Gran Vía, 22 – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

No os voy a engañar. Ha sido raro cuando le he visto por primera vez. He llegado esta mañana al hospital donde mi cuñada estaba ingresada. Había dado a luz a un precioso niño al que habían llamado Simón, como mi abuelo. Al entrar en la habitación lo primero que he visto han sido los ramos de rosas blancas y los globos color pastel con motivos infantiles, y a mi hermana diciéndome sonriente: “Pasa, pasa, Diego”. Allí se encontraban mis padres, mi mujer, y el hermano de mi cuñada. Tras saludar a todos, nervioso, de repente, le he visto. Es tan pequeño… Mi hermana se ha acercado a la cuna conmigo, le ha destapado un poco y ha susurrado “Mira Simón, este es tu tío Diego”, mientras yo sentía un escalofrío por todo el cuerpo. Me ha preguntado si le quería coger y, antes de que pudiera contestar, ya me había colocado a este pequeño entre mis brazos. Llevaba meses temiendo este instante, temiendo no ser capaz de controlar mis sentimientos, temiendo sentir cosas que no quería sentir… Pero lo único que he sentido ha sido amor.

Recuerdo hace casi un año cuando Lidia y su novia, Clara, vinieron a vernos a casa. No esperábamos su visita, así que, desde el primer momento supe que algo pasaba. Tomamos una copa de vino, nos pusimos al día de nuestras vidas y, tras un silencio incómodo en el que las preguntas se amontonaban en mi cabeza, Lidia empezó a hablar:

“Bueno, nuestra visita, como habréis podido imaginar, no es fortuita. Venimos a deciros una cosa y somos conscientes de que os va a parecer una locura, pero os pedimos que nos escuchéis antes de decir nada, por favor. Como sabéis, las dos llevamos tiempo dándole vueltas al tema de ser madres. Hemos ido a informarnos a una clínica privada para que Clara se someta a una inseminación, pero el precio es demasiado elevado y ahora mismo no nos lo podemos permitir. Nos han dicho que por la Seguridad Social también lo hacen, pero que la lista de espera es interminable… Y la verdad es que tener un hijo de un hombre desconocido no es algo que nos apetezca mucho. Y aquí viene la locura. Diego, hemos pensado que igual tú podrías donarnos tu esperma. Ya sabemos que suena raro, pero si lo pensáis, así nos aseguraríamos que el bebé llevara los genes de las dos y, además, tendríamos constancia de todas las enfermedades familiares del progenitor, por si necesitáramos disponer de esa información en un futuro”.

No daba crédito a lo que estaba oyendo. Me quedé pálido. Cuando reaccioné me terminé lo que tenía en la copa de vino de un trago e, instintivamente, miré a Nerea, mi mujer. Su cara no era mucho mejor que la mía. Ellas dos nos dijeron que entendían que era una decisión difícil, y que no hacía falta que les contestásemos en ese instante, que nos lo pensásemos. Y se fueron. Y allí nos quedamos nosotros, quietos, sin poder hablar, solo dándole vueltas a lo que nos acababan de decir.

Los días posteriores fueron una vorágine de sentimientos, de discusiones entre mi mujer y yo, de conversaciones conmigo mismo… No sabía qué hacer, qué pensar… Nerea acabó por decirme que era una decisión mía, que ella no podía tomarla por mí, y que hiciera lo que hiciera ella me respetaría, pero me pidió por favor que antes de decidir nada visitara a una terapeuta que había tratado a una amiga suya en un proceso de inseminación, para que me ayudara a resolver cualquier duda que pudiera tener. Le hice caso, y allí me presenté, en pleno centro de Madrid, una lluviosa tarde de otoño. Llamé al timbre sin estar muy seguro de lo que iba a decir, pero con la determinación de quien quiere resolver un problema que no le deja dormir. La terapeuta se llamaba Marina, era una chica joven con cara de risueña. Me invitó a pasar a su despacho en el que, para mi sorpresa, no había ningún diván, sino dos sillones, uno frente al otro, iluminados por una luz tenue. Estuvimos juntos durante algo más de una hora y puedo asegurar que su cara de incredulidad se parecía mucho a la de mi mujer el día que Lidia y Clara nos hicieron su descabellada propuesta. No habló mucho, se limitó prácticamente a escuchar y, cuando terminamos, me dijo que me contestaría a todo lo que le había planteado por email, y me invitó a abandonar el despacho como si no quisiera volver a saber nada de mí en la vida. Fue muy incómodo. Dos días después recibí un correo suyo:

 

Estimado Diego,

La situación que me planteas es complicada, lo reconozco, pero ya no solo desde el punto de vista ético y  moral, sino también desde el legal, ya que en nuestro país las donaciones, tanto de esperma como de óvulos, entre familiares son ilegales. Es cierto que en otros países no está prohibido, pero son muchos los conflictos que se derivan de este tipo de prácticas, por lo que este tema suscita una gran controversia.

Para tomar una decisión así deberíais valorar todos los conflictos éticos, de orden sistémico (del sistema familiar) y el impacto psicológico que puede tener para el futuro bebé cuando sea adulto o adulta, pero si, aún así, estáis decididos  a seguir adelante, entonces, lo recomendable sería que acudieseis a un abogado para que os asesore sobre los problemas que podríais tener en un futuro si, por ejemplo, tu cuñada tomara acciones legales reclamándote la paternidad de la criatura y su derecho a recibir una pensión alimenticia.

Aún y con todo eso, todavía quedaría un escollo difícil de salvar. Según la terapia sistémica (y el trabajo con las constelaciones familiares), todos los miembros del sistema familiar tienen derecho a la pertenencia y a que se les reconozca, desde el respeto, un lugar digno dentro de él. Es decir, es necesario que cada miembro del sistema pueda ocupar su lugar y que los vínculos sean claros. Esta situación carecería de la claridad necesaria para generar vínculos transparentes y saludables: para empezar, si respetáis el anonimato tal y como exige la ley, tú, como padre, quedarías negado y pasarías a ser excluido de tu papel, siendo reemplazado por tu cuñada. Además del padre serías a la vez el tío, tu hermana y pareja de la madre biológica sería a la vez la tía biológica, y además tu pareja deberá convivir con el hecho de que su hombre tiene otro hijo o hija fuera de su relación (un bastardo), y tus hijos tendrían un primo o prima del cual a su vez serían hermanastros… Y la futura persona ¿sería informada de sus orígenes? No podemos saber de antemano el impacto psicosocial que le podría ocasionar. Por otro lado, ignorar los propios orígenes nos puede hacer sentir incompletos, vacíos, como abandonados, y todo esto, según la terapia sistémica, podría incluso ocasionar a la criatura, a largo plazo, enfermedades derivadas de dicho malestar.

Dejando de lado las leyes de la sistémica y que esto que me planteas, como te he dicho anteriormente, infringe la legalidad, deberíais plantearos otros aspectos de orden moral (como, por ejemplo, que en todo este asunto hay algo incestuoso). La confusión aquí es obvia y, aunque tu motivo parece altruista, podría chocar tanta generosidad para ayudar a tu hermana y su pareja, dado que los riesgos que conllevaría no son pocos pero sí evidentes. Valdría la pena explorar de dónde te surge esta voluntad de ayudar a tu hermana de manera aparentemente desinteresada. Las preguntas que tú mismo te planteas, y que creo que es bueno que te las hagas, revelan una inquietud, quizá algún tipo de anhelo… Por lo que puede que un acompañamiento terapéutico te podría ser útil en esta exploración.

Sin más que añadir. Te envío un cordial saludo,

Lda. Marina Huertas, terapeuta gestáltica y sistémica.

Gran Vía, 22 – 28013 Madrid

 

Cuando terminé de leerlo sentí como si una losa de una tonelada de peso me hubiese caído encima. Me sentía un monstruo. Lloré. Me enfadé. Lo volví a leer. Me enfadé más. Estuve tentado de contestar inmediatamente, pero no lo hice. Me senté durante horas a recapacitar sobre todo lo que contenían esas líneas y, una vez digerido, me coloqué frente al ordenador.

 

Estimada Marina,

Antes de nada, muchísimas gracias por escribirme de manera tan rápida y tan sincera, de verdad aprecio las molestias que se ha tomado.

Efectivamente no es una situación fácil ni sencilla la que me hizo acudir el otro día a su consulta, y he de reconocer que sus palabras me han ayudado a disipar las dudas que tenía.

Desde que mi hermana y su mujer me hicieron la propuesta que le comenté, han sido muchas las ideas que se han pasado por mi cabeza, sobre todo relacionadas con mi miedo al qué dirán y a los prejuicios que mi decisión podrían suscitar en los demás, así que le agradezco que me haya escrito esta carta cargada de todos ellos. Sus palabras me han ayudado a analizarlos uno a uno y a darme cuenta de que estos no deben afectarme, pues son la manera de ver la vida de unas personas (como usted) que poco tienen que ver conmigo.

La ética y la moral son subjetivas, pertenecen a cada uno, y cada uno debemos actuar en base a nuestros principios. Así pues, que justifique sus palabras en base a ellas, me parece fuera de lugar. Un terapeuta, hasta donde yo tengo entendido, no debería trasladar sus fobias personales a sus pacientes, coaccionándoles para tomar decisiones que, a su juicio, son correctas, sino que debería acompañarles en el proceso de encontrar las respuestas a sus propias preguntas.

No alcanzo a entender si su malestar con todo este asunto está ligado a un tema religioso o es simplemente una animadversión hacia la idea de que dos mujeres se amen y quieran tener un hijo, pero sea lo que sea lo que le impulsa, no voy a permitir que afecte a mi decisión, pues dichos prejuicios, insisto, no son míos.

Dado que solo nos conocemos de una sesión de poco más de una hora, me asombra que se permita la licencia de cuestionar el lugar que vamos a dar a mi sobrino en mi familia. De sobra cabe decir que, tanto si finalmente el semen fuese mío como de cualquier donante anónimo, esa criatura va a ser acogida entre nosotros como un miembro más, ocupando el lugar que le pertenece, y recibiendo todo el cariño que le podamos dar, que le adelanto que va a ser mucho. Su genética no va a ser un factor determinante para ello, se lo aseguro. Así que le agradecería que no vuelva a utilizar la palabra “bastardo” en relación a ningún miembro de mi familia pues, además de ser un término despectivo, me ofende soberanamente y a usted la aleja todavía más de su condición de profesional.

En ningún momento, hasta haberle leído, me había planteado la posibilidad de sentirme excluido de mi papel de padre pero, gracias a que usted me ha hecho recapacitar sobre ello, me he dado cuenta de que esa parcela la tengo completamente satisfecha gracias a mis propios hijos. Es más, el papel de tío me parece igual de importante y necesario, y espero poder estar a la altura de desempeñarlo. Los padres de una persona son quienes le crían, le educan, le acompañan, le quieren… y sé que mi hermana y su mujer serán unas madres excepcionales, y no pretendo en ese sentido ocupar ningún rol que no me corresponde. Le agradezco de igual manera que me haya planteado los problemas legales que podría tener con mi cuñada, pues me ha servido para darme cuenta de que, si en un futuro mi sobrino necesitara que le pasase una pensión alimenticia, lo haría de muy buena gana, tanto si hubiese sido concebido con mi esperma como si no, puesto que el hijo de mi hermana, bajo cualquier circunstancia, siempre será para mí como un hijo propio.

Sobre las insinuaciones que hace en relación al incesto, o a la posibilidad de que yo pueda sentir por mi hermana algo más allá del cariño fraternal, no voy a hacer ningún comentario pues me parecen muy osadas y, de nuevo, completamente fuera de lugar para el conocimiento que tiene usted sobre mi persona. Así pues, le agradezco su ofrecimiento para seguir una terapia pero, en principio, creo que he solucionado el dilema por el que me acerqué a su consulta y, además, en el supuesto de que fuera a hacerlo procuraría encontrar una terapeuta que me ayudara a gestionar mis conflictos, en lugar de intentar generarme más basándose en sus miedos y prejuicios.

Gracias de nuevo por las molestias que se ha tomado y aprovecho esta carta para saludarle.

Atentamente,

Diego.

 

Me recosté en el asiento, satisfecho, y pulsé el botón de enviar. No le conté a nadie el contenido de ese mensaje, pues me parecía tan dañino que no quería que ni mi mujer ni mi hermana supieran de su existencia. Cuando Nerea llegó a casa le pedí que se sentara conmigo y hablamos largo y tendido y, efectivamente, ella entendió mi decisión. Quizá no fuera la que tomaría ella nunca, o quizá sí, pero eso ahora daba igual, porque no era suya, sino mía. Al día siguiente fui a buscar a mi hermana al trabajo, ella se quedó sorprendida al verme y decidimos entrar a comer a un restaurante cercano. Se la veía nerviosa, y también se veía que le daba miedo preguntar. Una vez sentados en la mesa, comencé a hablar:

“Hay una cosa que nunca te he contado. ¿Te acuerdas cuando éramos pequeños, que yo tenía un reloj que te encantaba? Era un reloj de esos con un montón de botones y lucecitas y que emitía distintas melodías, a cual más incómoda. A ti te chiflaba, estabas como loca con él. Siempre que estaba fuera de casa, te metías en mi habitación y rebuscabas los cajones hasta que lo encontrabas. Yo estaba harto de tenerte cada dos por tres revoloteando por mi cuarto en busca del reloj, así que te prohibí que entraras a buscarlo y lo escondí. Lo escondí tanto que olvidé que lo tenía, y nunca más volví a usarlo. Y tú también lo olvidaste… Al cabo del tiempo apareció sepultado entre mis cosas y me di cuenta de que había sido estúpido porque, por mi falta de generosidad, ni tú ni yo habíamos disfrutado de él”. En ese momento metí la mano en mi bolsillo y saqué el reloj. “Aquí lo tienes, Lidia. Sé que ha pasado mucho tiempo pero, no te lo vas a creer, ¡todavía funciona! y quiero que lo tengas tú… Bueno, ya sé que toda esta historia del reloj igual te parece una auténtica chorrada, pero no sabía cómo decirte que te quiero, y que sí, que si me necesitas puedes contar conmigo”. Mi hermana alargó la mano, sin hablar, cogió el reloj con suma delicadeza, como si no hubiera nada más valioso en el mundo y, de repente, se lanzó a mis brazos. Permanecimos así un rato, abrazados, ella llorando y yo conteniendo las lágrimas para que aquello no pareciera un funeral y, cuando se tranquilizó, le pregunté “¿Y ahora qué?”, y ella contestó “Que creo que esta va a ser la paja más incómoda que te vas a hacer en tu vida” pulsando uno de los botones del reloj y haciendo sonar una estridente melodía. Y ya, por fin, los dos nos reímos.

Y aquí estoy, con Simón entre mis brazos, con sus madres junto a mí, radiantes de felicidad, y cuando levanto la vista y veo a mi hermana, con los ojos vidriosos, susurrándome un “Gracias”, justo en ese preciso instante, sé que nunca me arrepentiré de haberlo hecho.

 

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