Falda demasiado corta – @DonCorleoneLaws

DonCorleoneLaws @DonCorleoneLaws, krakens y sirenas, Perspectivas

Lo conociste cuando menos te lo proponías: una noche en la que saliste con tus amigas. Llamó tanto tu atención con su insistencia que después de mucho tiempo sin pareja pensaste que no podría ser malo echar una “canita al aire”. No esperabas que fuera nada definitivo (tan sólo un puro divertimiento), pero una cosa llevó a la otra y al final os hicisteis asiduos.

Cuando quería ligar contigo todo le parecía bien: que fueras sexy, que te comportaras de forma provocativa, que sacaras esa faceta sensual que casi todos llevamos dentro pero sólo compartimos con quien intimamos a niveles muy personales…

Eras lo prohibido, lo conquistable, lo inalcanzable, lo deseable, lo que nunca había tenido, lo que ni siquiera soñaba: una mujer joven, guapa, inteligente, extrovertida, decidida, libre, abierta a conocer gente nueva y con ganas de experimentar. Por eso volcó todo su interés, su conocimiento y su tiempo en seducirte. Era detallista, preocupado, atento y protector (quizás esto último en demasía, pero creíste que nunca vendría mal dejarse cuidar un poco después de tanto desastre sentimental cubierto por tíos de serie sin personalidad ni valía).

Sin embargo, cuando te consiguió se le fue pasando el interés, y todo lo que antes le parecía bueno fue generando pequeños problemas que se agrandaron con el tiempo, a la vez que disminuía tu grado de independencia y libertad.

Ya no le parecía tan bien que te mostraras provocativa: incluso le parecía un poco ordinario y te instaba a que lo guardaras para vuestra intimidad (aunque se hubiera vuelto más rutinaria que otra cosa). Pasó a “controlarte” en las redes sociales: no le gustaba que te saludaras con tantos desconocidos a diario por el simple hecho de ser socialmente extrovertida, y te recomendó que quitaras tu foto del avatar porque eso sólo atraía a babosos que pretendían follarte sin más. Por supuesto te dijo que nada de mensajes sensuales: que equivocaban a la gente pensando lo que no era y que no tenías por qué escribir esas cosas aunque fueran simples pensamientos genéricos: él era tu pareja y sólo a él le tenías que hablar así.

Después comenzó a preguntarte con quién te escribías por WhatsApp cada vez que cogías el teléfono, con quién hablabas cada vez que te llamaban y por qué no le contestabas a la primera cuando lo hacía él, y te propuso dejar de vivir en pisos separados para compartir un mismo espacio, argumentando que eso os haría estar más unidos. Tú pensaste que quizás sería positivo que él pudiera comprobar “in situ” cómo te comportabas, así olvidaría los estúpidos celos. Dejaste que se mudara a tu casa, pero al poco tiempo te diste cuenta de que controlaba escrupulosamente tus entradas y salidas, que te abría la correspondencia y, además, lo pillaste mirándote el móvil un par de veces aprovechando que el tuyo era antiguo y no tenía bloqueo dactilar.

Y no te diste cuenta, no, de que habías dejado entrar en tu casa, en tu vida y en tu corazón a un enemigo: a un invasor que sólo pretendía tu carta de propiedad para después anularte como persona.

Al poco tiempo de vivir contigo ya se quejaba abiertamente del comportamiento de tu familia y esquivaba verlos, te había enemistado con tus amigas impidiéndote salir con ellas cuando te apeteciera, se había adueñado de tus perfiles sociales marcando el territorio hasta conseguir que apenas nadie te hablara, y te había convertido en un hermoso cero a la izquierda que dependía absolutamente de él: de sus apetencias, de sus gustos, de su coche, de su tiempo libre, de sus pareceres y de sus opiniones.

Aquel lunar al que tantos piropos le dedicó ahora le parecía una verruga; aquella lencería que te arrancó a bocados las dos primeras veces que tuvisteis sexo salvaje te la había escondido; aquella forma de protegerte que tanto te había atraído se había convertido en una cárcel, y después de haberte metido mano muchas veces por debajo de aquella falda que tanto le gustaba, ahora le parecía demasiado corta.

Pero un día en el que decidiste dar un paseo a solas y apagaste el teléfono para que no te estuviera incordiando cada diez minutos, caíste en la cuenta de que había una cosa que él no calculó con ese afán suyo de estudiarlo todo: que tú eras una gran mujer. Una gran mujer también se puede equivocar (claro que sí), pero sabe reconocer sus errores para repararlos. Una gran mujer siempre es querida y apreciada por los demás, por eso cuando se ve sobrepasada por los acontecimientos sólo tiene que pedir ayuda para que esa ayuda le llegue de inmediato, porque una gran mujer nunca está sola del todo. Una gran mujer siempre encuentra caminos alternativos por los que seguir creciendo y avanzando, y por muy ciega que haya podido estar en algún momento de su vida, siempre es capaz de abrir nuevas opciones por las que escapar de los problemas.

Por eso, si estás leyendo estas líneas y te has sentido identificada, quiero recordarte que seguramente tú también eres una gran mujer. Eres una gran mujer y eso que te intentan «vender» no es amor: podría tener otros muchos nombres pero no es amor, porque el amor se fundamenta en respetar los gustos, las opiniones, la forma de ser y la libertad del otro, así que evidentemente no es amor. Y si no es amor, si no suma en tu día a día y ha cambiado tanto desde aquellos ilusionantes inicios, lo mejor que puedes hacer por ti misma es eliminarlo de tu vida.

Pide ayuda si la necesitas, y si ves que no la necesitas, échale coraje y relega lo tóxico al contenedor de residuos de donde no debería haber salido nunca, porque hay personas que jamás sabrán querer en libertad y desde el respeto. Hay formas mucho más sanas de entablar relaciones entre iguales, y créeme: ni tú eres culpable, ni tu actitud es mala, ni él es lo que mereces o necesitas, ni por mucho que ahora él te lo diga tu falda es demasiado corta…

 

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