Maldito Twitter – @DonCorleoneLaws

DonCorleoneLaws @DonCorleoneLaws, krakens y sirenas, Perspectivas

La eclosión de las redes sociales como fenómeno de expresión y/o entretenimiento las ha situado en el interés general y en el punto de mira, tanto para lo bueno como para lo malo. Ya es raro no estar viendo la tele mientras se utiliza el «hashtag» de un programa, o salir a tomar algo sin compartirlo con los demás. Cada una de ellas se diferencia de las demás en cuanto a enfoque, uso y aceptación de seguidores, y las hay orientadas al entorno familiar o afectuoso, a la simple muestra de fotografías o a la interactuación generalizada con desconocidos.

Y claro, como reflejo de la realidad que son, las redes sociales acogen a todo tipo de usos y comportamientos en ellas que no dependen ya del medio a disposición sino de la actitud particular del usuario. En este país de quijotes, faranduleros, ilusionistas, morbosos, quejicas, ocurrentes, miserables, crédulos, descastados, chistosos, oportunistas o demagogos, cada cual busca su espacio y lo amolda a su personalidad. Está bien que así sea puesto que entra dentro de la libertad individual: la misma que nos permite dejar de seguir a quien ya nos cansa leer o evitarnos hacerlo con aquellos a los que barruntamos muy distintos a nosotros. A veces lo distinto enriquece, pero tampoco estamos aquí para aguantar estéril y gratuitamente a gente que no nos place.

Lo que a mí no me resulta tan lícito es utilizar las redes sociales para incordiar al prójimo o para ir en contra de lo que a los demás les gusta o define. Tampoco me parece admisible el adoctrinamiento que constantemente leemos por parte de algunos “pseudo líderes de opinión” para marcar un único pensamiento lejos del cual te hacen sentir como un bicho raro (la realidad demuestra posteriormente que se hace muy poco caso del liderazgo virtual). Y, por supuesto, me rebelo contra aquellos que se atreven a imponerte a quién debes o no seguir, o con quien debes o no interactuar según sus personales criterios de amor/odio. A mí que no me transmitan sus paranoias. No: ni sois nadie para decidir por los demás, ni sois nadie para hacerle la vida imposible a quienes no os ríen las gracias o no comparten al 100% vuestra forma de pensar.

Me cansan las mentes estancadas, los voayer y los intolerantes, y justo por eso dejo de seguirles cuando los detecto: porque no me aportan absolutamente nada, de la misma manera que admito sin problema alguno que mis cosas también resulten cansinas y por eso dejen de seguirme. Actuar de esta forma entra dentro de como a mí me gusta entender las redes sociales, y más concretamente Twitter. Procuro no joder a nadie y no permito que lo intenten conmigo. Me amargan los quejicas, me aburren los obscenos, me repelen los prepotentes, me espantan los irrespetuosos y me asquean los maleducados, pero allá ellos: yo simplemente dejo de leerlos y silencio -o bloqueo- a quien estimo que se lo merece, así me evito encuentros desagradables al abrir la aplicación. Me gustan las personas positivas, los amantes del arte en cualquiera de sus expresiones, la nobleza interior y la belleza externa, los que cuidan sus textos, los que empatizan a través de la reflexión, los admiradores de la fotografía, los que comparten lo propio y lo ajeno, los que demuestran sin prometer, los que respetan aunque no entiendan y aquellos que hacen de la discreción una virtud sabiendo distinguir entre público y privado: los que conservan para ellos confidencias, curiosidades, charlas, dudas o reflexiones.

Me han utilizado bastante por el simple hecho de tener una cuenta bastante seguida y cuando lo he descubierto lógicamente me ha decepcionado, pero no tiene mayor importancia: me parece tan pueril y ridículo como innecesario. Hay “TL´s” en los que jamás te encontrarás pese a que a los propietarios les encanta que tú sí compartas sus ocurrencias, mientras ellos te felicitan privada y ocultamente por motivos desconocidos que se me antojan de patio de colegio. Qué forma de complicarse la vida con algo tan sencillo. Se me escapan estas cosas. Tampoco sé a qué tipo de fama aspiran algunos por tener más seguidores que otros o por resultar exclusivamente inaccesibles, si de esto no se cobra. Yo empecé sin seguidores (como todo el mundo) e imagino que me aguantan los que comparten gustos conmigo. Intento contestar todas las menciones en el mismo tono en el que se me hacen, y atender a quien me requiere según el tiempo del que dispongo (que no es mucho), pero tengo muy asumido que ni se puede gustar a todo el mundo ni tampoco hace falta. Poco más puedo decir.

No suelo pedirle explicaciones a nadie cuando llega, así que tampoco me siento en la obligación de darlas cuando yo me voy. La inmediata correspondencia de “unfollows” ya demuestra para lo que te tenían agregado. Si quiero saber una opinión la solicito, y si se me brinda sin yo pedirla, según sea la forma en que me llega la medito, la acepto, la rebato o directamente la ignoro, que también hay mucho capullo enmascarado tras su cobardía. No pillo las “pseudos” básicamente porque ni tengo tiempo para imaginar que alguien se esté dirigiendo a mí en tercera persona del singular pudiendo hacerlo de forma directa, ni tengo el ego tan subido como para pensar que alguien invierta su tiempo libre en indirectas para que yo las lea, ni me apunto al carro de estar asignándome escritos genéricos que otros tantos como yo se pueden estar apuntando de igual manera públicamente y apuntalando por “Dm” privadamente. No va conmigo: el que tenga algo que decirme que lo haga, que yo vine al mundo sin bola de cristal y suelo ser bastante agradable en el trato directo.

No me complico más la vida. Me da la sensación de que generalmente piensan que soy bastante mayor a mi edad real, pero imagino que es fruto de tratar a las personas con corrección en tiempos francamente incorrectos. Comparto lo que me gusta y escribo lo que se me ocurre intentando hacer el ridículo lo menos posible (no siempre lo consigo). Y no me muestro porque ni es obligatorio, ni es necesario para que se me entienda. Más de once mil almas parecen entenderme sin necesidad de observarme, y eso me enorgullece. Normalmente aquella persona que ha querido alimentar su curiosidad la ha satisfecho sin mayores problemas. Mis amigos son mis amigos, mis conocidos son mis conocidos y mis desconocidos son mis desconocidos, con todo el afecto que cada cual me inspira y transmite diariamente, y que tanto valoro y correspondo.

Más fácil imposible: vivo y dejo vivir a cada cual con sus gustos, odios, aficiones o ideas, y cuando constato que no van con las mías me alejo discretamente. No hay más.

El problema no es Twitter como plataforma de expresión. Tan mala es la adicción a la herramienta como la negación de ella, porque si uno se lo propone encuentra sin dificultad a personas estupendas y generosas, divertidas y sanas, sin necesidad de estar yéndose y volviendo cada tres meses por continuas quejas y sin tener que disponer de varias cuentas para seguir obsesivamente a nadie o esquivar a odiadores profesionales, babosos empedernidos o parejas celosas en extremo. Algo estarán haciendo mal para tanto vaivén y tanto lío. Esto es libre y tenemos lo que permitimos: que no se le olvide a nadie. El enfoque que le damos es nuestro y de ese enfoque llegan las consecuencias. Además, la red social no es una hipoteca: es gratuita y está exenta de contratos vitalicios con nadie.

No se trata del maldito Twitter, no: se trata de eludir a los tuiteros tóxicos que, dicho sea de paso, son y siempre serán la minoría. Así que elijan bien, sean ustedes mismos aunque la foto corresponda a un atractivo actor en blanco y negro, y disfruten de la experiencia, que merece la pena.

 

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