¿Cómo dices que te llamas? – @DonCorleoneLaws

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Tengo pérdidas de memoria a corto plazo. Es normal -por tanto- que cuando vuelva a verte no me acuerde demasiado bien de ti.

Soy muy observador y, siempre en silencio, escudriño a aquellos que se me ponen delante intentando reconocer en ellos cómo son o cómo fueron hasta justo antes de yo verlos. A veces los noto alegres, a veces tristes, a veces melancólicos y a veces desesperados, y al mirarlos, procuro quedarme con lo mejor de cada cual porque soy consciente de que no todos estamos en nuestro mejor momento durante todo el día. Ni esa persona ni yo tenemos la culpa de que nuestro breve encuentro sea en ese instante, así que lo asumo con naturalidad.

El caso es que, te miro ahí, pensativo, y la verdad es que me suenas de algo.

Creo que nos hemos encontrado otras veces, sí, creo que sí, pero no siempre estás comunicativo. En algunas ocasiones creo me has hablado con lentitud sin esperar respuesta por mi parte y, en otras, simplemente me devolvías la mirada que yo te estaba echando. Sí: algo recuerdo.

Me gustas especialmente cuando estás recién levantado. Ya te ha sonado la radio, te has ciscado en todos los putos políticos de este país, has escuchado con atención la temperatura que sufrirás hoy para elegir el atuendo adecuado, has saludado a tus amigos por los grupos de WhatsApp y a tus ilustres desconocidos de las redes sociales, has vuelto a imaginar cómo sería despertar al lado de esa chica que te mola y a la que sólo aciertas a desearle de forma educada una buena jornada, has contemplado nuevamente tu maduro y vigoroso sexo inhiesto pensando “qué desperdicio matinal”, has oreado la habitación y has hecho la cama, te has estirado como un gato y has puesto la máquina de café a funcionar. Es entonces cuando vienes a visitarme.

Enciendes la luz y vienes a mí con el torso desnudo. Veo en tu rostro el paso del tiempo. Eres un hombre bastante normal, medianamente atractivo y con señales de haber vivido muchas cosas. Tienes los ojos oscuros como el chocolate, los dientes bien alineados y en perfecto estado, el vello facial duro, las cejas enarcadas, los labios tersos y una bonita sonrisa. Me gusta que te despiertes con optimismo, pero sé que, detrás de esa actitud positiva, hay también mucha resignación: me lo cuenta la calidez de tu silenciosa mirada.

Traes el pelo húmedo de la ducha. Casi puedo oler el gel de baño desde esta distancia tan corta. Aún no te has perfumado. Te pasas la mano por la barba con un gesto muy masculino y me susurras a media voz: “mañana tocará, de todos modos hoy no me van a comer a besos”. Yo te entiendo…

Te peinas con tranquilidad, acompañando mecánicamente el movimiento del cepillo azul con tu otra mano, y te lavas los dientes con parsimonia, consciente de que el agua ya estará caliente pero el espresso no comenzará a salir hasta que tú no le des la orden con tu dedo. Te gusta ser el que manda: lo sé. Tienes carácter y lo destilas.

He visto saludarme a muchas personas a lo largo de mi existencia, pero me gusta especialmente que lo hagas tú porque eres cariñoso y es algo extraño en la mayoría de los varones que he tratado: aunque a veces no digas nada, me miras con un magnetismo que me atraviesa y cuando tú mismo te das el “ok” y esbozas una tímida sonrisa, siento como si también estuvieras pidiendo mi aprobación. Y te la doy, claro que te la doy. ¿Por qué no iba a hacerlo?

Vienes a mí a pecho descubierto cada mañana y te muestras como eres sin pedir nada a cambio: piel y huesos. Te veo los hombros anchos y musculados, los brazos robustos y el alma cándida como si fueras un niño atrapado en un cuerpo de adulto al que ya se le va cambiando el color del pelo. El verano te sienta muy bien, y ya tienes bronceado el rostro.

Reconozco en ti cosas de tu padre y de tu madre, aunque cuando ellos me saludan lo hacen de esa otra manera que tienen los ancianos de afrontar la vida: una vida que poco a poco y, con achaques, se les va escapando entre los dedos. Tú eres distinto: aún estás lleno de vitalidad. En plena madurez se te notan las ganas de reír aun cuando has llorado tanto. Te has quitado de encima ya tantos pesos que sólo te quedan ganas de reír. Dicen los cursis que los hombres no lloran: una mierda… tú lloras muy bien, que yo lo he visto. Lloras en silencio. Te resbalan las lágrimas por las mejillas hasta caer al lavabo con la misma quietud con la que llueve en otoño sobre las estatuas y, al rato, las limpias con las manos.

Me gustas tío. No se te ve mala persona. Me gustas por tu abrumadora normalidad y porque vienes a verme lo estrictamente necesario sin darte ninguna importancia: no tienes nada que ver con los Narcisos que pululan por ahí. Eres coqueto en la justa medida. Nada más.

Quizás necesitarías algo más de suerte en la vida: encontrar a alguien que te quisiera con pasión y de verdad, y que te completara sin memeces ni exigencias pueriles. Tú ya no estás para perder el tiempo con demasiadas tonterías. La paciencia se la echas a tu niña, pero los adultos te tienen ya que venir aprendidos de casa. Si lo consiguieras significaría que dejarías de verme, pero sinceramente me alegraría mucho por ti. Eres apasionado, noble y muy educado para los tiempos que corren. A veces te escucho de lejos reír fuerte, dialogar con vehemencia o discutir con los tuyos, pero siempre utilizas argumentos de peso y pides perdón cuando te equivocas. Tan sólo te falta un pellizco de suerte.

Te he visto sangrar en alguna ocasión –nunca nada de gravedad- y sé que aguantas bien el dolor porque eres un luchador nato: tienes una alta capacidad de sufrimiento y eso es un bien escaso en este mundo de blanditos que habéis construido entre todos. Tú también contribuyes a ello cediendo demasiado cuando esa pequeñaja que cambia la expresión de tu rostro te pide alguna cosa delante de mí. Lo he visto con nitidez.

Es curioso lo que podría decir de ti con tan sólo mirarte cada día, sin embargo, mis horas de soledad hacen que resetee la retentiva cada jornada y que ya no me acuerde de casi nada hasta que, mañana, vuelvas a encender la luz y a mirarme. Será nuevamente cuando psicoanalice tus ojos y pueda leer en tu interior quién eres y lo que sueñas cada noche cuando te acuestas en soledad.

Será entonces cuando vuelva a pensar que me suenas de algo, sabiendo que, sin necesitar muchos más datos de ti, me gusta tu fugaz compañía.

Soy un espejo: no se me puede pedir mucho más. ¿Cómo dices que te llamas?…

 

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