Elegante pero muy cabrón – @DonCorleoneLaws

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Puede que parezca que hay más alternativas, pero créeme: la que te va a permitir sobrevivir más tiempo y en mejores condiciones es esta.

Tal y como está ahora mismo estructurado el mundo no te vale otra cosa. Si te sales de esta norma básica acabarás tirado en una cuneta, sentado a oscuras llorando en un rincón, ninguneado por gentes sin alma o cercado por hienas que se ríen sabiéndote una presa fácil.

Pero no me malinterpretes: yo sigo creyendo en el buen fondo de las personas. Por mucho que me mientan, por mucho que me traicionen, por mucho que me sorprendan o me decepcionen, sé que no se trata de la generalidad. Aún confío en las almas puras, en la candidez de las miradas, en el incontrolable poder de las emociones y en la buena voluntad. Sé que aún hay gente buena.

Y no sólo creo en todo eso, sino que intento potenciarlo desde mi propio interior: la diferencia es que -a base de recibir palos- he aprendido con quién debo o no debo volcar mis esfuerzos. Incluso intentando ser selectivo aún me equivoco rotundamente, así que imagina si no lo hiciera: estaría ya más dañado que un eccehomo viejo.

En cierta manera es triste no poder ir por la vida a pecho descubierto, diciendo la verdad, hablando de todo de forma abierta, con los temores justos y la ingenuidad a flor de piel como cuando éramos muy pequeños y el devenir de los días nos daba igual. Es triste, sí, porque nos hace más reservados, más opacos y menos puros. Pero no queda más remedio.

Este mundo está lleno de hijos de puta, de mentirosos, de ladrones sentimentales, de timadores, de aprovechados, de locos, de gente sin escrúpulos, de trápalas, de hipócritas, de asesinos y de individuos en los que resulta imposible confiar. Y si lo hicieras, de una forma o de otra, estarías muerto o vendido, porque antes o después te la jugarán. Esperarán que llegue tu momento de debilidad y te asestarán el mordisco en el cuello para chuparte la sangre o el palo en la espalda para dejarte tirado como una colilla.

A veces las sombras llegan enmascaradas detrás de la inmensidad de unos ojos hermosos, maquilladas en la dulzura de unas palabras necesarias, cobijadas bajo el amparo de un abrazo inesperado o un detalle sin explicación. Así dejan que te desnudes y te confíes. Y cuando te ven entregado destapan ese monstruo que llevan dentro y que están deseando que te visite como en la última película de Bayona, para ponerte delante de los ojos la cruel realidad de la vida.

Esa realidad suele castigar a través de este tipo de gentuza que se aprovecha de las debilidades ajenas para hacerse más fuerte, para elevar su ego y exigir lo que ellos mismos son incapaces de dar a los demás, para creerse más notables de lo que verdaderamente son ejerciendo de vengadores o justicieros de esos principios que -según ellos- tienen, pero que están tan equivocados. Juegan sin pudor con los sentimientos, las amistades, la economía, la tranquilidad o el bienestar de los demás, y cuando ven que tiritas de frío, desnudo y desvalido, se marchan dejándote desorientado y carente de todo afecto o explicación.

No merece la pena: de verdad. No la merece.

Se puede ser amable, tierno, sincero, educado, gentil, discreto, leal, confiado, noble y servicial, pero únicamente con las personas adecuadas: no con todo el mundo porque no todo el mundo lo merece. Y en este caso no es tan importante la reciprocidad como la autoprotección. Es valioso y deseable notar esa reciprocidad, sí, pero es mucho más fundamental aprender a no caer en las redes de arrastre de tanto pescador sin escrúpulos.

Así que, por una vez, hazme caso: sé irremediablemente tú con quien de verdad lo merezca, y con quien no esté es ese selecto club de íntimos aprende a escuchar, a guardar silencios y a observar dónde tienen el armamento para que no te pille descuidado el inicio del tiroteo. Porque, antes o después, lo habrá.

Este es un mundo de lobos en el que, cada vez es más irrenunciable ser -por partes iguales- elegante pero muy cabrón.

 

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