El clavo ardiendo – @Mous_Tache

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Tengo mis pequeñas manos entumecidas. La noche ha sido fría. Me acerco al regazo de mi madre que dormita en el sofá en busca de su calor. Ella me aleja de un manotazo con violencia y emite un gruñido ininteligible. Tropiezo con la botella vacía de ginebra barata que ha sido su amante y confidente durante las últimas horas. La observo desde el suelo.

Han vuelto a despertarte los gritos que vienen de la habitación de tus padres. Has cerrado la puerta y te has refugiado en la esquina de siempre abrazada a tu peluche. Ella te dijo que era mejor así. Que no salieses de tu cuarto.

Me falta el resuello. Giro la esquina y detengo un momento mi carrera. Cuando consigo estabilizar mi respiración, enciendo un cigarro con manos temblorosas. Lo que era un atraco rutinario se ha complicado y la fuente de ingresos del día ha terminado sacando un arma. Ahora permanece tendido en el suelo con un navajazo en el estómago. Quizás fuese policía. No me he parado a preguntar.

Estás llorando y dolorida. Han acabado pegándote. Ellos han convertido en fiesta privada lo que en un principio eran risas y buen rollo en aquel solitario parque. Los conociste hace unas horas. Las drogas y el alcohol alteran la percepción de las cosas, cierto, pero aún así creías que eran tus almas gemelas. Intentas buscar tus zapatos. La boca te sabe a tierra. Vuelves a llorar.

Oigo sonidos lejanos. Intento averiguar dónde estoy. Me duele terriblemente la cabeza y la espalda. Me levanto como puedo del suelo. Informe de daños. Un golpe en la cabeza que no sangra demasiado, sin duda el que me dejó sin sentido. El dolor de la espalda puede deberse a alguna patada recibida. No lo recuerdo. Tiempo atrás hubiese doblegado sin problema a aquellos dos camellos de poca monta. Los cuarenta ya pasaron hace dos o tres años.

La noche está terminando y no ha sido demasiado productiva. Das pequeños paseos encaramada a unos tacones demasiado altos. Te duelen los pies y la pequeña chaqueta te mantiene protegida de cintura para arriba. La minúscula falda, al contrario, no ayuda y las rodillas comienzan a entumecérsete de frío.

– ¿Quieres compañía, ojitos tristes?

Busco en los bolsillos de mi pantalón. Aún queda algún billete arrugado. Supongo que será suficiente.

Me despierto diez minutos antes que tú. Aún estás dormida. Acaricio tu pelo. El sol comienza a inundar la pequeña habitación que compartimos. Te abrazo con fuerza por la espalda y beso tu mejilla. Dejas escapar un leve ronroneo y abres tímidamente tus ojos. Me besas. Durante los últimos cuatro años, éste ha sido nuestro ritual.

Hay clavos que por ser las últimas oportunidades, queman.

Desde la cuna, nuestra pequeña nos reclama entre lloros. Está hambrienta. Vuelvo a besar tu mejilla y te pellizco con cariño. Me levanto a preparar su biberón.

Hay clavos que siendo las últimas oportunidades, salvan.

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