La sombra de la luna – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

¿Por qué está todo tan oscuro?
He abierto mis ojos, pero no consigo ver nada.
¿Los he abierto realmente?
Creo que sí, pero la oscuridad reina en mis retinas y me hace dudar.
¿Habré perdido la vista?
Escucho voces a lo lejos, pero no consigo saber a quién pertenecen. No me resultan familiares, aunque lo que dicen sí. Me concentro para no perder detalle y consigo entender las palabras «tac», «constantes vitales» y «daños cerebrales».
¿De quién hablan?
No recuerdo que ahora mismo tengamos ningún paciente ingresado con esos síntomas. Habrá ingresado mientras yo dormía.
¿Por qué sigo sin ver?
Muevo mis párpados por si mis ojos permanecen cerrados, pero la luz no me ciega como siempre al despertar. ¿Qué está ocurriendo?
Las voces se acercan a mí, lo sé por la vibración de las mismas en mis oídos, y me dirijo a ellos.

– Hola. ¿Quiénes sois?

No recibo respuesta, pese a notar mi voz saliendo tímida de mi garganta.
Continúan hablando mientras escucho los sonidos de las máquinas que tantas veces he manipulado yo misma. Ese «click» es el que controla los latidos de un corazón, ese soplido de aire es el que mide la tensión y ese goteo constante, el suero. Estoy en el hospital, eso está claro.
¿Pero por qué no veo nada? ¿Por qué no se escucha mi voz?

Unos pasos se acercan y noto una mano aferrándose a la mía, mientras otra acaricia mi pelo. Tiemblo y no es por miedo, es la calma de reconocer el tacto de esas manos lo que hace que mi cuerpo reaccione de ese modo.

– Hola mi vida. ¿Qué haces tú aquí?

Se hace el silencio tras mi pregunta y unas lágrimas son la única respuesta que recibo. Sus manos siguen acariciando mi pelo y mi cara, mientras sus labios se acercan a mi oído para decirme un «te quiero».

– Mi amor, ¿qué ocurre?

Balbucea cuánto me echa de menos y que necesita que vuelva.

– Mi amor, estoy aquí. ¿Por qué dices eso? No te entiendo.

No responde y llora con desesperación. Lo sé, pese a que no puedo ver el dolor en su rostro.

– ¿Germán? ¿Mi amor? ¿Por qué no respondes?

Grito con todas mis fuerzas su nombre, y sus labios se posan en los míos dejando tras su beso lo salado de sus lágrimas.

Le pido que no se aparte de mí, que siga besándome que empiezo a tener miedo, pero no me escucha. Nadie lo hace, y sigo sin ver nada.

Más pasos y una voz femenina le pide  a Germán que salga de la habitación. Él obedece, sin protestas, y escucho su característico caminar alejándose de mí, y sonrío por las veces que me he burlado de su manía de arrastrar los pies como si estuviese siempre cansado.
La chica silba y consigo distinguir la canción. La acompaño, silbando con mi habitual torpeza para seguir los ritmos siempre que no sea bailando, e intento, sin resultado, ver la reacción de su rostro ante mi interrupción musical. Nada.
Noto un pinchazo en el brazo y me dan ganas de matarla. Quiero gritarle que tenga cuidado, pero algo me dice que no va a escucharme.
Esto debe ser una broma de mal gusto. Piensa Sofía, joder, piensa qué puede estar pasando.
Sus manos frías están desnudando mi cuerpo y siento frío, empiezo a recordar.

La ventanilla del coche está bajada y mi mano juega con el viento mientras Prince canta «Purple rain». Tengo sed y busco en el asiento del copiloto mi botella de agua sin dejar de cantar. Pierdo el contacto con la carretera apenas unos segundos y un golpe desde atrás hace que pierda el control del coche y salga de la carretera.

¿Por eso estoy aquí? ¿Por eso nadie me escucha ni veo?
¡Dios mío! ¿Qué está ocurriendo?

– Oye, ¿puedes oírme? ¿Cuál es tu nombre?

La chica sigue silbando mientras pasa por mi cabello un cepillo para trenzarlo. No me escucha. Y, yo, no la veo. Se aleja, su silbido es cada vez más sutil, y de nuevo el olor de Germán llena la habitación. No entra solo. Una voz masculina le pide que se siente y comienza a hablar.
Escucho mi nombre con total claridad, seguido de la palabra «coma», y los pésimos resultados obtenidos en las pruebas hacen pensar al equipo médico que es improbable que despierte tras más de seis meses en este estado.

Empiezo a llorar. O eso creo.
Tengo mucho miedo y no entiendo nada. Estoy aquí. Escucho sus voces, siento su tacto en mi piel y el beso de Germán, pese a ser amargo, ha sido tan dulce como siempre que me rozan sus labios.
Estoy aquí, ¡joder!, ¿cómo puedo estar en coma?
Intento levantarme y no sé si lo consigo porque sigue todo a oscuras, pero el frío del suelo no hiela la planta de mis pies.

– Germán, mi vida, por favor, dime que esto no es real.

El médico sigue hablando y Germán escucha ajeno a mi llamada desesperada.
Cierro los ojos y recuerdo, de nuevo, el  accidente.

Abrí los ojos y todo estaba del revés y mi cuerpo lleno de sangre. Las voces de los bomberos que luchaban por sacarme de allí intentaban tranquilizarme y uno de ellos aferraba mi mano para darme ánimos, mientras no dejaba de preguntarme por mi nombre. «Preciosa, todo va a salir bien, estamos contigo» me repetía con un rostro amable y la firmeza de su mano no soltaba la mía. No recuerdo nada más, salvo las luces de las ambulancias y el ir y venir de policía y médicos por la carretera.

– Germán, tengo miedo, por favor abrázame.

Susurro esperando que esta vez me escuche, pero no siento sus brazos protegiendo mi cuerpo y tiemblo aterrada desprotegida y sin su consuelo. Grito, intento moverme, y nada cambia. Sigo sin despertar de esta pesadilla.
¿Ese pitido? ¿Qué está pasando? ¡Decidme qué ocurre!
Nadie contesta a mis preguntas y escucho cómo piden a Germán que se aparte de mi lado.

_/\_/\__/\__/\___/\______________

Hace frío, noto las gotas de lluvia mojando mi cara y abro los ojos para encontrarme con una preciosa luna iluminando la noche.
¿Puedo ver de nuevo? Aunque quizá jamás he perdido la vista y todo ha sido una terrible pesadilla.
Me incorporo con una agilidad que me caracteriza y noto la humedad de la tierra bajo mis pies. Es raro, siempre he tenido una visión más alta de lo que me rodea y ahora apenas me levanto medio metro sobre el suelo. Miro a mi alrededor y no recuerdo cómo he llegado a este bosque, pero es precioso y me siento como en casa. En mi hogar.
Tengo ganas de correr, sin destino, solo correr, y mis piernas parecen escuchar mis deseos poniéndose en marcha. Corro, libre, sintiendo la brisa en mi cara y la lluvia mojando mi piel, hasta llegar a la orilla de un río. Me muero de sed. Bebo y el agua no me devuelve el reflejo que acostumbra a ver en el espejo. Me observo. Tengo el rostro lleno de pelo, unos preciosos ojos verdes y unas orejas puntiagudas. Mis labios ya no son de mujer y en su lugar asoma un morro de lobo que deja ver unos enormes dientes caninos. Mis brazos y piernas se han convertido en cuatro patas fuertes y veloces, y mi piel ha sido sustituida por un brillante pelaje de color gris claro.
Noto pasos tras de mí y un grupo de lobos se me acerca. No tengo miedo, me siento viva de nuevo y estoy en casa. Vuelvo a beber agua y, tras un gruñido pidiéndoles que me sigan, corremos juntos, libres y en manada, bajo la sombra de la luna.

 

Visita el perfil de @_vybra