Fría y hermética – @EvaLopez_M

Eva López @EvaLopez_M, krakens y sirenas, Perspectivas

«Largo y arduo es el camino que conduce del infierno a la luz»

John Milton

Mi nombre es Inna, que en ruso significa «torrente de agua»; y así es como he vivido hasta hoy, con la fuerza del agua que lo arrastra todo por donde pasa.
Nací en Moscú hace 30 años, en el seno de una familia de religión ortodoxa, y procedente de la industria minera de carbón.

Con dieciséis y sin saberlo entonces, firmaba lo que casi supondría una sentencia de muerte, enamorándome ciegamente de un compañero de mi padre. Las ansias de libertad y mis revolucionadas hormonas, hicieron que perdiera completamente la cabeza y el corazón por Dimitri y no escuchara a nadie más que a él. Me escapaba del instituto para poder verle; mentía a mi familia diciéndoles que dormía con amigas para pasar la noche en su cama…
La única salida que encontramos para que nos permitieran estar juntos, fue quedarme embarazada.
Nos casamos cuando estaba de dos meses.

Al principio todo fue como un sueño. Me trataba con dedicación y ternura, cuidándome y agasajándome con multitud de regalos caros y bonitos detalles.

Poco tiempo después, una tarde Dimitri llegó a casa muy preocupado aludiendo que por motivos de trabajo tendríamos que viajar hasta España y residir allí durante una larga temporada. En mi estado volar era bastante arriesgado pero no estaba dispuesta a dejarle marchar sin mí.
No quería de ningún modo volver a casa de mis padres, además lo necesitaba a mi lado como al aire para respirar.

Si cierro los ojos puedo evocar perfectamente aquel frío día de marzo en la que se escribiría el punto y aparte de mi destino; y sentir aún en mi piel los diez grados bajo cero de Moscú que no fueron nada comparados con el iceberg con el que me desgarraría el alma en España.

Recuerdo que era noche cerrada cuando, nada más aterrizar en Madrid, algo cambió en la mirada de Dimitri. Una niebla gris y siniestra de cenizas de fuego se apoderó de sus ojos, y yo, que aún no entendía de infiernos ni demonios, sentí un pavoroso miedo recorriendo toda mi piel.

El taxi no paró hasta llegar a la periferia de la ciudad. Detuvo el vehículo en la puerta de una casa a la que se accedía por un camino poco asfaltado, bajó nuestras maletas y se largó. Por el mareo del viaje sentí náuseas y quise vomitar antes de entrar, pero Dimitri me tapó la boca y casi en volandas me introdujo dentro de la que iba a ser mi habitación, sin sospechar que también sería mi prisión a partir de entonces.
Me resistí con uñas y dientes a quedarme allí, pero en el forcejeo recibí un puñetazo en la boca del estómago que hizo que perdiera el conocimiento.
A la mañana siguiente me desperté en la cama envuelta en un charco de sangre, entumecida y sin poder moverme.
Grité muy fuerte, aunque no parecía haber nadie más que yo afuera escuchándome.
De aquellas primeras horas sólo recuerdo la voz de una mujer hablando en ruso con Dimitri, diciéndole que había perdido al bebé y que era urgente que me atendieran en algún hospital, pero nadie me sacó de aquel maldito cuarto.

Entre luces y tinieblas, necesité un par de semanas para recuperarme. Intenté en vano escapar varias veces pero cuando no me encontraba completamente drogada, la puerta estaba cerrada con llave y continuamente había alguien vigilando. No me dirigian la palabra. Únicamente entraban para darme comida y bebida.

Una noche Dimitri me dijo que para poder seguir manteniéndome, tenía que ganar dinero, y que lo único que sabía hacer bien era abrirme de piernas y chuparla. Entonces me obligó a prostituirme.

Lloré y grité hasta quedarme sin voz y sin lágrimas. Maldije cada segundo desde que lo había conocido. Me convertí en una sombra de la chica joven y alegre que había sido y empecé a forjar una coraza de odio y desprecio, tan fría y hermética que ninguna lanza podría atravesar ya.

Necesitaba beber cantidades ingentes de alcohol para soportar a aquellos hombres, que a veces parecían más animales que personas.
Uno de ellos me ató los brazos y las piernas a la cama y me sodomizó con un bastón. Después de aquello moría de dolor cada vez que me penetraban.
Pero nada era comparable al tormento y la rabia que iban creciendo en mi corazón.

Una noche, cuando ya había perdido toda esperanza de salir de allí, conocí a Guillermo. Por aquel entonces yo no hablaba apenas español, pero él supo leer en mi rostro y en mi cuerpo todo el sufrimiento que llevaba y callaba por dentro.
No quería sexo. Solo se tumbaba junto a mí y me acariciaba. Comenzó a venir más frecuentemente y en una de esas veces, sé que negoció «mi compra» con Dimitri. No sé cuánto dinero pagó ni me importó, porque eso me salvó la vida.

Guillermo resultó ser policía, y gracias a mí pudo desenmascarar a un grupo organizado de trata y explotación de mujeres, liderada por Dimitri y unos compatriotas suyos, que acabaron entre rejas.

Mi suplicio sin embargo, duró muchos más años a pesar de los cuidados de Guille y mi madre, que vino a vivir con nosotros cuando mi familia supo lo sucedido.

A día de hoy con mis treinta años, aunque aparentemente parezca fría, no he vuelto a ser capaz de volver a mirar a los ojos a nadie, por miedo a ver de nuevo, en alguna otra mirada, la niebla gris del infierno.

 

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