El mariscal – @LaBernhardt

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El mariscal es un bar. Lo era. Un día, detrás de la sonrisa más bonita de mi mundo, lo vi,por primera vez, aunque estaba delante de mis narices toda la vida.
La foto la hice yo, se la hice a ella, y detrás de su risa y su ¿quieres dejar de hacerme fotos?, allí estaba el cartel de El mariscal, aunque yo tardé un año en darme cuenta de eso, de eso y de todo.
Todo, vaya palabra. Desde muy pequeño aprendí que ese todo se podía hacer infinito o deshacerse en la nada. Yo lo tuve todo y un día, sin más, mi madre se fue. Sí, al cielo me dijeron, y yo, con 7 años, pensé que todo lo que tenía se lo habían llevado las nubes y las estrellas. Yo me quedé aquí, en mi cama y todo se hizo oscuro porque mi mundo se había convertido en nada.
Crecer en esa precariedad emocional me hizo esquivo y poco dado a querer; total, tarde o temprano, la vida cambiaría y todo volvería a ser nada.
La vida, para que luego digan, tampoco se portó mal conmigo en los siguientes años -justicia cósmica, lo llaman algunos- salió el sol y aprendí a acercarme al mundo sin miedo y a tener y a perder y a volver a recuperar amor.
Me quedaba con lo mejor de cada mujer que conocía pero me marchaba porque esas cosas bonitas nunca me eran suficientes. Y como yo tampoco daba bastante, las despedidas y rupturas no eran dramáticas. Eran emociones que se iban quedando en el camino, o eso quise creer.
Un día, cuando ya había dejado un caminito de migas de corazones destrozados considerable, conocí a una chica por la que me paré en seco. Dejé de caminar, dejé de huir, dejé de no querer: me planté a su lado, crecí -otros dirán que lo que me creció fue la barriga, putos cabrones- y quise. Sí, la quise tanto como para ver en ella todo lo que habría de llenarme el resto de mi vida. Y en ese todo, durante muchos años, viví tranquilo. Iba a desayunar a un bar, cerca de mi casa. Se llamaba El mariscal y, la verdad, nunca en todos esos años caí en preguntar el porqué de su nombre. La gente normal no va preguntando esas tonterías. La gente normal se toma una caña en un bar y se larga.
Tendría todavía que conocer a alguien que -lo aseguro, no es normal- viniera a contarme que las cosas, todas, tienen un nombre y un porqué de ese nombre. Pero luego lo cuento, todo a su tiempo.
Me había quedado en los mejores años de mi vida, sí, al lado de mi amor, en nuestro pisito moderno, en mi trabajo chulo…todo y, como siempre pasa, un día eso acabó en nada. Ella se marchó. No, al cielo, no: se marchó con otro, a otro barrio, a ser feliz a 15 kms de mí.
Esta vez, dejé de comer, de leer, de respirar y no me morí. No me morí ningún día que quise hacerlo y no tuve más cojones que aceptar que debía empezar de cero. Que la nada era, de nuevo, mi casa. El mariscal se convirtió en refugio. Allí iba a ver los partidos de los domingos que ponían en Canal + y también los de los miércoles. Como estaba en modo Muerto en vida no cruzaba más que un Hola, ¿me pones una caña? y poco más. Y en esa nada viví mucho rato. Volví a salir con otras tías. Volví a ese vacío que me hacía querer no querer, ya fuera por pereza, por tristeza, por miedo a perder o por terror a ganar. Quién sabe.
Hasta que un día, me la encontré y fue un regalo, uno de esos que nos deja la vida escondidos detrás de un sofá, en una calle, al salir de una tienda o en una librería.
Me la encontré en la cola de un cine. La recuperé del pasado, de los años de universidad, qué cosas, que nos conocíamos de hacía mil años y nunca me había fijado en ella. La miraba y no entendía en qué cojones había estado pensando, qué mierda me había cegado para no verla.
Tardé 12 horas en besarla y fue gracias a David Trueba y su libro «Saber perder»: lo tenía entre sus manos, me acerqué a leer un párrafo subrayado y la besé. O me besó, ya no recuerdo eso y qué pena porque daría media vida por recuperar esa tarde en la que gané a la chica que llevaba dentro, sin ella saberlo, lo mejor de cada una de las mujeres que he querido en mi vida. Y que brillaba como ninguna.
Los días felices son siempre en azul y mi vida, en los años que pasé con ella, fue así: azul y brillante.
Una tarde, salimos a tomar algo y acabamos en el Mariscal. Cuando llevábamos un cubo de quintos, le preguntó al camarero «¿Por qué se llama así este bar?»
El camarero dudó antes de hablar porque los camareros no están preparados para contar un cuento, no: ellos sólo escuchan y, apenas en un susurro, le dijo: «Mi abuelo le limpiaba las botas a un mariscal de campo, a un alemán que vivió en España del 36 al 37»
-¡No me digaa!, sofocó una risa y luego, se le cambió el semblante y dijo muy seria: «pero ese mariscal del que hablas era un nazi, se llamaba von Richthofen, y fue el responsable del bombardeo de Gernica…¿tu abuelo sabía todo eso?»
-Qué va. Mi abuelo era un zagal, medio muerto de hambre y a bien con quien quisiera darle cuatro perras, que se encontró con la suerte de su vida, porque no era ni rojo ni verde ni amarillo. Lo único que quería era llevar un jornal a casa y con esos tipos, durante casi un año, lo consiguió.
-¿Y tú le has puesto el nombre al bar por tu abuelo, entonces?
-Por él y por lo que me contó siempre: «nene, hay que ser como un mariscal, el único jefe, pero échale un poco de corazón, que si no, acabas más solo que la una»
Se rieron, el camarero se abrió un quinto y brindaron. Yo, estaba allí y no estaba. La miraba y sonreía. La miraba y no la veía.
A la salida del bar le hice una foto. Detrás de su sonrisa estaba el Mariscal y yo lo vi por primera vez aunque, ya os he dicho, esa tarde no vi nada.
Meses después de aquello, la dejé. Me cansé de tanto amor, me cansé de que me cuidara, de que me quisiera sin condiciones. Me cansé de sus cuentos y de sus risas.
Hoy, en uno de los libros que me dejó y nunca le devolví, entre las páginas de Blitz -puto Trueba que me traes siempre a esta niña a mi vida- ha aparecido su foto.
Su sonrisa, el Mariscal, el cuento del alemán sin corazón, el camarero feliz porque alguien le preguntó y pudo hablar de su abuelo…no sé qué de todo eso me ha hecho volver a mi antiguo barrio y tomarme una cerveza que arregle el pasado.
El Mariscal es un bar. Lo era. Hoy, allí, hay una academia, London Idiomas, y ni rastro del bar de mi pasado.
Vuelvo a casa caminando y, qué cosas, quiero creer que en el cine Navas, en la cola, estará.
No, esto es la vida y no uno de sus cuentos, claro que no está. Por eso decido mandarle un WhatsApp:

-«He ido al Mariscal, quería volver al año pasado. Ya no está. Me he acordado de ti. Un beso»

escribiendo…

-«Lo sé. Yo también volví buscando el pasado. Me gustó ese cuento. Y yo también me acuerdo de ti»

escribiendo…

-«¿quieres que busquemos otro bar para preguntar por su nombre?»

escribiendo…

-«Siempre».

 

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