El príncipe y su castillo – @relojbarro

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Recuerdo con cariño y añoranza las noches en las que leía en la cama todo lo que pasaba por mis manos, escondido a veces con una linterna para que no me metieran bronca por la luz. Devoraba casi cualquier género, sumando escenarios, personajes y aventuras a mi vida. En los albores de una adolescencia incipiente, detengo mi atención en gestas medievales, en combates por la libertad y el honor, y, cómo no, en romanceros.

Inevitablemente, llegan las cartas de Cyrano de Bergerac a Roxana, en la que su experta y afamada espada queda ensombrecida por la precisión de sus afiladas palabras.

» Me atrae un astro que en el cielo brilla; mido su altura, en mi humildad reparo y, por miedo al ridículo, me paro a coger una humilde florecilla.»

Y llega a través de Tolkien, la historia de amor entre el mortal Aragorn y la inmortal Arwen, y llegan una tras otra las novelas de capa y espada, Ivanhoe, D’Artagnan y Constance, Robin Hood y Lady Marian, el antihéroe Quijote y su Dulcinea, llegan las baladas y rimas poéticas, hasta llegar a ese Romeo y Julieta inmortal, con su amor que traspasa la propia vida terrenal.

» ¿Sabía yo qué es el amor? Ojos, jurad que no, porque nunca había visto una belleza así.»

¿Qué hombre que se precie como tal no daría su vida por su amada? ¿Qué princesa no estaría esperando en la torre de un castillo a su príncipe salvador?
Pues la realidad es que ninguna, la realidad es que se trata de un timo, un puto cuento de hadas de épocas remotas, de un tiempo que, desde luego, no es el presente.

Crecí en un mundo de fantasía y honor, en un mundo en el que los príncipes salvaban bellas princesas de terribles dragones, mientras ellas esperaban en un castillo de ensueño. En un mundo en el que se incentivaba la lucha por la amada, el carácter romántico, con valores supeditados solamente al cómo, al dónde y al cuándo; y por películas de Disney que nos enseñan cuáles son los valores de hoy en día a base de refritos de la literatura clásica, manipulándolos impunemente ya que, pobres de nosotros, necesitamos que nos indiquen qué tendencias debemos seguir, no sea que nos desviemos pensando por nosotros mismos, claro.

Y así, caes de bruces de los lomos de tu corcel blanco de impecables crines de arcaicos principios del medievo, mientras tratas de salvar princesas que, muchas veces, no tienen nada de princesas, no quieren ser salvadas de nada, no necesitan que vengas tú a salvarlas de nada ni de nadie o que el único dragón del que deberían salvarse son de ellas mismas. Antes se enviaban cartas, las cuales llegaban con mucho esfuerzo, si es que llegaban, y eran leídas con avidez y contestadas prestas; hoy en día envías un mensaje instantáneo y, con suerte, lo contestan, porque «príncipes» y «princesas», parece que quedan pocos, habiendo dado paso a un vulgo que bajo la flamante bandera del ombligo propio, hagan de la falta de educación y ganas algo digno de lo que, encima, vanagloriarse. Tampoco está de más no olvidar que, espero, todos hayamos sido en algún momento dragones para poder aprender lo que no debes ser. Por tanto, para mí, que se queden los príncipes, princesas y castillos, que se queden en su época, porque desde luego, hoy por hoy, no está la cosa para romances.

P.D. respiro tras escribir directo de mi mente al papel, y buscando dentro de mí, noto cómo nace un pensamiento, cómo va cogiendo fuerza y que si soy sincero, no puedo dejar de contar…sé que si me cruzo con una princesa en apuros hoy, bajaré de mi caballo y me batiré con cuantos dragones me encuentre, porque lo llevo impreso en el ADN, porque una vida sin romanticismo, sin caballeros y damas, sin peligros que superar y aventuras que compartir no me parece una vida plena y, porqué no decirlo, qué hay de malo en querer que un día canten por nosotros un «Y fueron felices y comieron perdices»…

 

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