Falsificación – @Patryms

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Ya no le queda nadie en la cola de personas dispuestas a todo por ella. Ha cambiado las uñas esculpidas por tres dedos de raíz y los toques de maquillaje por una gorra ajustada que la proteja del sol y le sujete el pelo.

La cabeza doblada de su compañero de bus le ha recordado a cinco de los hombres que calentaron su cama en los últimos meses. A esas horas de la mañana estaba claro que ella no tenían pies de zapatito de cristal ni ellos al recordarlos pinta de príncipes añiles.

Ha cambiado un loft con vistas a Gran Vía por el cuarto que su madre aún conservaba intacto en el pueblo. Los peluches, las fotos de instituto y sus viejos vaqueros rotos le habían dado una bienvenida triste y callada a su vuelta.

Al pasar por el túnel vio su reflejo en el cristal. Nada que ver con la imagen de los posters de la puerta de la discoteca de moda, ni con aquella que bajaba sin miedo las escaleras del programa de moda del viernes noche.

Tres años de vorágine, fiestas, entrevistas y amigos en cualquier esquina. Tres años de visa sin fondo, de noches y luces parpadeantes, de dos modelitos al día, gimnasio, spa y purpurina. Se había presentado a lo lleno que está el mundo con las manos rotas, bebido todo el amor por horas del que podía llenarse y besado más de lo que le habían pedido por contrato.

¿Y ahora? Quince días de madrugones gracias a la bolsa del paro y a una cuadrilla de limpieza del ayuntamiento. Ahora llegar a fin de mes era su prime time. Le resulta curioso recordar con tanta nitidez esa época cuando estando en ella no se paraba a recopilar dónde, con quién, cómo o para qué había estado un mes antes. La vida de rosa porque el rosa y ella estaban de moda.

Como un juguete Made in Taiwan, se había roto. Daba igual en qué momento se le había salido la pierna y la habían cambiado por una Nancy último modelo con más complementos y otros colores. No escuchó cuando la música dejó de sonar dejándola sola.

Es mentira eso de los amigos que siempre andan preparados para un selfie, y ahí está Carmen, en el mismo lugar en el que ella la dejó cuando se marchó a vivir su vida. Es mentira la casa llena si no conoces a tu casera. Las cámaras en la puerta no son tus vecinos, sino alguien como la señora Manolita, que viene a darte un par de lechugas que le ha traído su niño del pueblo sin esperar que tú tengas algo que ofrecerle. La primera línea es un pozo que te arrastra hasta el fondo del gallinero si te quedas parado más de diez minutos, y si, la vida sigue aunque un sábado noche nadie se acuerde de salir a cenar.

En el reparto de calles ha visto  esa en la que estaba la última discoteca que visitó. Como ella, está cerrada por cese de negocio y en la puerta, entre pintadas y pegatinas de autónomos, reconoce las sandalias que vendió un mes antes de volver a la casa de su madre.

Papel cuché, papel pintado y restos de cola para ensuciar la pared y que a ella no se le olvide que ya no la recuerda nadie. Un movimiento de escoba para barrer lo que fue, otro para limpiar lo que vendió y otro, y otro… Y el móvil que vibra para avisar de que al terminar tiene que ir a entregar el traje y a firmar las horas de trabajo para evitar falsificaciones.

 

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