Momentos que duran toda una vida – @dtrejoz

dtrejoz krakens y sirenas

“La vi sentada en la banqueta,
con la mirada perdida en el vacío,
buscando una explicación del porqué sus huellas ya no llegan.

—Y sentí que le dolía.”

 

Momentos que surgen de la nada, fortuitos, sin un rumbo definido, huérfanos de tiempo, solo por el gusto de ser y de alguna forma hay magia en la casualidad de coincidir con ellos, en la simpleza de toparse sin planearlo, de quedar de frente ante el vacío de alguien que es completamente desconocido, que jamás sabrá que estuvimos ahí, en el momento justo cuando su emoción ocurría dejando salir su color por la mirada, y hay tanta belleza en esa indiscreción, en ese atrevimiento de inscribirse en la sensación que deja escapar el alma de otra persona para ser parte de quien la observa.

Quizás me pasan estas cosas porque me mantengo vulnerable. Y cuando digo vulnerable, solo es en el sentido de sensibilidad emocional, no me refiero a debilidad ni a nada que se le parezca, simplemente me mantengo alerta, intentando siempre percibir las emociones que las personas dejan salir cuando bajan la guardia y su rostro muestra lo que sienten, lo que verdaderamente sienten.

De modo que cuando el auto se detuvo brevemente en la eternidad de aquel semáforo, dándome la oportunidad de girar mi cabeza algunos grados a la izquierda, cuando mis ojos se encontraron con la tristeza de aquella mujer que miraba a la nada a una velocidad de mil preguntas sin respuesta, supe que estaba ante un momento al que nadie me estaba invitando, pero que por su misma manera de ser única y distraída, por el mismo privilegio que el tiempo me estaba dando para ingresar en esa dimensión que ella estaba ocupando, sentada en esa banqueta (de cuerpo) pero de rodillas en el alma, con la mirada perdida en el camino, buscando a lo lejos lo que no sabremos. Busqué en mis experiencias y relacioné toda esa tristeza con la sensación de esperar a alguien que no vendrá, alguien que ya se ha ido, alguien que quizás está en la esquina, pero que ya lo sientes en el infierno, la impotencia de aceptar que solo quedará un camino, pero que sus huellas ya no llegan.

Y me quedé con ella. Me abracé al intento de olvidar que nunca se logra en esos casos, cuando piensas que necesitas dejar de pensar en algo pero es cuando más lo piensas. Me rendí al dolor que no podía ocultar en el temblor que había en sus labios, ese impulso para llorar que intentas sostener apretando los dientes, ese tsunami de emociones que terminan rodando mejilla abajo inevitablemente, porque no hay una llave donde se cierre el dolor, porque no hay un interruptor donde se apague la tristeza.

Estaba tan oscura la tarde, que el poco brillo que había en sus ojos tenía la suficiente luz como para recordarla toda la vida, porque hay momentos que son así, tan irrepetibles que uno jamás los olvida, tan llenos de fuerza que no hace falta que sean felices, pueden ser momentos tristes pero jamás podrán compararse a otro por ser únicos e impersonales, momentos que uno vive pero que no son nuestros, hasta podría ser capricho del destino, cuando nos pone en la misma frecuencia que otra persona está transmitiendo, cuando nos deja atrapados en esos instantes tan llenos de color, sean grises o rosas, cuando nos quedamos atrapados en la emoción que alguien está viviendo, cuando sucumbimos al naufragio de otra alma, cuando atravesamos su tormenta.

Era una tarde oscura con amenaza de lluvia y ahí estaba ella, ahogada en lo que parecía ser un océano de tristeza, y yo que no encontré la forma de lanzarle un salva vidas…me ahogué con ella.

—Hay momentos que duran toda una vida, aunque el semáforo se ponga en verde.

 

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