El tercero – @BlasRGEscritor

BlasRGEscritor @BlasRuizGrau, krakens y sirenas, Perspectivas

Siempre fue en el tercero.

Los recuerdos se amontonaban en su cabeza. Algunas veces le costaba rescatarlos y otras, sin embargo, aparecían sin más y la asaltaban sin avisar. Ese era uno de esos momentos.

Hubo un tiempo en el que no se dio cuenta por qué él siempre elegía vivir en una tercera planta. Recordaba cuando encontraban viviendas estupendas, relativamente baratas y él las rechazaba porque no eran una tercera planta.

Esa obsesión por su parte pronto se vio contestada cuando observó su manía en torno a todo lo relacionado con el tres. Siempre hacía las cosas de tres en tres. Llamaba tres veces a la puerta, soplaba tres veces sobre una cuchara caliente, hasta no sabía cómo, pero era capaz de estornudar tres veces seguidas.

Tonta de ella, llegó a pensar que aquello era una especie de manía compulsiva, un trastorno como otro que le llevaba a esa repetición impar una y otra vez. Tardó casi un año en darse cuenta que no era así.

Y es que nunca fue buena para las fechas. No es que no pusiera interés en recordarlas, ni que no las considerara importantes. Es que casi nunca se le quedaban grabadas. Sin más. Siempre fue así.

Y fue él quien, precisamente, un día tres de marzo del año dos mil cuatro llegó con un ramo de tres rosas de tres colores diferentes. La besó y le felicitó el primer aniversario juntos. Entonces cayó. Tres del tres del tres. Sólo hacía todo eso por puro romanticismo.

En aquel momento creyó morir de amor. Nadie, nunca, se había esforzado tanto por hacerlo todo perfecto como lo hacía él. A partir de ese momento todo fueron detalles. Dejaba preparado el desayuno antes de marcharse al trabajo con tres tortitas que él mismo modelaba, torpemente, con forma de corazón. Los días tres de cada mes, una carta escrita en tres párrafos la esperaba todos los días sobre la cómoda de tres cajones que ambos compraron para su habitación. Y todos los días, absolutamente todos, le daba tres besos nada más llegar a casa, agotado de tanto trabajar y con la mayor sonrisa del universo dibujada en su cara.

Ella sonrió mientras deambulaba por el pasillo de la casa. No consiguió que una lágrima saliese de su rostro pues pensaba que ya se había secado de tanto llorar. Llegó hasta el salón. Ahí estaba. Sentado en uno de los tres sillones, con la mirada perdida hacia la ventana del salón de su vivienda, la que estaba ubicada en el número tres, en la tercera planta.

Quiso decirle algo, pero supo que de nada servía. Nunca la escuchaba. Había dejado de hacerlo hacía ya demasiado.

Se preguntó dónde había quedado el hombre del que se enamoró perdidamente. Por qué había dejado su trabajo. Por qué ahora ya ni le hablaba. Por qué no la besaba como antes. Ya no deseaba ni siquiera esos tres besos. Con uno solo volvería a ser la mujer con mayor dicha del universo.

Sin dejar de preguntarse qué mató el amor volvió por dónde había venido. Se pasaba el día recluida por voluntad propia en la habitación de invitados que con tanta ilusión ambos decoraron. Con tres cuadros de tres flores, las mismas tres que él había elegido en su primer aniversario.

Pasó al interior y se tiró sobre la cama. Seguía sin poder llorar. No entendía qué mató el amor. No lo entendía.

En el salón, él sí lloraba. Por su rostro se deslizaron tres lágrimas, tres. Cayeron sobre la foto que sostenía en la mano. En ella salían ambos, felices, como siempre lo fueron. No sentía fuerzas para levantarse, como cada día que pasaba. Comenzó con su típico ritual de furia mental maldiciendo todo. Todo.

Maldijo haberla conocido. Maldijo haberla amado. Maldijo haberse imaginado una vida entera junto a ella. Maldijo aquella enfermedad. Maldijo que lo hubiera dejado solo. Maldijo no haber muerto junto a ella cuando el cáncer decidió que ya no quería dejarla más a su lado. Maldijo que hubiera ocurrido un día tres. Maldijo que el día de hoy fuera tres, del tres, del dos mil trece.

Gritó de rabia. Maldijo que ella no estuviera ahí, con él.

Gritó tres veces antes de quitarse la vida.

Ella no lo escuchó.

Pero sin más, lo vio ahí, a su lado.

Él la besó tres veces. Tres.

Visita el perfil de @BlasRGEscritor