La piedra que te libra del pecado – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.”

Odio la Iglesia. No tendría que haber venido. Llevo el bolsillo jodidamente lleno de piedras, grandes y pequeñas, redondas y triangulares, finas y rugosas, de múltiples colores menos el azul porque no hay piedras azules, o no he visto ninguna. Pero estoy en la iglesia. Una iglesia fea, moderna, de obra vista y con una torre que sube de forma desproporcionada con el resto del edificio, frío, desentonando con el barrio, con la ciudad, con el mundo. Y ella está allí, de rodillas en uno de los bancos, rezando. Luego se levanta, se pasa las manos por su cuerpo colocando bien el vestido. Me cago en Cristo, hay millones de mujeres ateas por el mundo y yo siguiendo como un viejo verde a una católica. Pero no soy un viejo, ni verde tampoco. Camina con clase entre los bancos hasta el confesionario situado a mi izquierda, donde un viejo da las gracias al cura que se esconde dentro.

La miro moverse, la veo ponerse de rodillas y me sube la fiebre. Estoy jodido. Estoy condenado. Hay una alfombra roja para mí en el infierno y los demonios se frotan las manos haciendo saltar chispas cuando piensan en mí. Eso es lo que soy, carne para el infierno. A pesar de llevar toda mi vida pensando que el infierno no existe me entra un pavor extraordinario. Todo lo que he hecho, todo el mal que he causado no pueden caer en saco vacío. No puedo librarme de ésta como si nada. Dejo de mirarla y hundo la cabeza entre los brazos, tengo ganas de llorar al tiempo que me veo poseyéndola sobre el puto altar de falso mármol con candelabros de falso oro y los ridículos angelitos o como se llamen mirándonos. La idea de una justicia divina, pero sin dios, de una especie de juicio final, ahora me parece clara y evidente. De alguna manera se tiene que castigar o premiar lo hecho, uno no puede morir y punto, es injusto tanto por lo bueno como por lo malo.

Me giro de nuevo para mirarla pero no está. Busco atrás, nada. La he perdido. Me levanto para ir corriendo tras ella pero algo me detiene. Un Jesús grande de madera en la cruz, a mí derecha, sangrándole la frente por la corona de espinas y en manos y pies unos clavos. No creo en ti, predicador mediático, eres el símbolo de la ignorancia y la necesidad de pensar que hay algo más detrás de la muerte. Un ruido. Giro la cabeza 180º, ella vuelve a estar allí, confesándose, no se ha ido, ¿quizá una pequeña muestra del poder de Dios dejándome ciego frente a mis deseos y por eso no la he visto hace un instante? Ese cuerpo maduro prácticamente perfecto, las pantorrillas sobre los zapatos de tacón, las curvas en ese vestido, el pelo recogido en un moño mostrando una nuca pálida. Mil fantasías me invaden y me siento impuro y sucio, horrible, me empalmo, sudo.

Un Ave María y se levanta del confesionario, se alisa la falda, es alta, es elegante. Antes de que tenga tiempo, camino rápido hacia allí, me arrodillo y me satisface oler su aroma en ese rincón, soy un ser vil y despreciable. Tras de mí ella enciende un cirio y mira la estatua mal hecha de un santo que sonríe con las palmas de las manos hacia arriba.

– No sé cómo se hace esto, padre –digo–, no me he confesado en la vida y he de reconocer que la sola existencia de la iglesia, gran estafa piramidal, me repugna y que la existencia de un dios puro y bueno y justiciero y todo eso me suena a patraña barata. Pero algo me impulsa hoy a confesarme, padre. Y perdone si digo padre con cierto reparo, ya tuve un padre y era un putero asqueroso que pegaba a mi madre cuando llegaba borracho a casa.

Silencio. Nadie responde. Miro a través de la rendija de madera, rombos pequeños que me permiten discernir que allí hay alguien. Esto es un error. Tendría que levantarme e irme. Pero no lo hago, estoy atascado en un mar de poca profundidad y mi barco cargado de mierda no tiene suficiente vela para salir de ahí. De repente me acuerdo del cine.

– Perdóneme, padre, porque he pecado –así es como se empieza en el cine y junto las manos de forma torpe bajo mi barbilla–. Peco desde hace tiempo, pero eso no viene al caso. Perdóneme si no me pongo a recordar todo lo que según sus escrituras son pecados porque imagino que tiene usted otras cosas que hacer a parte de escucharme a mí, yo que sé, además tendrá en algún momento que levantarse a cagar y a mear, supongo. Ya sé que no tengo perdón, ¿vale? Eso ya lo sé, no creo que rezar no sé cuántos ave marías y padrenuestros y cosas así me libre de la justicia. Creo que hay una justicia, un juicio final, pero no me creo que sea como el suyo, sin embargo no tengo ni la más mínima noción de cómo debe ser, así que acudo al cristianismo por aproximación y por defecto, no sé si me entiende.

Desvío la mirada de la madera del suelo unos instantes, ella está allí, altiva, sensual, pasea mirando los escritos que hay en las paredes, fragmentos de las escrituras o no sé. Tengo que terminar antes de que se vaya, entonces iré, la tomaré de la mano y le diré que la deseo, lo haré bien, no la forzaré, no la acorralaré, no la asustaré. Lo haré bien. Me redimiré.

– Verá, padre. Hay una piedra que tengo que sacarme de encima, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, ¿verdad? Pues yo doy para lapidación, pero hay una, una cosa que tengo que confesarle, porque creo que tengo que decírsela a alguien y arrodillarse ante un perfecto desconocido encerrado dentro de una caja no me parece lo más adecuado, pero yo que sé, tampoco puedo decírselo a mi madre porqué está en una residencia y cuando voy a verla hace ver que tiene Alzheimer y que no me reconoce cuando sé que no es cierto. Y mis hermanos no me hablan de hace tiempo y no tengo amigos, así que bueno, podría contárselo a cualquier borracho, pero no es lo mismo. Quizá si la suelto, si me libro de esa piedra me sienta más liviano, quizá mi pecado se haga pequeño o algo o no sé.

Me da la sensación que el cura se ha dormido. Miro atrás, ella está ya cercana a la puerta, no tardará nada en irse. ¿Me ha mirado? Sí, he notado crecer millones de cosas en mí interior, mariposas matándose a puñaladas en mí estómago. No puedo demorarme más.

– ¿Padre? –pregunto– ¿Por qué no dice “te escucho” o algo así? ¿Me está tomando el pelo, se ha dormido o qué?

Silencio. Eso me enfurece, estoy allí para vaciarme y el tío se está mirando las uñas o quién sabe si haciéndose una paja pensando en la mujer que es mía. Es mía, coño, solo yo puedo tener fantasías con ella. Enojado, ultrajado, me salto los protocolos de mierda, me pongo en pie y abro la puerta donde se esconde. De fondo, unos zapatos de tacón se alejan, la puerta de la iglesia se abre dejando entrar el sol del mediodía.

El cuerpo gordo del capellán, muerto, sangrando por las orejas y la boca, cae a mis pies.

 

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