Fuera de sí – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Es otoño, aunque aún quedan restos del verano. Llevo media hora paseando por este parque lleno de gente, disfrutando de la suave brisa que acaricia mi cara con la misma dulzura con la que empuja las hojas de los árboles en su breve camino hacia el suelo. Caen, lentamente, abrazando con su vuelo a la muerte y aceptando, como yo, que el tiempo se les acaba y su fin se acerca.

Aceptar, qué dura palabra. Me siento agotada, vencida. Miro mis manos y su aspecto joven no hace pensar que me estoy muriendo. Tampoco mi rostro ni mi cuerpo… Pero sí mis ojos, cuya falta de brillo delata que la tristeza me ha devorado por completo.

Me gusta disfrutar de la tranquilidad que supone poder hacerse invisible a los ojos del resto, de poder observar el mundo sin que nadie se percate de mi presencia. Porque yo no paso desapercibida, sino que me vuelvo invisible y al hacerlo me siento libre, privando al resto del mundo de la agonía de mi decadencia.

Recuerdo el día exacto en el que enfermé de apatía. Era invierno, un tranquilo 15 de enero. Paseaba, como siempre, por el bosque, saltando de árbol en árbol y deteniéndome a besar las flores, cuando un llanto desconsolado frenó mis juegos. Era una chica morena y de intensos ojos marrones la que lloraba, acurrucada bajo la sombra de un árbol y aferrada a un retrato de un hombre mucho mayor que ella. La observé, en la distancia, mientras la noche caía y el llanto se hacía más intenso hasta que, por fin, el sueño venció a la humana y pude acercarme a ella. Era realmente hermosa, delicada, pero su rostro no transmitía paz pese a estar dormida y las lágrimas seguían encontrando la libertad, escapando de la cárcel de barrotes de sus pestañas. No pude evitar tocarla, no quise hacerlo, y al posar mi mano sobre ella mi mundo de magia se transformó, por unos minutos, en infierno. De su piel a mis dedos pasaron la rabia, el dolor, la desesperación y el vacío de la muerte de su ser querido. También los recuerdos, los instantes vividos, la agonía de su enfermedad y todos los latidos compartidos. Ahora, la que lloraba era yo. Ella, por fin, dormía tranquila. Me aparté de ella por el dolor que sentía y corrí huyendo a subirme a un árbol desde el que poder observarla, hasta que despertó y se marchó del bosque con su brillo de ojos recién estrenado. Y yo me quedé allí, encaramada en lo alto del árbol, preguntándole a la luna qué había sucedido sin obtener respuesta alguna.

Algo cambió en mí ese día. Aún no sé exactamente qué ocurrió en mi alma, pero desde que mi piel y la suya se encontraron he sentido la necesidad de tocar otras pieles, de sentir otros sufrimientos, de robarlos… Y eso hago, robarlos. No pido permiso para arrebatarlos y tampoco pregunto si quieren dejar de sentirlos, sencillamente me los llevo. Los necesito.
He robado el dolor de María por la pérdida de su marido, la rabia de Ismael ante su despido y la desesperación de un suicida del que nunca supe su nombre. También la melancolía de Sofía por no poder volver a su país, la nostalgia de Ana ante la lejanía de su hermana melliza y el odio de una madre ante la mirada del asesino de su hija.

Sé que con cada contacto que mantengo con los sentimientos humanos me voy desvaneciendo. Lo supe en el segundo contacto que tuve con ellos y con la impotencia de Laura. La encontré andando distraída y enseguida sentí sed de ella, hambre de su dolor. Parecía serena, pero los latidos de su corazón evidenciaban la tormenta que ocultaba. La seguí con sigilo hasta que se detuvo frente al borde del barranco y supe que iba a lanzarse al vacío. No podía permitirlo, mi sed de sus sentimientos aumentaba y me abalancé sobre ella para tocarla. No se asustó y rápidamente entendí que hacía mucho tiempo que Laura había perdido el miedo, y la esperanza. Devoré todo su dolor por una vida llena de ausencias, la sensación de derrota ante su enfermedad, la pérdida de sus sueños y su frustración ante su incapacidad para amar. Tras unos minutos intensos, en los que yo lloraba y ella empezaba a sentir calor por primera vez en su alma, aparté mis manos de su cara y noté cómo mi corazón se detenía. Entonces lo entendí y, pese a ello, pese a saber que mi inmortalidad desaparecía lentamente con cada sentimiento robado, llevo años necesitando cada vez más de ellos y buscándolos con ansia, necesidad y deseo.

El sol se oculta lentamente, y el parque se está quedando vacío, cuando me percato de la presencia de alguien que parece encontrarse fuera de sí, moviéndose de lado a lado mientras habla por teléfono a gritos. Es un chico joven, de unos 36 años, cuyo dolor grita más fuerte que su voz. Sufre, por amor. O desamor. Su corazón late fuerte y sus lágrimas surcan su rostro, a la vez que su puño izquierdo permanece cerrado y su mano derecha, guiada por la rabia, hace estallar el teléfono contra el suelo. Quiero ese sentimiento, lo deseo tanto que me olvido de la discreción y el sigilo y me acerco corriendo a él para posar mis manos en su rostro.

Es maravilloso… Su ruptura sentimental pasa de su corazón al mío, llevándome también el sufrimiento, los reproches, las culpas y los ataques. Noto como míos cada lágrima derramada, sus deseos de volver a tenerse y el miedo a acercarse y chocar de nuevo y, con cada dolor que me llevo, siento como si algo dentro de mí empezara a resquebrajarse y con cada pequeña grieta yo perdiera una parte de mi consciencia.

Está ocurriendo, me muero. Debería soltarle, pero no puedo y mi corazón late cada vez más lento. Mis manos están cada vez más frías y el rostro del chico ya refleja la felicidad que da el olvido que le han proporcionado mis manos. Sonríe y yo me apago, dándome cuenta de que nunca habrá para mí una lápida en la que recen las letras:

Aquí yace, eternamente, Empatía

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