No cambies nunca – @Macon_inMotion

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Luces rojas, azules, verdes y rosas se intercalan aleatoriamente mientras las chicas se mueven, desnudas, encima de la pasarela. Al menos cuarenta personas las jalean. Huele a alcohol. Huele a fracaso. Huele a oportunidades que nunca llegaron y a trenes que se fueron, pasando desapercibidos. Entre las camareras en la barra, se mueve con movimientos toscos un hombre de metro noventa al que todos llaman Coronel, a pesar de no haber estado nunca en el ejército. Lleva su aspecto habitual: una camisa de 200 euros manchada de grasa, unos enormes bíceps que rivalizan en tamaño con su prominente barriga y un inconfundible aunque poco apreciable cerco blanco asomándole de la nariz. Hoy está de buen humor. Es el primer fin de semana del mes y la gente tiene dinero en el bolsillo. Una de las camareras le sirve una copa cuyo contenido se acerca al 100% de vodka. El enorme hombre da un largo trago, limpiándose con la manga de la camisa la comisura de los labios mientras se pasa repetidamente la otra mano por la nariz, aliviando un imaginario picor.
Ríe, congratulado por el sabor del vodka bajando por su garganta y celebrándolo con una obscena palmada en el culo de la camarera que se lo ha servido. Ella ni siquiera le mira a la cara. Ha aprendido que es mejor pasar desapercibida.
-Ponles un trago a esos tres.- dice señalando a un grupo que saluda desde el otro lado de la barra. -Y enséñales las tetas, hostias, que pareces una puta monja, joder.-
El hombre se marcha con su copa de vodka ya mediada, hacia su despacho.
Una mujer de treintaipocos años baja por unas escaleras que terminan en un oscuro pasillo, abriendo un paquete de chicles y metiéndose de golpe todos en la boca. El Coronel la ve desde la puerta y la hace un gesto con la mano para que se acerque.
Llamar despacho a la estancia donde El Coronel estaba sería faltar a la verdad. Había un sucio camastro, un fregadero y dos estanterías repletas de papeles amarillentos. Cuando la chica entró el hombre ya estaba sentado detrás de una mesa, enfrascado absolutamente en unas líneas blancas con las que jugueteaba con una tarjeta de crédito.
Después de unos instantes, se apercibe de la presencia de la chica. -¿Tienes el dinero que me debes?- la espeta.
Ella duda y tartamudea. -Al… Al fi… final de la noche te… tendré todo, Coronel.-
-Así lo espero, sabes que no me ando con putas bromas.- termina la frase con un golpe en la mesa que hace que todo tiemble. Se levanta y va hacia ella. La chica sabe lo que viene ahora e instintivamente retrocede un paso. El Coronel se abalanza sobre ella y la empotra entre el y el fregadero. Con su cara pegada al oído de ella, le dice unas palabras que salen pastosas de su boca. -Sabes que me gustan dóciles como tú… No cambies nunca.- Esas tres últimas palabras resuenan en la cabeza de la chica mientras el Coronel babosea su cuello. Ella ya no está allí. Esa frase la ha hecho cambiar. No cambies nunca… Esas tres palabras son las que hacen que eche las manos hacia atrás, al fregadero, donde hay unas rodajas de limón y un enorme cuchillo. No cambies nunca. Es ese mismo cuchillo el que segundos después, entra jubiloso en la enorme barriga del hombre, al que parece que van a salírsele los ojos de sus cuencas. Da un paso atrás, perplejo, escupiendo abundante sangre que salpica la cara y el vaporoso vestido de la mujer. No cambies nunca. Con un rápido movimiento le arranca el cuchillo y con un grácil movimiento como si fuera una bailarina de ballet, le atraviesa de lado a lado con el filo, el enorme cuello. No cambies nunca. Ciento cincuenta kilos de persona se desploman delante de ella.

 

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