Cueste lo que cueste – @soy_tumusa

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La brisa de la mañana trae el olor a mar, ya se palpa el verano. La arena mojada se escurre entre mis dedos mientras camino de su mano y me agachó para tocar la tierra y asegurarme de que ese paseo es real. Su mano firme aprieta la mía mientras el sol mañanero va pintando la cala y dibujando la hilera de apartamentos que vamos dejando atrás. Las olas juguetean con nuestros pies mientras caminamos, la soledad de la playa se abre a nuestro paso y solo cabe lugar para nuestras miradas y su sonrisa. El aire juega con mi pelo y en un arranque de valentía me arrebata el sombrero. Sonriente me dirijo en su búsqueda y le suelto de la mano… Abro lo ojos sonriendo, pero ya no huelo a mar, ni siento la arena mojada bajo mis pies, no noto su mano rozando la mía y miro a mi alrededor. De nuevo me quedé dormida en el sofá junto a la ventana de la habitación. Una tremenda tristeza se apodera de mi corazón y lo aprieta fuerte, como si quisiera asfixiarlo y dejarme sin aliento. Así vivo los últimos 4 años, sin vida y sin aliento.

 

Nuestra vida y nuestro rumbo cambiaron pero no para bien, cuando aquel parte médico diagnosticaba paraplejia aguda, así, de repente y sin avisar, que fue degenerando en cuestión de meses su cuerpo, trombosis, traumatismo lumbar, etc…, aceleraban el proceso dejando a Manuel postrado en una cama sin apenas movilidad alguna. Tras varias operaciones y largos meses de hospital en hospital, terminó perdiendo toda movilidad en sus piernas y músculos a causa de los daños en la médula, fue inútil conseguir que los nervios volvieran a responder como los médicos esperaban y ahí fue el momento en el que se nos partió la vida por la mitad, de esas cosas que no te esperas que pasen, un cambio de 180 grados que poco a poco nos consumía.

 

No volvimos a pasear a la orilla del mar antes de que saliera el sol. Dejamos de oler la arena mojada, no volví a ver su risa, ya ni siquiera podía cogerme de la mano…

 

Han sido duros años, asumir el brusco revés que nos dio la vida y acostumbrarte a cuidar a una persona que era activa y que sabía valerse por si mismo, entusiasta y vividor, ha sido lo más duro de esta historia. Se me parte el alma como cada mañana le veo apoltronado en la cama, un día más, toda una vida. Al principio de que te acostumbras y te adaptas pasa rápido, cada día aparecen cosas nuevas, luego comenzaron los dolores, insoportables, su cara lo decía todo, el malestar general, el mal humor y los días se hacían más y más pesados. Yo aprendí a llorar en silencio entre otras cosas porque ya no me quedaban lágrimas que derramar. Entonces se le metió en la cabeza que él, ya no quería seguir viviendo. No sentía la necesidad de estar en este mundo padeciendo, soportando un dolor que era innecesario y quería paz. Yo en aquel momento no quería ni oír hablar del tema, una locura, pensaba, una estupidez, nadie debe acabar con su vida, no me parecía justo que se fuera de este mundo y me dejara sola. Me opuse radicalmente a semejante insensatez. “Soportaremos como sea lo que nos ha tocado vivir, porque seremos fuertes y lucharemos hasta el final”, me repetía constantemente en mi cabeza para convencerme de que ese no podía ser el final.

 

La nobleza de su moral aceptó morir dignamente. Y yo le admiraba por tal acto de valentía.

 

El sufrimiento que padecía se palpaba hasta en el ambiente. A mis espaldas contactó con una especie de asociación que te ayudaba o te daba las directrices para morir dignamente, o como ellos le llamaban “Autoliberación”. La A.D.M.D. le indicó las pautas a seguir de las cuales yo no quería ni saber, ellos concertaron varias citas para poder explicarme el procedimiento, e intentar convencerme, pero me negué. No podía imaginarme la vida sin Manuel, no comprendía el porqué morir si aún no ha llegado su hora. El amor de mi vida se quiere ir y me deja. No, era siempre mi respuesta, no ayudaré a morir a quién cada día me da a mí la vida.

 

Los días pasaban lentos, de la cama al sofá y así. Los dolores eran más insoportables, los cuidados paliativos apenas surgían efecto y Manuel se sumergía en una clara desesperación. “Si esta es la vida que quieres para la persona que amas, es que no me amas”, esa fue la frase que me dijo una mañana mientras le acariciaba el pelo y le aseaba. Enmudecí, y una lágrima recorrió mi rostro mientras nos miramos fijamente, en ese momento me di cuenta de que no se puede retener a nadie en contra de sus deseos y comprendí lo noble y valiente que era su alma al querer marchar y dejar de sufrir y hacernos sufrir a los demás. La nobleza de su moral ya había tomado la decisión de irse y yo en ese mismo instante le dije que le ayudaría a morir en paz cueste lo que cueste.

 

Los de la Asociación se encargaron de darnos las pautas a seguir, cómo debíamos actuar y el papeleo para evitar posibles acusaciones por parte de la justicia. Y aquí estoy, mirando por la venta de la cocina nuestro mar, mientras sujeto un yogur lleno de un cóctel que acabo de preparar con las pastillas indicadas. Es muy duro concienciarte de que lo que estas haciendo acabará con su vida en cuestión de horas. Lo sujeto dudosa y me dirijo a su habitación, no sin antes preguntarle si por alguna razón le cabe alguna duda de lo que vamos a hacer. “No hay vuelta atrás y si la hay ya no me interesa”, me contesta resignado. Cierro la carta que le ayudé a escribir para despedirse de todos, evito llorar, pero con los ojos llenos de agua es imposible hacerlo. Me aseguro de que en la mesita de noche están todos los papeles ordenados para cuando llegue la policía.

 

“Llegó la hora amor”. Toma una cucharada, y otra, rápido casi sin pensar. Yo le miro y le acompaño, no le suelto de la mano. Mi amor se va y no estará solo, aprieto su mano con fuerza para que sepa que estaré hasta el final y noto como poco a poco su cuerpo y su cara se relajan. Le acaricio el pelo y me sumerjo en un llanto profundo, junto a su rostro le digo que le amo, que le quiero y el con una voz sutil y relajada me abandona diciendo “Eres el amor de mi vida”.

 

[ Aquí puedes leer cómo Manuel afrontó la decisión ]

 

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