Maldito Twitter – @mediofran

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A menudo imagino al creador de Twitter sentado en la taza de porcelana del retrete de un bar de carretera, cual inamovible Pensador de Rodin, mirando hipnotizado el garabateado panel de la puerta de madera y pensando no sin soltar un suspiro más de asombro que de alivio: «A esta gente hay que darle su propio espacio».

Así, mientras en su cabeza comienza a tomar forma una idea descabellada de cómo dotar de voz a quienes hasta entonces permanecieron mudos por carecer del púlpito adecuado, se gira entusiasmado hacia el portarrollos para comprobar decepcionado que el encargado de la limpieza, si es que allí existía tal figura, se ha olvidado de reemplazar el rollo que ahora le mira con inexpresivos ojos acartonados, sonriendo de soslayo.

Azorado por la situación se lleva las manos a la cara y haciendo acopio de la poca dignidad de la que puede hacer gala allí sentado alza la voz para quien pudiera escucharle al otro lado del primitivo timeline grabado en la madera y grita desesperado: «Aquí no hay papel».

Sí amigos, aquí no hay papel. Y dado el cariz incendiario de muchas de las opiniones vomitadas en esta red social hace ya tiempo que el cortijo habría sido reducido a cenizas si nos valiésemos de folios en blanco para consignar nuestras lúcidas opiniones a los cuatro vientos. Y es que hemos convertido la herramienta soñada para ejercer la libertad de expresión en una bomba de racimo mal calibrada, la cual portamos bajo el brazo, inconscientes de que si la manipulamos en falso nos puede explotar en la cara sin darnos tiempo a ponernos a salvo.

Desde que aquel 28 de Julio de 1830 una envalentonada Libertad, enarbolando en su mano derecha la bandera patria y con el vestido rasgado dejando a la vista uno de sus firmes pechos, espoleó al pueblo francés en el levantamiento contra el último de los Borbones que gobernó el país y cuya aviesa intención era la de restringir la libertad de prensa, el hombre ha reivindicado de viva voz, por activa y por pasiva, el inembargable derecho que por naturaleza le corresponde para expresarse libremente, sin ataduras ni miedos.

Pero obcecados en la humana cabezonería de alterar en beneficio propio las lindes que delimitan la acotada parcela en la que pastan libres nuestros derechos, hemos ido un paso más allá modificando la orografía de tan abrupto terreno invadiendo sin miramientos el espacio de nuestros convecinos.

Caímos en la trampa de manifestar nuestra libertad de expresión erradicando el filtro necesario por el que han de pasar las ideas que se forman en nuestra cabeza antes de salir convertidas en palabras por nuestra boca. Y ese filtro, que en su mayor parte está formado por una materia intangible llamada sentido común, tiene difícil reparación una vez roto y por lo general su fractura produce una enfermedad de la que hasta ahora solo se tiene conocimiento de que se hayan dado casos en seres humanos: la estupidez.

Con el pasar de los años Twitter se ha convertido en una estación central por la que a diario pasan millones de usuarios y en la que por suerte el 99% de ellos tienen algo interesante que aportar, pero ese 1% que queda por ahí suelto, a su aire, aferrado a un libre albedrío que en ocasiones parece sospechosamente muy bien orquestado y que, quién sabe si deliberadamente o no, le dota a la red de una fama a menudo injustificada, pues es bien sabido que en los tiempos que corren la chabacanería y el mal gusto hacen más ruido que las buenas intenciones.

Nos creemos a salvo vertiendo opiniones de todo tipo parapetados tras una fotografía en blanco y negro de un jovencísimo Paul Newman, lo cual aparentemente nos otorga licencia para erigirnos en expertos en todo y maestros de nada, haciéndonos acreedores de una verdad absoluta que carece de validez más allá del confortable sofá de nuestra casa desde el que le damos al botón de “Enviar”, pero que satisface nuestro ego en proporción al número de réplicas que recibamos desde el otro lado del charco.

Últimamente hasta morirse en Twitter se ha convertido en un hábito arriesgado y poco saludable, pues si dejas cuentas pendientes ya se encargará algún mentecato de airearlas efusivamente o de orinarse alegóricamente sobre tu tumba, jactándose de la “valiente” hazaña de ultrajar la memoria de un finado.

Es de suponer que cuando Twitter eche el pestillo y su creador ponga de nuevo a rodar su capacidad inventiva (esta vez desde la lujosa habitación de un hotel de cinco estrellas) todos aquellos “odiadores” profesionales que no encontraban mayor realización personal que la de difamar o insultar irracionalmente a diestro y siniestro, asaltarán indignados las calles reclamando que se restituya esa trinchera virtual desde la que dinamitaban a diario el concepto de libertad de expresión.

Por suerte aún queda gente amable en la red con la que tropezar cada día y que con su mera presencia obligan a la irreverente estupidez humana que de vez en cuando asoma la cabeza a convertirse en un hecho anecdótico, porque, qué demonios, algo bueno tendrá este maldito Twitter si hasta la Libertad, aunque con un día de retraso, nos deleitó con un sugerente martes de tetas.

 

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