La historia interminable – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

Y de repente empecé a caer. No fue una caída brusca, como cuando tropiezas y te despeñas terraplén abajo rebotando contra las rocas por no mirar donde pones los pies, no. Fue como levitar en dirección contraria, de la manera en que me imagino la llegada de Alicia a Wonderland a través del hueco del árbol en su alocada persecución del conejo blanco con chaleco y reloj. Mi caso era más o menos el mismo, pero sin árbol, conejo, chaleco ni reloj.
La curiosidad hizo que me acercara a aquel pequeño agujero de la pared en el que nunca había reparado. No podría deciros si siempre estuvo allí o acababa de aparecer, aunque parecía sentirse realmente cómodo en la inmaculada pared de mi despacho. No era un agujero grande, pero tampoco como la cabeza de un alfiler. En un primer momento pensé que algún tipo de bicho se había colado en la habitación porque incluso parecía moverse con una especie de latido rítmico. Fue al acercarme, blandiendo una zapatilla cual arma de destrucción masiva con la intención de exterminar al intruso, cuando descubrí la naturaleza del pulsátil inquilino. A primera vista parecía negro como la boca del lobo, pero si te fijabas bien podía verse una especie de rayos oscuros nadando en la negrura. Movida por el imparable impulso de la curiosidad, toqué sus bordes sin saber muy bien qué estaba haciendo ni por qué. Es increíble la estupidez supina con la que nos dota la curiosidad llevándonos a cometer las necedades más absurdas sólo para poder saciar su inconmensurable apetito de conocimiento.
Los bordes, que a simple vista parecían los de un agujero normal en la pared provocado por un pequeño desaguisado con el taladro, resultaron ser maleables y suaves al tacto. Empecé a deslizar mi dedo por el inesperadamente flexible contorno tratando de (¿quién sabe por qué?) ensancharlo. Conseguí abrirlo hasta el tamaño de un melón pequeño tirando con las dos manos, pero al soltarlo, volvió a su forma original inmediatamente con un ligero tañido, como el de una goma que ha sido tensada al límite. No sé cuánto tiempo me pasé luchando contras las leyes de la física, pero cuando miré a mi alrededor ya era noche cerrada y las luces titilantes de las farolas y los carteles de neón sumían el cuarto en una penumbra estremecedora. Encendí la lamparita de mi escritorio para alejar un poco las sombras sin dejar de mirar de reojo mi obsesión del día. Me apoyé en la mesa con piernas y brazos cruzados observando con suspicacia la díscola pared con la cabeza ladeada, como suele hacer la gente ante un cuadro abstracto que no entiende. “Estoy flipando. Debería irme a la cama y dejar esta mierda. Mañana le preguntaré a Patty qué coño llevaban esas pastillas para la concentración que me ha dado” pensé.
Hice amago de darme la vuelta, pero no pude. Aunque fuera una alucinación fruto del alcohol, la falta de sueño y las drogas, tenía que descubrir a dónde podía llevarme esta locura, así que volví a aproximarme a la pared con un suspiro.
En ese momento, las nubes que cubrían el cielo se abrieron y un tenue rayo de luna iluminó tímidamente el agujero, permitiéndome ver algo que, de alguna forma, me había pasado desapercibido hasta ese momento. El orificio, a pesar de ser redondo en su superficie, mostraba una especie de muescas en su parte interna, asemejándose a una cerradura. “Una llave, necesito una llave, pero ¿cuál?”. Entonces, de una forma totalmente inconsciente, me llevé la mano al cuello, al colgante con forma de llave que me había regalado mi ex-novia mientras me decía que la llave para cambiar estaba en mí y que siempre estaría a mi lado. Decía muchas cosas siempre tratando de concienciarme, del tipo “querer es poder”, “el amor todo lo puede”, “deja de tirarte a todo lo que se mueve”… No cambié y ella se fue. Qué poca palabra tienen algunas personas. Me la quité del cuello inspirado por vete tú a saber qué y la introduje en esa pseudocerradura del demonio. Súbitamente, un hueco del tamaño de una puerta estándar se abrió en la pared sin el más mínimo ruido, como si siempre hubiera estado ahí, aunque yo hubiera sido incapaz de verlo. “Maldita zorra, tenía razón” pensé absurdamente porque, claramente, no se refería a eso.
Asomé la cabeza a esa puerta abierta al abismo. Estaba oscuro como una cueva, pero, como ya había podido apreciar anteriormente, unos rayos violeta oscuro surcaban el espacio que se me antojaba infinito. El vacío exhalaba un suave y cálido viento que me revolvía el pelo de forma agradable, una caricia cuasi erótica, que despertó repentinamente en mí el deseo. Una neblinosa forma empezó a nacer en la negrura al enlazarse los relámpagos color bofetada y formar la silueta de una mujer con los brazos extendidos acariciándome con dulzura las mejillas. Una mujer hermosa, de rasgos cambiantes, que me abrazó con fuerza llevándome con ella al abismo al que me dejé caer de forma completamente despreocupada, como siempre, mientras la voz de Tara, mi ex-novia, resonaba en el espacio como el susurro del viento con su clásica letanía “Ese comportamiento compulsivo, esa personalidad adictiva, te matará…”
Tenía razón… siempre la tenía y nunca le hice caso. Por eso, ahora, caía y caía en la historia interminable de mi vida, en ese bucle de vicios, de gratificaciones instantáneas, de volátiles placeres que no perduraban mas allá de un suspiro y que podía ver repentinamente como un destello a mi alrededor mientras mi propia imagen sentada ante el ordenador, derrumbada sobre la mesa con la cabeza sumergida en mi propio vómito, aferrado a un vaso volcado y un tubo vacío de pastillas, se aproximaba de forma lenta y grácil desde el fondo del pozo para acoger a mi otro yo inmaterial.

 

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