Ni conmigo ni sin mí – @alasenvuelo

Yamile Vaena @alasenvuelo, krakens y sirenas, Perspectivas

Somos dueños de los mismos demonios, en las mismas calles, con las mismas historias. La lluvia llora en aquella ventana al igual que en las otras. Los ladrillos crujen, el vacío se abre a nuestros pies. No soy tan diferente. La vida sigue, conmigo o sin mí. Pero yo los desperté.

Ellos no sabían mi nombre. Yo tampoco en un principio lo supe a ciencia cierta. No era importante. Nací de las entrañas de la tierra como nacen los dioses, con una grandiosa entrada que crujió las estructuras de los hormigueros del mundo. Porque una hormiga no entiende el nacimiento de un volcán, pero lo presiente. Así todos ese día. Estuvo el hombre invocando recuerdos que despertaron a la tierra décadas antes. No era su culpa. La naturaleza le gana a la intención la mayoría de las veces. Quiénes somos muchas veces es más poderoso que quiénes queremos ser.  Y la humanidad reptaba en su naturaleza civilizada, cavando una tumba que tarde o temprano la devoraría. No fue mi culpa que coincidiéramos así. Me invocaban.

El día que nací mi padre y mi madre estaban orgullosos. Mi propósito era despertar a los héroes. Mi propósito era sacudir la fibra de lo importante, lacerarles el alma con dolor. Yo no era el demonio, pero lo era. Yo no era el destructor, pero lo fui. Yo no era la furia de los tiempos ardiendo las entrañas de la tierra con olor a azufre, pero lo era. Yo no era el jinete del Apocalipsis arrancándoles lo más amado y arropándolos con muerte y devastación. Pero lo era. No avisé y me esperaban. Viví en sus más profundas pesadillas de generación en generación, hasta que me tocó regresar. A la misma ciudad, el mismo día. No me vieron venir, pero no fui sorpresa, momentos antes habían preparado una ceremonia para honrar mi recuerdo. ¿Y se extrañan de mi visita al mundo después de esa invitación? Debía acudir. Debía sacudirlo todo, quebrarles la vida desde sus raíces para volver a empezar.

Le llamaron simulacro, sonó una alarma y todos salieron ordenadamente de sus casas, edificios, sitios de trabajo. Le llamaron simulacro y todos, estremecidos por la memoria de tres décadas atrás hicieron la danza que tenían que hacer para honrar sus propias vidas.

Me invitaron a la fiesta, pero llegué tarde.  A las pocas horas, nací de nuevo, cimbró la tierra, devasté edificios, escuelas, viviendas. Pisoteé al amor, a la vida, al futuro. Respiré el encuentro y me detuve.

Entonces, vi el milagro para el que fui creado. Vi a los hombres quitarse las máscaras, abandonar sus sueños de grandeza, su avaricia, su egoísmo. Los vi olvidarse del ego, del dinero, del reloj, de sus propias ambiciones, de sus posesiones, de su propia sobrevivencia y confort y fundirse en un todo por rescatar a otros.  Como un ser viviente, vi a la humanidad abrazarse a sí misma para salvarse.

Y por un segundo, el hombre olvidó que hace mucho había aprendido a matar y a ser cruel, olvidó que sabía actuar en la más profunda oscuridad. Por un instante, olvidó toda la maldad que había aprendido en las eras, y los vi levantarse a sí mismos de los escombros y purificar sus pecados con actos de heroísmo indescriptibles; dignos de ángeles.

Sé que para ellos soy un titán de la devastación; pero si pudieran verse como yo los vi, comprenderían que aunque no pueden sobrevivir estar conmigo por breves instantes, olvidan completamente quiénes pueden ser, cuando están sin mí.

 

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