Fría y hermética – @JokersMayCry

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Rosewood la vio en todo su esplendor, con un dulce y lento relámpago navegando por su torso, pensó que no había nada tan precioso encerrando toda la laberíntica simplicidad de la vida. Notó el lento latido de los segundos sincronizándose con su ralentizado corazón mientras la acariciaba con la mirada y la mimaba entre sus dedos, dedos llenos de sangre por haber hurgado en su dolor, dedos que ahora sentían cómo podían acariciar la esencia de la poesía, dedos que amaban después de haber quitado tantas vidas, vidas de manos tramposas en los burdeles, hábiles con las cartas y lentas con el gatillo; vidas de rameras que escondían una pequeña Colt bajo una maltratada almohada; vidas de Sheriffs corruptos que iban de putos amos con un palillo en la boca rascándose los huevos… E inocentes almas también, no era tierra para maricas blandengues atrapados en los entresijos éticos de la moralidad que valoraban la insignificante existencia de los demás. No, era la tierra en la que el instinto asesino y de supervivencia de cada uno debía ser más rápido que el del otro. Era la tierra en la que uno podía… no, debía, debía entrar dando una patada a las puertas del burdel, coger una ramera a hombros y subirla por las escaleras para echarla sobre la cama y violarla, porque el día era duro, joder, y de alguna forma había que descargar la frustración de un tren que ha sido atracado varias millas antes de tu emboscada tras dejar cuatro cuerpos siendo devorados por la arena que, a su vez, esperaban que volvieras con la bolsa llena de dinero. Este mundo de mierda exigía que Rosewood fuera respetado… Y todo el mundo respeta a la muerte.

La muerte no respetaba a nadie y ahora veía sus humeantes alas en la belleza que admiraba con sus ojos color desgastado cobalto salpicado de besos cianóticos, veía su fría sonrisa de guadaña de cuarto menguante que le besaba mientras le robaba el hálito dulcemente. Hubiera sido posible la erección de Rosewood de no haber sido por la pérdida de sangre. En su amada, la sangre era rubí líquido vistiéndola de seductora novia; en su pecho era una incómoda orgía de escozor. Pero en ella… en ella la sangre era arte.

Las putas aplaudieron mientras Joe el Manco golpeaba con una mano y un garfio la pianola; Phil el Tullido, el tabernero, invitaba a una ronda a la vez que Johny Walker estallaba en emocionada alegría por el gesto de Phil; Paul el Tuerto rompía la baraja y se la tiraba al moribundo Rosewood; el Sheriff Whitemann sonreía con un palillo entre los dientes mientras golpeaba efusivamente la barra lleno de júbilo; Chester el Guapo reía a carcajadas ante la espantada Anne la Ladillas al ver cómo se marcaban las cicatrices de su rostro y sólo le quedaban tres dientes al poco agraciado Chester para reírse después y lanzarse a darle un beso. Pero Rosewood ya estaba cruzando ese puente entre la vida y la muerte que se va viniendo abajo a cada paso y el mundo ya no hace ruido para él.

Murió mirándola enamorado. No, a su mujer Betty Guns que le acaba de disparar, no. A esa bala con la que ella le había perforado y que por fin le ponía en paz, esa bala que se le resbala de entre los dedos tras habérsela sacado del pecho para ver cómo sigue reluciendo después de haberla extraído de sus pestilentes entrañas. Rueda por el suelo y, antes de cerrar los ojos y perderse entre los pies de la alborotada gente que celebra su muerte, esa bala permanece inmutable cuando Rosewood cierra los ojos… Impasible… La vida bailando con la muerte en una pequeña burbuja de metal… Fría y hermética.

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