Herida – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

«La gente herida es peligrosa. Sabe que puede sobrevivir». Juliette Binoche en «Damage».

Esta podría ser como otras muchas frases que escuchamos en el cine y recordamos tiempo después, pero, para mí, esa frase fue lo suficientemente importante como para tatuarla en mi piel. Hoy, quizá, debería tatuar un espacio junto a ella con tu nombre, acompañado de un corazón que aún no he decidido si debería ser un corazón vivo o uno roto en mil pedazos.

Estoy cansada, es muy tarde y de nuevo he despertado de madrugada con tu ausencia en mi cama y con la única compañía de las lágrimas que he llorado aún dormida. Son ya demasiadas noches sin dormir, y demasiado tiempo para pensar, con tu recuerdo danzando por cada espacio de mi mente. Estoy cansada de no poder soñar y no es solo culpa mía que la realidad esté enfadada con mis sueños.

Son casi las 5 de la madrugada y la ciudad parece casi tan despierta como yo. Escucho voces que llegan a mis oídos desde la calle como leves susurros, pero aquí, dentro, no se escucha nada. Permanezco inmóvil en esta cama en la que nunca sueño, dándome cuenta que he pasado por las cinco fases del duelo, sin que se hubiese celebrado aún el funeral por lo nuestro.

– Primera fase: la negación.

¿Y quién no se negaría a sí mismo que lo nuestro había acabado? No podía aceptar que las promesas ahora solo ocuparían espacio en el cajón de los imposibles acompañadas de los «parasiempres», que cada frase escrita en plural sería desterrada al desierto de los verbos conjugados en singular o que la compañía ahora sería soledad. Que desconocernos era el camino que debíamos andar, dejando atrás cada instante compartido. Que ya no éramos nada de todo aquello que podríamos haber sido.

– Segunda fase: enfado.

La ira, esa que a tantas calamidades empuja al ser humano, también ha sido invitada de honor en esta pésima fiesta. Su picadura es discreta y apenas notas su afilado aguijón perforando con sutileza tu corazón, al igual que no percibes cómo el veneno que te inyecta va recorriendo cada milímetro de tu cuerpo hasta que su ponzoña te ha envenenado por completo. Estaba perdida y grité, lloré y maldije hasta quedarme sin aliento. Empecé a odiar todo, empezando por mí misma, y a maldecir todos y cada uno de los recuerdos, malos y buenos, que compartimos.

– Tercera fase: negociación.

¿Y con quién iba a negociar más que conmigo misma? Así empezó mi propio chantaje. Intenté recuperarnos de miles de formas distintas. Olvidé la lógica y mi corazón guiaba cada paso, llevándome al borde del abismo en el que renunciar a mí misma me parecía una pérdida aceptable si, a cambio, volvía a saber que tú sonreías. Qué tontería, despedirme de ser feliz para darle la bienvenida a tu alegría.

– Cuarta fase: dolor.

Por fin, llega eso que te mata en vida y hace que todo arda sin combustible que lo avive ni chispa que prenda la mecha. El dolor no es compasivo, es el asesino más cruel que el ser humano ha conocido. Te devora, lentamente, restando oxígeno a tus pulmones y acelerando tus latidos hasta que el corazón, exhausto, suplica piedad y, justo en ese momento, el dolor cesa un instante; el tiempo justo para que todo parezca calmarse y así preparar su siguiente ataque. Y respiras, de nuevo, intentando llenar de vida tu malherido cuerpo, confiado, creyendo que el dolor ha remitido y que es cierta aquella frase que decía que de amor ya no se muere.

– Quinta fase: aceptación.

Aceptación o, lo que es lo mismo, supervivencia. Acepto que sabes que siempre he sabido volar sola y también que olvidaste que te elegí como paracaídas por si algo dañaba mis alas. Acepto el olvido sin renunciar al recuerdo y, al hacerlo, renuevo mis votos por extraño que esto parezca.

Hoy, en esta noche en la que la lluvia ha venido a acompañar mi duelo, te prometo que seguiré escuchando nuestras canciones sin reprimir sonrisas ni llorar a mares, que haré las paces con los celos y exculparé a los reproches. Mi nueva promesa incluye seguir cuidándote y volver a respetarte, aceptar que te tuve y me tuviste, que te perdí y me perdiste. Que ya no somos lo que fuimos, pero que yo siempre seré yo. Te prometo que dejaré de preguntarme dónde estás, porque ni yo sé dónde me encuentro ahora, y que no me rendiré hasta convertirnos en victoria a pesar de nuestra derrota.

Prometería miles de cosas, aun a riesgo de fallarme y no poder cumplirlas, pero no puedo prometerte que dejaré de pensar en tus detalles y manías, en cómo te ríes o en los ruidos que haces cuando luchas por callar algo que en el fondo te mueres por decirme. Tampoco puedo prometerte que olvidaré cuánto me gusta escuchar tus teorías o lo difícil que me resulta permanecer seria cuando pretendo mostrar mi enfado y tú te dedicas a hacer tonterías para que me ría. Prometo, porque puedo cumplirlo, no decirte que deberíamos regalarnos una noche de besos y caricias en la que nuestros cuerpos olviden los daños y se amen sin miedos. Una noche sin prisa en la que Deftones suena y nuestras lenguas se buscan. Una, en la que el tiempo no corre y el mundo se detiene hasta que nosotros decidamos darle de nuevo la vida. Tras esa noche, al despedirme, prometo que no te diría que te amo, pero sí diría que puedo sobrevivir sin tenerte a mi lado. Porque acepto que ahora que estoy abrazando la cordura sería una locura decirte que me muero poco a poco por cada palabra que callo y que reviento si no te digo que eres la herida más hermosa que mi cuerpo ha lucido.

 

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