Cueste lo que cueste – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

Querida familia,

Como se suele decir en las películas “Si estáis leyendo esto, es que he muerto”. Nunca me imaginé a mí mismo pronunciando estas palabras, pero aquí estoy, y reconozco que lo hago con una sonrisa de tranquilidad.

Todos conocéis mi enfermedad y lo mucho que me he ido deteriorando hasta no ser ya ni la sombra de quien era. La conocéis porque me habéis visto combatirla a lo largo de estos años, pero yo he convivido con su crueldad a diario, viendo como mi cuerpo se debilitaba y perdía autonomía hasta hacerme completamente dependiente, y reconozco que ya no puedo soportarlo más.

Sé que muchos de vosotros no entenderéis la decisión que he tomado, pero espero que, aun así, la respetéis. Puede que ya no me sienta libre dentro de mi cuerpo, pero me sigue quedando la libertad de disponer de mis actos. Y os puedo asegurar que no lo hago por cobardía, ni por desesperación, sino que es una decisión lúcida, muy meditada, e incluso valiente me atrevería a decir.

Reconozco que vivir es maravilloso, extraordinario, pero también os garantizo que no hay nada más horrible que sentirse muerto en vida. Así que, ante esta tesitura, he elegido dejar de vivir. De la misma manera que siempre defendí que la vida hay que vivirla como uno quiere, ahora reconozco que también debemos ser libres de decidir cuando morir, y poder hacerlo con dignidad. Por eso he optado por ponerle fin a mi sufrimiento, y por eso os escribo, para despedirme.

Os agradezco todos estos años de amor, de dedicación y de cariño que me habéis regalado. No estéis tristes. Me llevo un excelente recuerdo de todos vosotros, y espero haber dejado también en vuestra memoria una bonita huella. Celebrad haberme conocido, porque allá donde esté, yo también estaré celebrando haber formado parte de la vida de todos y cada uno de vosotros.

Me despido, pero no con un adiós, sino con un hasta pronto, porque sé que tarde o temprano nos volveremos a ver.

Os quiere,

Manuel

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Un largo silencio inunda la habitación. Mi mujer, que ha estado transcribiendo todo lo que yo le dictaba, dobla la carta y la deja a los pies de la cama mientras se enjuga las lágrimas. Yo la miro y siento el mayor amor que he sentido jamás. Me doy cuenta de que hay que querer mucho a alguien para acompañarle en un momento como este. Y me da rabia no poder abrazarla como antes, no poder rodearla fuertemente con mis brazos mientras le digo que jamás será consciente de lo muchísimo que la amo. Ella es más de lo que yo nunca hubiera creído merecer, y lo que ha sufrido conmigo, con mi enfermedad, también es más de lo que ella merece. Y por eso esta decisión también la tomo por ella.

Podría decir que estos últimos meses, los que nos han ido acercando al instante de separarnos físicamente para siempre, también han sido los que más nos han unido emocionalmente. Y contar con su apoyo ha sido imprescindible para que yo haya podido llegar a este momento como llego, feliz y seguro de lo que hago. Al principio le costó mucho entenderlo, normal ¿quién puede soportar que su pareja decida ponerle fin a su vida? Pero tras muchas conversaciones, y muchas lágrimas, finalmente accedió a acompañarme a una entrevista con la Asociación Derecho a Morir Dignamente; y poco a poco fue comprendiendo que yo lo tenía claro, que nada me haría cambiar de opinión, y entendió que no era justo pedirme que siguiera viviendo una vida que para mí era una tortura, solo por el miedo que le daba perderme.

Carmen se sienta a mi lado, coge mi mano y la besa casi sin rozarla. No articula palabra, sé que no debe ser fácil decir nada en un momento así, pero su mirada habla por sí sola. Es mi ángel, y yo me siento feliz e infinitamente agradecido de poder sentirla a mi lado, de no tener que morir solo, de saber que ella me acompaña. Miro a la mesilla y, junto a mi testamento vital y el resto de papeles que he dejado ya preparados para evitarle problemas a mi mujer, se encuentra el yogur con el cóctel que me hará sumergirme en un sueño eterno que ya ansío. No tengo miedo al viaje, ni me da pena marcharme, sé que me voy a perder muchas cosas, que no estaré presente, que no las podré disfrutar… pero, sinceramente, encerrado en este cuerpo tampoco hubiera podido hacerlo.

Cojo el yogur. Tomo una cucharada, y otra, y otra, hasta que no queda nada. Ya está hecho. Ya no hay vuelta atrás. Y aunque la hubiera tampoco me interesa. Algunas decisiones hay que afrontarlas hasta el final, por encima del miedo, cueste lo que cueste. Siento como mi cuerpo se relaja. Y por fin dejo de sentir dolor. Es maravilloso poder experimentar esta tranquilidad por última vez. La miro. Ella me acaricia el pelo y llora, y sus lágrimas se juntan con las mías. Me susurra que me quiere, y yo la contesto como puedo. Su cara es la última imagen que quiero ver antes de cerrar los ojos, antes de abandonarme a este sueño profundo. Y poco a poco dejo de respirar y siento que mi cuerpo ya no me ata, que soy libre otra vez, y vuelo. Vuelo sin rumbo, pero sé que allá donde vaya, amor, siempre te esperaré. Y cuando llegues, por fin podré darte ese abrazo que te debo, y en ese abrazo nos fundiremos hasta convertirnos en uno.

 

[ Aquí puedes leer cómo Carmen afrontó la decisión ]

 

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