De otra galaxia – @GraceKlimt + @demotico

GraceKlimt @GraceKlimt, krakens y sirenas, Perspectivas

Piensa en el Amor. Sí, en la mayúscula versión de esa palabra. Piensa en que ojalá existiera. En que ojalá no fuéramos tan resentidos. Que los unos y los otros nos miráramos a los ojos y nos cogiéramos las manos y esas manos lo pudieran todo. Como dicen las canciones. Que no fuera tan difícil, bla, bla, bla.

Y ahora ve y dibuja esas manos que imaginas, canta esas canciones y recita las palabras que hagan falta para dar por hecho que es así, hay Amor. Y suma setenta u ochenta toneladas de combustible suficiente para levantar un cohete de, no sé, veinte metros de altura y cuarenta toneladas, más el peso de la cápsula con procesadores y antenas que tiene una misión que cumplir, ahí fuera, y cuando la haya cumplido otra más aún, flotando eternamente más allá de los planetas conocidos, y por eso has metido dentro un disco con todo lo que se te ocurre decir como el Amor.

Un mensaje en una botella sería una buena comparación, seguro. A mí se me ocurre otra: una caja de Pandora invertida en la que están todas las bondades de la humanidad salvo una, el cinismo. Esa afilada voz que te dice que estás mintiendo. Y se lo dice, sobre todo, al pobre desgraciado que tenga la mala suerte de escucharte.

 

Ponte en su lugar. Imagina que eres un habitante de Alfa Centauro, como cuenta la canción. Y allí, en otra galaxia, a miles de millones de años luz, se está acabando el mundo.  Llueven piedras y los soles abrasan los ojos. La tierra ha dejado de ser habitable. Todo arde, no hay salvación, bla, bla, bla.

Y ahora ve y cierra los ojos, siente la esperanza abriéndose camino entre tus costillas, golpeando fuerte tu pecho, haciéndose hueco en tu corazón dormido, asustado, aletargado, que vuelve a vibrar. Y añade a esa explosión, miradas y lágrimas de “aún hay salida”, abrazos de “todo es posible”, manos que se agarran fuerte. Ilusión, sería la palabra. Porque desde un planeta azul, en un cohete espacial, habitantes maravillosos, bellos, bondadosos, te han enviado una señal, un disco con promesas de Amor.

Una cuerda a la que agarrarte cuando estás al borde del abismo sería una buena comparación, seguro. A mí se me ocurre otra: una soga colgando del techo, con un maravilloso nudo corredizo en forma de corazón al otro lado.  Porque no lo sabes, pero no deberías fiarte de los que cuentan bondades y ocultan mentiras.

 

Lo siguiente sería un “ponte en mi lugar”, pero hay que ser pragmático. Nadie se pone en el lugar de nadie que se pueda encontrar en el mismo vagón de Cercanías, en la mesa de al lado de un ruidoso bar, en una cuenta de Twitter o en un cuento cuyo narrador te diga que no hay nada en él de extraordinario. Porque es lo que buscas tú, lo extraordinario. Así, en minúsculas, porque no sabes lo que es eso y cualquier cosa te vale.

¿Por ejemplo? Mira al cielo. Mejor dicho, mira en la pantalla de tu móvil los videos de cualquier portal que muestran el cielo con subtítulos y rostros casi catatónicos de presentadores estadounidenses, rusos, alemanes, pues lo extraordinario también tiene su punto exótico. No te valgo sólo yo para contarlo. Es el decorado para las imágenes del cielo que llora un azul aún más claro que el del propio cielo. Fluorescente, dirías tú. Lo que sí puedo decirte es que es terriblemente habitual, aunque las noticias no lo dicen mucho, eso de detectar un asteroide capaz de provocar una Gran Extinción cuando está a punto, apenas semanas o meses, incluso días, de rozar la Tierra.

No hablemos ya si ese asteroide no sigue una trayectoria elíptica y predecible y hace cosas raras como acelerar y desacelerar hasta quedarse en órbita, como una luna pequeña visible en el cielo pero no tanto como para salir bien en la cámara de tu móvil. Justo como la verdadera Luna. Por eso cada día nos importa menos.

 

Yo la verdad, que no sé muy bien ponerme siquiera en mi lugar, como para ponerme en el lugar de un investigador de la Nasa, entrar en su cabeza, y descubrir qué extraños mecanismos le llevan a lanzar un mensaje de Vida inmenso al espacio, qué pereza. Por no hablar de ponerme en el lugar de un bicho verde y con antenas que vive a tomar por culo de aquí, allá más lejos del sistema solar. Que igual tiene 3 piernas y chupa la sangre, colega.

Y es que somos la hostia. Capaces de las más maravillosas proezas, de escribir las palabras más bellas y las melodías más dulces. Y de las más horribles acciones, de aplastarnos sin piedad, de maltratar a los más débiles, de utilizar a quien nos ama, de provocar daño y dolor solo por el simple hecho de que nos mariposee el estómago un poquito. Y jugamos a ser Dioses y Demonios, y en un ejercicio de Bondad suprema y de Egocentrismo radical, nos creemos Todopoderosos. Y les hablamos de salvación. De amor. De perfección. De la divinidad que habita en nosotros. A aquellos que, para su desgracia, nos creerán.

Qué puta locura. Ojalá un «cuidado con el perro, muerde», en letras grandes, enormes, luminosas. Por si un día, esos que reciban la señal, vienen a buscarnos. Pobres de ellos. Da igual que lo hagan en son de paz.

 

[En 1977, los humanos hicimos una locura maravillosa.
Cogimos un par de sondas espaciales, y las lanzamos al espacio exterior.
Pero antes, Carl Sagan y su equipo, idearon un disco con el que equiparon a estas sondas Voyager.
El disco de oro en cuestión contiene una selección de hora y media de duración de música de diferentes partes y culturas del mundo, saludos en 55 idiomas humanos y del entonces presidente de las Naciones Unidas, y el ensayo Sonidos de la Tierra, que es una mezcla de sonidos característicos del planeta. Además, también contiene 115 imágenes para explicar de forma científica la localización del sistema solar, las unidades de medida, y las características del planeta tierra y de la sociedad y el cuerpo humano.
Toda una demostración de intenciones, todo un esfuerzo por contactar con otras especies de vida inteligente que puedan existir fuera del sistema solar.
Toda una bandera blanca interplanetaria.
En el 1979 la Voyager 1 ya estaba en Júpiter, y en Saturno en el 1980.
La Voyager 2 alcanzó Urano en el 1986 y Neptuno en el 1989.
La misión se planteó para 5 años, y ya celebró hace mucho su trigésimo aniversario.
A día de hoy, hace tiempo que ya ha abandonado una de ellas la burbuja de partículas cargadas y calientes que rodea el sistema solar y ha entrado en el entorno frío y oscuro del sistema interestelar.
Casi nada.]

 

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