Habitación 313 – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

Llevo semanas persiguiendo a este tío pero reconozco que es escurridizo el mamonazo. Le tengo contra las cuerdas y lo sabe. Conseguí hackear su ordenador y tuve acceso a todo su material pornográfico, y creo que jamás podré quitarme esas imágenes de la cabeza. ¡Son niños, joder! ¿Cómo puede estar un tío tan enfermo para encontrar placer haciendo ese tipo de abominaciones? Pero no se va a salir con la suya, daré con él y entonces tendrá que responder ante la justicia. Así se lo dije cuando por fin le tuve frente a frente, aunque entonces no tenía pruebas sólidas para poder incriminarle. Ahora ya las tengo, y lo sabe, y por eso se esconde.

Hoy he recibido un email anónimo. No sé quién puede estar al tanto de mi investigación pero el contenido era muy claro: “El pedófilo de Calas se esconde por la zona de Serrano y se va a ir de rositas por tu culpa, detective pringado”. Así que aquí llevo todo el día, siguiendo esta pista a la desesperada, sin saber si es cierta; recorriendo las calles de este castizo barrio madrileño, escudriñando los portales o disimulando leyendo un periódico en cualquier esquina; vestido lo más elegantemente que he podido para no desentonar con los autóctonos del lugar, escondido tras mis gafas de sol, y con todos mis sentidos alerta para que esta vez no se me escape. Pero por ahora no ha habido suerte, no he visto nada sospechoso.

Son ya las 8 y empieza a anochecer. Paso por la puerta de un pub de estilo inglés a la altura del número 60 de la calle Velázquez y, derrotado por mi falta de éxito, decido que ya está bien por hoy, necesito beber algo. Nada más abrir la puerta me inunda un olor a alcohol mezclado con lejía, y el sonido de Sapore di sale, de Gino Paoli, me transporta a los veranos con mi madre, recorriendo las playas de la costa valenciana en su cuatro latas, escuchando un cassette de la DGT en el que, entre canción y canción, Gomaespuma daba consejos sobre tráfico en clave de humor. El pub está completamente vacío, a excepción del encargado de la barra. Se trata de un antro inusual para esta zona. Es muy oscuro, tiene las paredes pintadas de verde botella y llenas de cuadros con anuncios de cervezas pintados sobre espejos. En un lateral, coronada por vidrieras de colores, se encuentra la barra, forrada de cuero marrón y con unos taburetes desgastados que aparentan haber soportado ya demasiados culos. Me acomodo en uno de ellos y pido un Gin Tonic. Mientras observo cómo el camarero se esmera en preparar el cóctel, sin poder parar de pensar en mi fracaso, me doy cuenta de que fuera ha empezado a llover con ganas. “Ya era hora de que lloviera, porque vaya veranito llevamos…”, dice el camarero. A lo que yo respondo con una sonrisa desganada y alargo mi mano para coger mi bebida, que ya está lista. “Mmm muy bueno, jefe”, le digo, y ahora es él el que me devuelve una sonrisa insulsa.

Vuelvo a meterme en mis pensamientos y, en ese instante, un “tilín-tilín” anuncia que la puerta se ha abierto y, a través de ella, entra una mujer cubriéndose la cabeza con un periódico. Vislumbro que tiene una melena larga, pelirroja, completamente empapada, y que lleva un vestido negro ajustado que, a causa del agua, se ciñe por completo a su cuerpo, dejando entrever una figura de curvas despampanantes. En ese preciso momento la canción que estaba sonando se acaba e irrumpen los primeros acordes de Tramp, de Lowell Fulson. Me encanta esa canción. Noto cómo la melodía se fusiona con la imagen de aquella espectacular mujer, y yo, perplejo, me veo incapaz de dejar de mirarla. Sacude el periódico con cara de pocos amigos y, mascullando entre dientes algo que deduzco que son juramentos, de repente, clava sus enormes ojos verdes en mí y se dirige hacia la zona de la barra donde me encuentro. Yo me quedo paralizado y, avergonzado, bajo la vista, pensando que he sido demasiado descarado, pero ella se para a un metro escaso de mí y da buena cuenta de un servilletero para secarse la cara.

El barman se acerca a nosotros, mientras saca brillo a un vaso con un trapo que lleva atado al cinturón, y le dice “Vaya chaparrón ¿eh?”, y ella resopla sin parar de intentar secarse con esas servilletas que ponen en los bares y que hacen de todo menos secar. “Tome, si quiere puede usar esto”, le digo, mientras rebusco en mi bolsillo y saco un pañuelo de tela. Ella lo coge, sonriendo, y me dice “No sabía que en este siglo todavía hubiera gente que usa pañuelos de tela”, “Manías que heredé de mi abuelo”, respondo, y los dos sonreímos. Me armo de valor y le pregunto “¿Quiere que le invite a algo hasta que escampe? Total, me temo que estamos los dos aquí atrapados hasta entonces”. La noto dudar, parece de ese tipo de mujeres reacia a que los hombres le inviten a copas. “Está bien –contesta finalmente, y mira al camarero– un Bloody Mary, por favor”. “¿Un María Sangrienta? –digo– Curiosa elección”. “Bueno, tiene un nombre que no le hace justicia, yo prefiero llamarle Gazpacho travieso”, y esboza una sonrisa que a mí sí que me parece traviesa.

Extiendo la mano y digo “Me llamo Mario”. Ella la estrecha con firmeza, eso me gusta, “Dalia”, contesta. Abro la boca para hablar pero, antes de que pueda decir nada, me corta “Lo sé, es un nombre horrible, pero a mi madre, que era una hippie adicta al LSD, le pareció una buena idea, y yo ya le he cogido cariño”. “Pues me parece un nombre precioso. Encantado, Dalia”. Vuelve a sonreír y yo noto que me sonrojo. Definitivamente hace mucho tiempo que no flirteo y estoy algo oxidado. Parezco gilipollas.

“¿Y qué hace un hombre elegante como usted en un tugurio como este, señor Mario?”, me pregunta, aprovechando que el camarero se ha ido a atender a un grupo de jóvenes extranjeros que acaban de entrar, y que ya no está atento a nuestra conversación. “Pues he tenido un largo día de trabajo, y bastante infructuoso, y he entrado al primer sitio que he pillado, la verdad. Eso sí, el Gin Tonic está bueno, hay que reconocerlo”. Ella levanta su Bloody Mary y me lo acerca para que brindemos y ambos damos un trago. “¿Y se puede saber de qué trabajas y por qué ha sido tan infructuoso?”. “Si te lo digo no me vas a creer”, sentencio. Sus ojos verdes se entrecierran y me escudriña mientras se muerde el labio inferior. “¿No? A ver si lo adivino… Eres banquero y hoy no has podido robar a ningún viejecito ricachón”. “Frío, frío”, me río. “Mmm… Eres abogado y has perdido un caso, pero no un caso cualquiera, el de tu propio divorcio”. “Jajajaja frío glaciar”. “Vale, me rindo”. “Soy detective privado, estoy siguiendo una pista pero no he encontrado nada relevante”, digo, entre orgulloso y avergonzado. “Tienes razón, no te creo”, contesta, mientras vuelve a dar otro trago a su gazpacho travieso y me guiña un ojo.

Y usted ¿se puede saber de qué trabaja, señorita Bloody Mary?”. “Soy detective y estoy celebrando que sí he encontrado algo tras la pista que seguía”, dice, y suelta una carcajada. “Muy graciosa, detective, igual debería contratarla”, bromeo. “No, en realidad soy marchante de arte –afirma- y estoy en la ciudad para ver la obra de una nueva promesa”. “Marchante de arte, qué interesante ¿y te ha gustado lo que has visto?”. “La verdad es que sí. Me ha resultado muy inspirador. Hoy en día encuentras arte donde menos te lo esperas”, asegura, tras lo que se queda pensativa.

Estamos un rato bromeando sobre nuestros trabajos y nuestras vidas en general y, sin que me haya dado cuenta, veo que el bar se ha llenado con la misma rapidez que nuestras copas se han vaciado. “¿Te apetece otra?”, le pregunto. Ella mira hacia la ventana “Ha parado de llover, creo que ya puedo salir a la calle –dice, mientras me mira con una expresión pícara- pero sí, por supuesto que quiero otra”. Y yo, de repente, me siento un poco excitado. No sé si es por el alcohol, por su manera entusiasta de hablar, por su sentido del humor, o por esa forma de sonreír que tiene mientras se aparta el pelo de la cara, que me encuentro completamente embelesado. Intento mostrarme galante, decirle algún piropo, y me da la sensación de que ella se deja querer. Cuando nuestras consumiciones están a punto de acabarse le pregunto “Pedirte que te quedes para una tercera ya va a ser demasiado osado ¿no?”. Esta vez no se ríe, se pone seria y dice “No quisiera abusar de tu generosidad, Mario, ya me has invitado a dos copas… Creo que ahora me toca a mí premiarte con algo”, y se levanta del taburete, se acerca lentamente a mí, mirándome a los ojos, hasta rozar casi su nariz con la mía, y extiende su brazo para alcanzar algo que hay a mis espaldas. Se separa un poco y, sonriendo, me enseña el bolígrafo que acaba de coger. Saca una servilleta del servilletero y se gira, apoyando su culo entre mis piernas, y se pone a escribir algo mientras yo, disimuladamente, deslizo mis manos por su cintura mientras siento que mi pantalón va a explotar. Tras unos segundos se da la vuelta, dobla el papel y lo introduce en el bolsillo de mi camisa y, ahora sí, me agarra de la nuca y me besa. Lo hace despacio, abriendo sus labios para absorber los míos, lamiéndolos suavemente con la lengua. Yo vuelvo a deslizar mis manos, esta vez hacia su parte trasera, y permanezco ahí quieto, atónito, cada vez más excitado, hasta que se separa de mí y me roza delicadamente la entrepierna con una mano. Acto seguido se aleja, coge su bolso y, sin decirme nada, se despide del camarero y sale por la puerta lanzándome una mirada juguetona.

Cuando por fin reacciono, meto la mano en el bolsillo y desdoblo el papel. “Hotel Tótem. Habitación 313. No tardes”, leo. Noto como un escalofrío me recorre por dentro. Saco la cartera, pago las consumiciones, y le pregunto al camarero si le suena el Hotel Tótem. “Sí, baja usted hasta Hermosilla y gira a la derecha, está un poquito más adelante”. Así que salgo a la calle, donde la noche es profunda y húmeda, y me encamino hacia mi destino, con cierta incomodidad al caminar y una sonrisa tonta en la boca.

El hotel es un edificio lujoso, reformado recientemente, con una entrada muy sofisticada que mezcla cristal y mármol. Me acerco al recepcionista “Buenas noches, vengo a visitar a una amiga, Dalia, habitación 313”, mira su registro y me dice que pase. Cojo el ascensor y tamborileo en el suelo con el pie hasta que se detiene en la tercera planta. Recorro unos metros de pasillo, llego a la puerta en la que luce atornillada una placa con el número 313, y doy tres toques con los nudillos. En ese momento oigo que chirría y me doy cuenta de que está abierta. “¿Hola? ¿Dalia?”, digo, mientras me sumerjo en la habitación y cierro a mis espaldas. No escucho nada, tanteo junto a la puerta buscando un interruptor y enciendo la luz.

La imagen que encuentro frente a mis ojos cuando mi entorno se ilumina es estremecedora. Sobre la cama se encuentra un hombre atado de pies y manos, muerto, completamente abierto en canal con las tripas fuera. Reprimo un grito de espanto y entonces me doy cuenta de quién es. ¡Es el hijodeputa de Calas! A su alrededor, esparcidas por toda la cama, se encuentran muchas de las fotos que encontré en su ordenador, igual de repugnantes que como las recordaba. Me acerco a él, o a lo que queda de él, y veo que sus tripas, completamente arrancadas de su habitáculo original, forman un montículo perfectamente ordenado de vísceras y, en el centro del improvisado altar, en la parte superior, reposa una flor. Una dalia negra.

Abro los ojos como platos, empiezo a atar cabos y, pese a lo escabroso del momento, no puedo evitar esbozar una sonrisa. “Hoy en día, encuentras arte donde menos te lo esperas”, pienso.

 

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