Padre, he pecado – @Macon_inMotion

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Unos lustrosos zapatos resonaban sobre la piedra centenaria de la iglesia y el sonido reverberaba por la bóveda de la nave central. El paso pausado pero firme y decidido. El hombre, con un elegante traje azul oscuro, pasaba lentamente la mano por los bancos de los feligreses, ahora vacíos. Sintiendo la madera recia. Unas enormes vidrieras  reflejan sobre él sus colores, al caminar camino al altar, coronado por un imponente Cristo crucificado. Se pasó una mano por el pelo con un deje de arrogancia, evitando mirar la escultura. Entonces escuchó una tos profunda. El hombre al que buscaba estaba allí. Miró a su izquierda y vio a una mujer que se ponía en pie frente al confesionario. El hombre permaneció quieto, en pie viendo como la mujer se cruzaba con él y enfilaba el camino a la salida. Después de unos segundos más de inmovilidad, escuchó a su espalda cerrarse el portón y entonces comenzó a andar hacia el confesionario.

De nuevo la mano por el pelo, como extendiéndose la gomina. Se tiró levemente con ambas manos de las perneras del pantalón para poder arrodillarse. El confesionario databa del siglo XVIII y aunque profusamente tallado, presentaba muchos desperfectos, producto de la humedad del templo.

–Padre, he pecado. –dijo.

–Cuéntame, hijo. –respondió la voz.

A pesar de la celosía de madera y de que con la oscuridad de aquel rincón no podía ver al sacerdote, reconoció su voz al instante. Era él.

–He cometido todo tipo de maldades, padre. Algunas por pura supervivencia, otras por negocios. Otras… simplemente por placer.

Después de unos segundos eternos, el sacerdote contestó.

–Has cometido actos execrables hijo. Todos somos hijos de Dios nuestro Señor. El te perdonará si ve que tu arrepentimiento es sincero… ¿lo es?

–Tiene que serlo, padre. No quiero ir al infierno.

Esta vez la voz tardó mucho más en contestar.

–Y una mierda. –replicó el sacerdote abruptamente. –Dejémonos de cuentos, te conozco. Sé quién eres. Es más, te estaba esperando.

–¿Qué cojones? –Balbució el hombre del traje, sorprendido. –Muy bien, quitémonos las caretas, padre. Sabrá entonces, a lo que he venido.–dijo mientras ahuecándose la americana con una mano, sacaba una pistola con la otra. Tranquilamente apoyó el borde del silenciador en un hueco de la celosía y un disparó recorrió el breve espacio que había entre el arma y el pecho del sacerdote, que emitió un leve gemido.

El hombre se levantó y se sacudió el traje después de guardar su arma. Dio la espalda al confesionario y ahora sí, miró a Cristo crucificado y con gesto de desprecio escupió al suelo. El trabajo había concluído con éxito y ya nada le retenía allí. Rememoró mentalmente las palabras del sacerdote «Sé quién eres. Es más, te estaba esperando» ¿qué habría querido decir aquel desgraciado? Fue lo último que pensó pues un enorme fogonazo seguido de millones de astillas de madera del confesionario y un horrible estruendo lo sorprendieron. Una enorme mancha roja cubría su pecho. A su espalda, el sacerdote con una enorme escopeta de caza con el cañón humeante, surgía de entre lo que quedaba del habitáculo de madera al tiempo que el hombre del traje azul, con el torso devastado, se desplomaba sobre el frío suelo de la iglesia.

Ignorando el cadáver, sacó un teléfono móvil de la sotana para avisar a la policía, después caminó hacia el altar y mirando al Cristo crucificado musitó unas palabras: Padre, he pecado.

 

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