Juicios públicos – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

Es primer sábado de mes y, como viene siendo habitual, Juan y Patricia salen de su casa en dirección al piso de la calle Santa María, en el madrileño Barrio de las Letras, donde viven sus amigos Miguel y Sara, para ver el programa que lleva casi un año causando furor en la televisión: Juicios Públicos. Se bajan del metro en Antón Martín y cogen la calle Amor de Dios, giran a la derecha y llaman al telefonillo del número 9.

Cuando cruzan la puerta ya pueden oír el televisor puesto a todo volumen en el salón. Cuelgan sus chaquetas en el perchero de la entrada, se descalzan (manías de Sara) y recorren el largo pasillo en busca de sus amigos. Allí se encuentran a los anfitriones y a Kike, el hermano de Miguel, que se ha unido hoy a la fiesta. Les saludan efusivamente y, al tiempo que Sara pide a Patricia que le acompañe a la cocina a por un tentempié, Miguel le tiende a Juan una cerveza fría y este se sienta en un sillón de cuero con los cojines perfectamente conjuntados con las cortinas.

Queda algo menos de media hora para que empiece el programa, así que todavía tienen tiempo de ponerse al día. Mientras Kike les cuenta que ha conocido a una tía y se jacta de su nueva y activa vida sexual; y Miguel y Juan expresan lo mucho que le envidian y se lamentan de que ellos “follan menos que un casao”; Sara y Patricia vuelven con dos bandejas de canapés y saladitos, y los chicos se callan y sonríen lanzándose miradas cómplices.

Hacen hueco en la mesa para colocar el picoteo y Miguel se dirige hacia un aparador de caoba que hay junto a la ventana, abre un cajón y saca cinco gafas de realidad virtual y le da una a cada invitado. Se las colocan sobre la frente y se preguntan, intrigados, qué será lo que saldrá hoy en el programa. Se sientan repartidos entre el sofá y las butacas que hay frente al televisor, y Miguel vuelve a acercarse a ellos, esta vez con un mando con tan solo dos botones (uno verde con un pulgar hacia arriba y otro rojo con un pulgar hacia abajo) para cada uno, y los conecta todos ellos al mismo aparato donde ha enchufado previamente las gafas; y, finalmente, se sienta él también.

Son las 7 en punto y un anuncio de un nuevo robot de cocina (que, como las cafeteras, prepara alimentos a partir de cápsulas) da paso a la sintonía de Juicios Públicos. Miguel exhala un shhhh para mandar callar a todos, que se bajan las gafas de realidad virtual y, de repente, se encuentran sentados en un plató de televisión rodeados de hologramas. Tras una cortina de humo aparece Lázaro Díaz, el presentador, mientras, a un lado, el regidor les anima a aplaudir, cosa que todos hacen enérgicamente. Lázaro es un hombre de unos 50 años, lleva un traje de tres piezas color lila, con pajarita en tonos cálidos, y sus características gafas de pasta negras. “Este tío cada día es más maricón”, dice Juan, y el resto emite una risa de aprobación al unísono, excepto Patricia que le propina un codazo. “¡Ouch!”.

El presentador comienza a hablar paseando por el plató y gesticulando de manera exagerada, como si de un maestro de ceremonias de circo se tratara: “¡Buenas tardes, damas y caballeros! y, como cada mes ¡Bienvenidos a Juicios Públicos! Pónganse cómodos porque hoy tenemos un programa movidito. ¿Están listos? ¡Pues allá vamos!” y otra vez todos aplauden. Vuelve a sonar la sintonía y el plató gira poniendo frente a ellos una especie de sala de un juzgado.

“Nuestro primer acusado se llama Antonio –comienza Lázaro- un aplauso para él”, la puerta de la izquierda se abre y entra un hombre esposado acompañado de dos policías que le escoltan hasta un banco situado a la derecha del plató, de espaldas al público. Se oye algún aplauso desperdigado que se apaga tímidamente al tiempo que Kike murmura “Menudas orejas, Antonio” y Juan y Miguel se ríen. “Antonio era camionero. Está casado con Paloma y tienen tres maravillosos hijos. La familia de Antonio estaba pasando graves apuros económicos y un día tuvo una ocurrencia que marcaría un antes y un después en su vida –por arte de magia, Lázaro desaparece y aparece en el otro extremo de la sala-. En un viaje de regreso a su ciudad desde Francia decidió fingir un accidente y quemar el camión, quedándose el dinero que le habían dado a cambio de la mercancía que había transportado ¡casi cien mil euros! -camina hacia el acusado-. Casualmente dos hombres, Fabián y Vidal, que pasaban por aquella carretera, vieron el vehículo en llamas y, pensando que el conductor estaba dentro, acudieron en su ayuda, con tan mala suerte que fallecieron en el intento; mientras Antonio, escondido, veía como todo aquello pasaba sin acudir a socorrerles –mira a Antonio, que mantiene la vista fija en sus zapatos, y mueve la cabeza hacia los lados en señal de desaprobación-. Por todo esto, a Antonio se le acusa de doble homicidio imprudente, de apropiación indebida y de omisión del deber de socorro. Como saben, al superar la pena de 10 años de cárcel, el acusado debe someterse a un juicio público antes de saber exactamente cual será su futuro, así que… ¡Que comience el espectáculo!”. Al decir esto Lázaro empieza a girar rápidamente sobre sí mismo y, cuando se detiene, señala a la puerta de la derecha, que se abre y es atravesada por un hombre con una toga y un enorme libro en su mano izquierda, el juez, que se sienta en un estrado al frente del plató y, esta vez sí, todos aplauden, hasta que este da un golpe con su mazo en la mesa y el juicio comienza.

Miguel se quita las gafas y corre hacia la cocina, saca cinco latas de cerveza del frigorífico, vuelve a toda prisa al salón y coloca una frente a cada uno de ellos, que alargan las manos y tantean por la mesa hasta que las encuentran y las abren.

Durante una hora, en el plató se suceden todo tipo de preguntas y testimonios: por parte del fiscal, del abogado defensor, del propio acusado… Además, comparecen como testigos el jefe de Antonio, los efectivos de la ambulancia que acudieron al accidente, el guardia civil que le detuvo… Juan, Patricia, Miguel, Sara y Kike permanecen atentos a todo el proceso hasta que, tras la última intervención, la de la mujer de Antonio (que ha jurado y perjurado entre lágrimas que su marido es un buen hombre), el plató se vuelve a llenar de humo y todo desaparece, dejando solo a Lázaro en medio de la nada.

“Y ahora, queridos telespectadores, llega la hora de la votación. Recuerden, si creen que Antonio debe ingresar en prisión y cumplir su pena íntegra, pulsen el botón verde en sus mandos CTX3000, o manden un sms al 1678 con la palabra SALVAR. Si por el contrario creen que debe ser ejecutado -hace una breve pausa y con su mano apunta a una zona del plató que se ilumina súbitamente y aparece una silla eléctrica rodeada de luces de colores que parpadean– pulsen el botón rojo o envíen SILLA al 1678. Los resultados de sus votaciones, ya saben, después de la publicidad”, y la sintonía de Juicios Públicos vuelve a sonar, entre aplausos, y la imagen funde a negro.

Kike (quitándose las gafas): Este va a pringar fijo. Además, con esas orejas… –suelta una risotada y mira a Juan en busca de un cómplice, pero este le sonríe vagamente.

Patricia: Personalmente no creo que deban ejecutarle… además, parece arrepentido… y tiene tres hijos… yo le voy a dar al verde -duda pero aún no pulsa el botón.

Miguel: Tú siempre le das al verde, mira que eres aburrida.

Juan: Pues yo no lo tengo claro…

Sara: ¿No? yo sí, es un botón rojo seguro, menudo jeta, y encima dos personas han muerto por su culpa… Está claro, sí, rojo –y pulsa decididamente el botón con el dibujo del pulgar hacia abajo.

Miguel: ¡Esa es mi chica! –se acerca y le da un beso a Sara en los labios- Oye ¿os apetece que pidamos una pizza? Yo ya tengo hambre.

Kike: Vale ¡pero que no tenga piña!

Miguel: Venga, yo voto ya y mientras os lo pensáis voy a bajar al chino a por unas birras, que se están acabando ¿Hace falta algo más?

Sara: ¡¡Palomitas!! ¡¡Yo quiero palomitas!!

Miguel pulsa el botón rojo sin pensárselo mucho y se acerca a la puerta, se calza y baja apresurado las escaleras hasta la calle. Entretanto, en la televisión, unas chicas en ropa interior anuncian un nuevo sujetador capaz de medir el ritmo cardiaco y la presión sanguínea; y en la ciudad ya ha empezado a anochecer.

 

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