Lo que atormenta la calma – @alasenvuelo

Yamile Vaena @alasenvuelo, krakens y sirenas, Perspectivas

No puedo hablar de ello. Aunque reconozco que antes de hoy, ni siquiera me hubiera detenido a mirar lo que hacían. A veces las cosas se acomodan como piezas de un complejo rompecabezas tridimensional, nada parece tener pies ni cabeza y de repente, de manera casual, un pequeño e insignificante trozo de colores de forma única, le da sentido a todo lo demás.

¿Qué puedo decirles? Creí todo, toda mi vida, hasta que un día, me cansé de creer. Y las verdades y las certezas absolutas entonces empezaron a golpearme en la cara de manera insoportable. Entre más las ignoraba, más ruidosas, más furiosas, más grotescas, más ciertas. Es increíble la catástrofe que puedes desencadenar a tu alrededor simplemente dándole la espalda a tu propia naturaleza.

Siempre confié en mi intuición, y con esa curiosa soberbia de: “yo sabré reconocer el camino”, me arrojaba sin tapujos a las verdades que “sentía” que me llamaban. De esa manera, y aparentemente sin prejuicios, empecé a descartar las religiones primero, las organizaciones humanas después, las instituciones, los gobiernos. Luego me evadí a la raíz del raciocinio, me debatí en ideas de filosofía básica, de manera ignorante e irresponsable, como una niña que decide que el helado de fresa es el mejor del mundo y el de chocolate, detestable. Sin base alguna, casi no consciente, de manera onírica.

En ese orden de búsqueda interminable de mi yo, me encontré un día con la teoría. Era absurda y desde el fondo del estómago detestaba el concepto, al grado que bloqueé inmediatamente a todo el que me hablaba de ello. Pero el mundo es cínico por naturaleza, y cuando te empeñas en rechazar algo, por alguna razón, el universo te demuestra que sabe ser más empecinado que tú, poniéndote en la posición de enfrentarlo no una, sino mil veces, hasta que aprendas la lección que necesitas y vivas lo que tienes que vivir.

Curiosamente esa lección llega a mí, ahora, que además de no creer en ello, como les dije, ya no creo en nada de nada. Todo me parece absurdo. Me río de su magia, de los decretos, de la brujería, de la oración, del paraíso y del infierno. Ya no creo en los ritos, de ninguna estirpe, o las señales, en los ovnis, las teorías de la conspiración, los rumores, las redenciones políticas, religiosas o espirituales. Ya no creo en el “vales chorros” “nunca cambies”, ni en las fórmulas baratas de éxito o felicidad. Las sanaciones milagrosas o los sanadores celestiales. Dejé de creer que el ser humano es bueno o poco estúpido. Al amor, por primera vez en toda mi vida, lo desnudé de su rosa chillante, y lo vi como lo que parecía, patético, cínico-desnuda almas, deseoso de tocarme, sin pudor a las consecuencias.

¿Porqué dejé de creer? ¿Qué se yo? No fue un suceso aislado. Sospecho que fue la suma de todo lo que me ha pasado en mi vida. Cualquier experiencia extraña o intensa. Mis encuentros con los fantasmas, con los remolinos de fuego, los demonios exorcisados de mi casa, los fuegos fatuos, los ovnis que vi, los sustos de la ouija, las predicciones del tarot. Las aterradoras coincidencias y profecías. Los sueños que se volvían realidad. La aparición de los ángeles que me levantaron cuando yo no hubiera tenido fuerza… las certezas que llegaban a mi vida en el momento idóneo, sólo con la maldita intención de hacerme creer que tenía las respuestas.

El amor; porque amé. Más de lo que hubiera soñado amar alguna vez. Y claro, me quebraron. No una, ni 2, ni tres… tantas veces, que ya perdí la cuenta de los pedazos. Y un día todo ello se juntó, y en mí, fue como abrir los ojos. Dejé de saber lo que sabía, y esa fue mi única certeza.

Ya no creía nada. Ni dioses, ni demonios, ni vicio, ni castigo, ni pecado, ni magia. Ni amor, ni maldad. Como si inevitablemente, el corazón se hubiera rendido a la lógica pura. Debo admitir que se vive mucho mejor desde aquí, la pasión no muere, pero ya no es tan voluble ni frágil. La realidad es que todo parece mucho más ridículo y la estupidez humana es casi intolerable.

Esa era yo, cuando fui a esa terapia; el «hocus pocus» de lo que ni siquiera hubiera creído cuando lo creía todo. Fue carísima. La viví encarnadamente desvariando al alma. Me revolvió las tripas, me exprimió las lágrimas, y el dolor rancio me habló claro y fuerte, mirándome a los ojos, tanto que quería vomitar.

No puedo platicarles aún de ello. Han dicho que no lo haga. Me mata no hacerlo, pero tal vez es mejor, así la olvidaré más pronto. Detesto haber encontrado verdades allí, en lo que visceralmente siempre hubiera rechazado. Pero lo que realmente atormenta la calma es saber que, de nuevo, una conspiración, una elaborada mentira más, es más cierta que yo misma, y cuenta mejor mi historia que el mismo espejo.



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