. La ansias de nuevas víctimas desapareció, repaso todas las notas tocadas, pero detenerme, solo me detengo en la última chica, y así haré hasta desaparecer, como penitencia, alimentando mi melancolía día a día, sintiendo algo parecido a echar de menos a alguien, dejándome llevar por unas notas que nunca habrá escuchado nadie más que yo, porque nadie las merece más allá de mí que ella.

 

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