My way – @mediofran

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Existe cierto amargor al terminar de leer un libro tan solo comparable a la incertidumbre que acompaña a la despedida de un amor de verano.

Parecemos estar condenados de por vida a la penitencia del recuerdo, pagando no se sabe muy bien por qué pecados, y tratamos de expiarlos sumidos en una narcótica nostalgia que nos lacera la memoria como el cilicio que hunde sus púas redentoras en las carnes sumisas.

Nuestro cuerpo, ése al que tanto culto le rendimos, parece ser que no nos pertenece tanto como podemos llegar a pensar y él solo, valiéndose de sus propios medios, se ve capaz de arreglárselas para inducirnos en esa suerte de ensoñación que nos transporta más allá del espacio y del tiempo, arengados por los indomables estímulos que flotan en el ambiente, cabalgando sobre las acuosas volutas de una liviana brisa marina o hipnotizados por las sinuosas notas musicales de una canción.

Y es que quizá encontremos en un puñado de acordes encadenados con armónica cadencia la ansiada máquina del tiempo que el hombre viene persiguiendo desde que H.G.Wells la desveló ante los ojos del mundo.

Pero esta otra máquina, a diferencia de la que describió Wells, está al alcance de cualquiera y yo, por suerte, he viajado miles de veces y aún hoy viajo cuando me viene en gana. Así que me van a disculpar pero…

 

…El bullicio del local me obliga a elevar la voz para que el chico que está al otro lado de la barra se fije en mí. Ella, a mi lado, asiste divertida a mi patético intento por hacerme oír, pero no le doy mucha importancia. Adoro verla sonreír de esa manera, dejando entrever el aparato metálico que lidia contra la naturaleza rebelde de su dentadura.

Apoya delicadamente su mano sobre la mía, me vuelve a sonreír y ladeando levemente la cabeza llama la atención del camarero sin ni siquiera pronunciar una palabra. Supongo que es uno de esos trucos que funcionan con ese tipo de magia que solo una mujer sabe poner en práctica.

Solventada la aventura de la barra y con nuestras consumiciones en la mano nos encontramos en el centro de la pista envueltos por la sudorosa muchedumbre que bailotea a nuestro alrededor, con incoherentes movimientos espasmódicos como si estuviesen representando un aquelarre ancestral.

Ambos nos miramos y encogiéndonos de hombros nos regalamos risueñas muecas como si fuese la primera vez que coincidimos bajo los delirantes destellos de la luz artificial.

De pronto ella se acerca a menos de dos centímetros de mi boca y mirándome a los ojos me arrebata la copa de la mano sin apenas darme cuenta. Se gira despacio, encaminándose hacia un pequeño reservado que ha quedado libre, confiada de que el adictivo contoneo de sus caderas al caminar marcan el norte hacia el que mi brújula debe apuntar.

Y ahí pasamos las horas, apoltronados en los raídos sofás de terciopelo rojo, inamovibles testigos mudos de infinitas pasiones y de otras tantas decepciones, departiendo sobre temas banales y poco transcendentales para mí, ya que ninguno de ellos acaba con un contundente “bésame”.

Miro el reloj por enésima vez. La hora del cierre ha llegado y las luces del local han aumentado su intensidad.

Poco a poco aquel lugar se va desalojando y el chico que pone los discos acaba de pinchar My Way a todo volumen, señal inequívoca de que están cerrando.

A regañadientes nos levantamos y nos dirigimos hacia la salida. Yo ya estoy convencido de que esa no será la noche y mi toalla hace ya tiempo que ha tocado la lona.

Pero al llegar al centro de la pista ella se gira, apoya su mano en mi pecho y sin darme tiempo a buscar refugio en la retaguardia me besa a quemarropa como nunca antes me han besado mientras me elevo unos metros por encima de la cubierta del local.

Mis labios no quieren despertar de este sueño en el que nos encontramos los tres. Yo y ella en la pista central y Francis Albert al fondo, afinando los engranajes de mi recién estrenada máquina del tiempo.

Cuando nuestras bocas se separan retiro con cuidado el mechón de pelo que cae por su lado izquierdo y acerco despacio mis incrédulos labios para susurrarle al oído un tímido «Te quiero», a lo que ella, sorprendida, me contesta…

 

…“Circule caballero”, el agente que regula el tráfico golpea levemente con los nudillos el cristal de mi ventanilla mientras me señala el semáforo en verde.

Lo miro desconcertado y engrano la primera velocidad. No sé cuantas décadas llevo allí parado.

Echo un último vistazo al espejo retrovisor y emprendo la marcha canturreando. En la radio los acordes de una vieja melodía me anuncian que ya están cerrando.

 

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