Calla, canalla – @soy_tumusa

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Aquella mañana se levantó casi a las seis y media, más pensativo que nunca, como sonámbulo, se puso su sudadera favorita, buscó algo en aquel cajón desordenado de su mesita de noche y se lo echó al bolsillo, se ató fuerte los cordones de sus Converse azul marino, una última mirada al espejo para comprobar que todo estaba en su sitio y salió caminando calle abajo, capucha puesta, manos en los bolsillos y mirada perdida.

Caminó durante casi tres largas horas, pensando en lo delicada y marchita que puede convertirse la vida cuando cae, de mala manera, en manos ajenas y convenciéndose a sí mismo de que, a pesar de ser un chico normal, del montón, la suerte jamás le acompañó. Se veía tropezando una y otra vez en esa oscura piedra que encontraba cada día en ese maldito camino. Suspiraba resignado mientras pisaba las hojas del parque y veía como sus zapatillas se iban llenando del color marrón de la tierra, el mismo color, pensaba, del que hace casi seis años se tiñó su corazón.

Sus pasos cansados le conducían al mismo lugar una y otra vez y, allí plantado, como una estatua helenística, observaba sin aliento las largas escaleras que tanto pánico le producía subir, <<Llegó la hora>>.

Enlazó una con otra la hilera de peldaños, pausado, silencioso y  cabizbajo, llegó a aquella puerta inmensa. Antes de entrar ya notaba el frío que bordeaba sus hombros y se metía por sus oídos, produciendo ese escalofrío que le bajaba hasta los pies. <<Llegó la hora>>, se repetía una y otra vez, apretando fuertemente los puños dentro de los bolsillos de su sudadera. Resignado se adentró en aquel lugar que tanto odiaba, pero, esta vez lo miraba de distinta forma, por primera vez en seis años allí se iba a respirar por fin paz.

El pasillo eterno e interminable; arrastraba sus pies mirando el mármol blanco del suelo y, cuando llegó al final y levantó la vista, allí esperaba él, con esa sonrisa lasciva, observó como emocionado cogió su infantil mano y le llevó a aquella oscura habitación llena de silencio y rabia. Cabizbajo, se dejaba acariciar sus cabellos y sus hombros sin mediar palabra, mientras apretaba fuerte sus puños dentro de los bolsillos de su sudadera favorita.

Medio desnudo, tembloroso y sin dejar de mirar el frío suelo de mármol, se dejaba besar su blanca y suave piel. Besos con sabor a rancio. Aquellas manos arrugadas que tanto odiaba y que cubrían parte de su cuerpo manoseaban su delicado e inocente pene y su diminuto culo, mientras, asustado, como siempre, se limitaba a cerrar los ojos y a dejarse hacer intentando contener las lágrimas mientras veía avergonzado cómo poco a poco perdía su niñez.

Entre suspiros compungidos le obligó a arrodillarse, a observar ese cuerpo blanquecino, viejo y arrugado por los años. Observaba con desprecio su cara placentera, mientras resignado cogía ese pene erecto dispuesto a introducirlo en su diminuta boca, pero, de repente, aquel niño de 14 años, se quedó fijamente mirándolo, en sus ojos la ira y la rabia contenían cualquier halo de respiración. Apretó fuerte el puño que guardaba en el bolsillo de su sudadera  y, con un gesto feroz, deslizó el cuchillo que había cogido del cajón de la mesita de noche y que llevaba apretando todo el camino y, sujetando su pene, lo cortó. El alarido que le siguió retumbó condenadamente en todas las paredes de aquella iglesia. La sangre roja, caliente, hervía y cubría sus manos y su cuerpo, les rodeaba a ambos en un tremendo charco que parecía extenderse más y más por aquella silenciosa habitación. El párroco se desplomó sobre sus rodillas apresadas por el intenso dolor y el pánico.

– ¿Pero qué has hecho, desgraciado?

– ¡Calla, canalla! – Gritó él-. ¡Ya no volverás a tocarme con tus sucias manos, ni en mi boca volverá a introducirse tu polla calenturienta.

– ¡Por Dios, ten piedad de mí!

– ¡Calla, canalla!,  ¡Cállate, maldito canalla!.

El grito que se oyó poco después inundó la capilla, seco, mudo…

Sin pensar, levantó aquel cuchillo y lo clavó cual estaca, como alma que lleva el diablo, retorciéndolo y asegurándose de que jamás volviera a latir sobre el pecho de aquel hombre. Fueron seis veces al grito de “calla, canalla” las que clavó su filo, hasta que la sangre, que brotaba a borbotones, inundó el suelo de aquella oscura habitación. De repente, levantó la vista. De rodillas, sobre el cuerpo inerte de su verdugo, respiró profundamente y sintió, por primera vez en años en aquel lugar, lo que era realmente sentir paz.

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