Castillos de arena – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Te echo de menos, no podría decir cuánto.

El dolor es tan intenso que siento que en cualquier momento me romperé en mil pedazos. Pero todo sigue, mi corazón aún late y el día sigue fiel a su costumbre de sustituir a la noche en su eterno baile de encuentros fugaces, en los que apenas tienen un instante para reconocerse en la distancia insalvable que los separa. Les envidio, a sol y luna. El universo aún les regala dos efímeras caricias diarias con las que poder retar al eterno olvido.

Te extraño y mis noches son ahora una batalla contra el insomnio y, cuando salgo vencedora, soñarte a veces me hace despertar entre sudores con sabor a hiel de pesadillas y otras con una sonrisa que dura lo poco que tardo en alargar mi mano y no encontrarte a mi lado en la cama.
Ahora, en tu ausencia, el café se ha convertido en el veneno que me mantiene despierta y el orfidal en la panacea que me permite vivirte, ya que, desde que te fuiste, he perdido la capacidad de hacerlo despierta.

Mis días no son mejores que mis noches.
Cada paso que doy tan solo me recuerda que ya no estás conmigo, que no regresarás y yo no volveré a volar sin alas y reír de nuevo sin forzar la mueca que antes fue sonrisa sincera.
Deambulo por inercia entre la multitud de regreso a casa, siguiendo la rutina que me recomiendan para sanar las heridas, perdiéndome entre voces que nunca son la tuya y olores que en ocasiones me recuerdan a ti.

La vida se burla de mí. Altiva y socarrona carcajada la suya al hacerme saber que no soy nada, que todo continúa sin que mi arrastrar de penas detenga el tiempo; y tenaz se empeña en torturarme con la felicidad en rostros ajenos, con sentir cercano el calor que emanan los abrazos entre otros cuerpos y con los rostros sonrojados de quienes reciben un mensaje inesperado o deseado.

Esto es lo que queda de mí, sin ti. Un alma errante que nada anhela, que respira sin suspiros y que abre sus manos vacías para ver que el aire es lo único que se entrelaza con mis dedos.

Llevo horas sentada en esta playa, helada de frío y sin abrigo, del que necesito y me daba la protección de estar entre tus brazos. Está amaneciendo, los tonos naranjas empiezan a sustituir al negro de la noche y el calor de los rayos de sol empieza a acariciar tímidamente mi piel. Mis ojos, aún llenos de lágrimas, se adaptan a la luz, mientras mis manos siguen jugando con la arena ultimando los detalles.

Los he conocido a todos. Me dijeron que no era buena idea, pero lo necesitaba y no me importó violar la ley y usar mi trabajo como medio para acercarme a ellos. No buscaba reconocerte en ellos ni mucho menos un final milagroso de película americana que no tiene cabida en la realidad, uno de esos en los que la chica encuentra el amor de nuevo en otro cuerpo que alberga tu corazón.

Te habrían caído bien, estoy segura.

Tus córneas llegaron a Luis, un chico de trece años de Cádiz. Le encanta el fútbol, como a ti, pero él no es del Madrid y es fan de Messi.
Tus riñones le devolvieron la esperanza a Lucía, madrileña y fan de Pablo Alborán, al que detestas. Tiene una hija preciosa llamada Candela y su marido comparte contigo la manía por el orden.
Tu pulmón derecho es de Miguel, un cariñoso abogado de Asturias que cada domingo hace más de 20 km en bici con sus amigos y adora la música clásica. El izquierdo de Ana, una preciosa aspirante a modelo de largas piernas y dispares sueños, que siempre va descalza y devora aceitunas a todas horas.
El páncreas, de Arturo. Gallego, motero aficionado, tatuado, gran vinícola y que afirma sin pudor que sus mejores momentos son los que disfruta en el sofá viendo dibujos animados con sus gemelos Pablo y Raul.
Tu hígado es de Ismael. Un policía nacional de Soria que hace manualidades en sus horas libres, se disfraza de payaso con la fundación Theodora y nunca come marisco.
Tu corazón, curiosamente, todavía lo tengo cerca. Se llama Minerva y no comparte ni un solo rasgo, detalle o afición contigo. No toma café, no le gusta el queso y cree que leer es una pérdida de tiempo. Nunca ha salido del país, sus sueños en pareja no se asemejan a los nuestros y sus ojos azules no impresionan como lo hacía la intensidad de tus ojos marrones. Desconoce quién es Zimmer, cree que Bernini es un italiano de Gran Hermano y quema todo lo que intenta cocinar.

Para mí era importante saber quiénes eran, ponerles rostro y voz, compartir con ellos mi agonizante tiempo y así despedirme poco a poco de ti en cada encuentro.
No encontré alivio alguno en sus palabras de agradecimiento por donar tus órganos. Tampoco consuelo en sus abrazos, tras decirme que mi marido debió ser una gran persona. No calma mi dolor el brillo de esperanza en sus ojos ni me devuelve la sonrisa la oportunidad de vida que permanece tras tu muerte.

Sigo perdida. El dolor no me concede una tregua y echarte de menos se ha convertido, quizá, en la única manera de seguir teniéndote. Tus manías y rarezas han formado trinchera en mi cabeza, tu delicado tacto sigue reinando en mi piel, tu voz jamás será eco y tu ropa sigue llenando nuestro hogar de tu perfume; tus libros siguen invitándome a leerte y tus vinilos siguen decorando la pared.
Sigo viva, no puedo negarlo, mi cuerpo aún respira y mi alma es la que contigo ha muerto.

Se acerca la hora, la elegida por mí siguiendo otra de tus manías.
Son las 11:00.

Me aferro con fuerza a la urna que contiene tus cenizas, intentando inútilmente que entren dentro de mí y convertirme así en tu última morada, el hogar eterno del amor de mi vida. No entiendo cómo puede albergar un envase tan pequeño a alguien que hizo tan grande mi mundo. 11:03.

Son tantos los sueños que no vamos a poder cumplir, las canciones que no acompañarán nuestros bailes… y la lluvia no volverá a ser testigo de nuestro sexo sobre la tierra mojada. 11:05.

No podré volver a escuchar tu risa nerviosa tras un te amo que escapa travieso de mis labios ni tu aliento llenará de vida mi cuerpo al sentirlo entre sueños sobre mi nuca. 11:07.

Me incorporo torpemente y sin atreverme a separar la urna de mí, negándome a perder el contacto con ella. Incapaz de renunciar a la única zona de mi cuerpo que siente calor, tu calor. Las lágrimas vuelven a llenar mis ojos y la angustia a dirigir con su batuta el ritmo de mi respiración. 11:09.

Te separo de mi vientre para acercarte a mis labios y darte mi último beso, el que jamás pensé darte. Mi mano temblorosa abre la urna y decirte adiós ahoga la voz que intenta salir de mi cuerpo.

– Mi vida , lo siento, no es perfecto. Siempre se me ha dado mal hacerlo sola y no he conseguido que el foso tenga la profundidad adecuada ni coronar las torres con una bandera. Las he dejado olvidadas en el coche junto al caballero y su caballo, y la dama que encuentra el amor tras su rescate.

Son las 11:11, tu hora preferida, y dejo caer las cenizas de la urna sobre la arena.

Me descalzo y susurro un adiós mi vida envuelto en lágrimas desgarradas. Espero, derrotada y sola, a que una ola moje mis pies llevándose tus cenizas, mi alma y mi torpemente construido castillo de arena.

 

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