Bondage – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

Han pasado cinco años de aquel primer beso en el coche, una noche del verano que se acababa. Durante cinco años, que se dice rápido y pasan todavía más rápido, se han ido encontrando, de forma esporádica. No en fechas precisas y horas concretas, no con periodicidad establecida, sino según el instante. Pueden ser dos veces en una semana como una vez en dos meses. Pueden no comunicarse en días como no parar de escribirse durante temporadas.

La reciprocidad es casi perfecta. Ninguno de los dos nunca quiere ir más allá de aquellos encuentros, no hay amor posible ni planteamiento de futuro. Todo es el instante. Analizar cómo se conocieron carece de sentido, visitar sus vidas sería absurdo. Solo comentar que es una relación de chispazos, y el chispazo acaba saltando, siendo inevitable, cuando frotas cerca de la yesca el pedernal con el eslabón. Ninguno de los dos puede poner de excusa aquello de “no pude evitarlo”, como hizo Valmont, ni decir lo otro de “sucedió sin más”, pues fue buscado y provocado. A lo largo de estos cinco años, ambos han tenido parejas y se han separado y han vuelto a tener parejas y han vuelto a separarse, nada lo ha interrumpido ni cortado salvo esos periodos de silencio que se rompen, hasta que dejen de hacerlo. Ambos quieren exactamente lo mismo, y esa es la reciprocidad perfecta.

Las primeras veces, torpes y miedosas, no impidieron segundas veces. Cada vez en un sitio distinto, en horas distintas dentro de sus posibilidades, siguiendo una rutina contra rutina, escalando la cima pero asegurando el arnés. No hay que caer, simplemente seguir subiendo hasta que deje de ser divertido. Ningún juego debe ser jugado cuando la diversión se agota. Nunca se dan preguntas íntimas o incómodas, ni tampoco presiones. Se puede cuando se quiere y se quiere siempre que se puede.

No han contado cuantas veces se han visto, cuantas se han follado, cuantas se han quedado en cómodos silencios, desnudos sobre la cama.

La rutina contra rutina consiste en quedar por mensajes de móvil que siempre borran al instante, jamás se han llamado, con una semana de antelación o solo unos días; el primero que llega al hotel, hoteles baratos pero no cutres, de pueblos satélite de ciudades grandes, reserva, sube y envía un mensaje conciso. Cuando el otro llega, picando con suavidad la puerta, ponen el cartel de No Molestar, se saludan y se besan, se desnudan el uno al otro, dejando caer breves comentarios del tipo “ahora hacía tiempo” o “se me acumulaban las ganas”. Pues eso suele suceder. Si pasan tiempo sin decirse nada, a ambos les entra una especie de mono, y durante días, casi siempre pues raramente pueden encontrar huecos al instante, negocian el cuándo y cómo, y por turnos uno de los dos busca el dónde, generando una tensión parecida a la que debe de sentir el yonqui mientras camina hacia su camello y sintiendo, como debe de sentir éste, que puede evitarlo pero que no quiere, o que quiere pero no puede, pues ya no sabe distinguirlo. Sus besos no son de devorarse la boca, de lenguas ansiosas golpeándose, sino que tiene una suavidad apresurada, unas ganas que no explotan pero se van soltando con medida. Follan sin prisas, asegurándose que el otro se lo pasa tan bien como uno, recorriendo los cuerpos, espeleólogos que vuelven a la cueva que tanto les gustó para conocerla mejor, para encontrar ese rincón que, la otra vez, jurarían que no estaba. A medida que se han ido viendo, han ido descubriendo la mejor manera de pasárselo, se liberan más de los tabús y disfrutan más del peligro de cada avance. Cuando acaban la primera vez, se quedaban quietos sobre la cama, raramente intercambiaban más que algunas risas y algunos comentarios. Luego, ya despojados de la necesidad de consumirse, pasan a una segunda sesión más larga y más intensa.

¿Has traído el pañuelo? –pregunta ella aquella noche, después del descanso.

No –responde él.

Ella sonríe torciendo la boca, saca de la bolsa dos pañuelos finos y le pregunta qué prefiere, si él primero o ella primero. Responde que él. Ella le tumba en la cama y poniendo sus pechos a la altura de sus labios le ata las manos al cabezal de la cama sin apretar demasiado, por encima de la cabeza, y luego le venda los ojos.

Él queda a oscuras, una oscuridad algo rojiza pues el pañuelo es rojo y siempre lo hacen con la luz encendida, la más sutil que haya. Nota que el cuerpo de ella se desplaza a un lado y al instante la siente respirar en su oído al tiempo que sus dedos delgados y algo fríos empiezan a pasear por el pecho, rodeando los pezones, como gotas de agua siguiendo la inercia de la gravedad, bajando hasta el vientre. Ella le muerde el lóbulo cuando la mano se aferra al miembro erecto. Deja de oírla, se mueve sin soltarle el sexo, se sienta encima de sus costillas, poniendo su culo a la altura de la barbilla, las nalgas haciendo de cojín, y comienza una lenta felación, delicada y meticulosa. En un intento vano, él prueba de acercar la lengua al sexo húmedo de ella, pero no llega y al no poder bajar los brazos por tener las manos atadas, se contenta con morderle el culo, besarlo, aplastar su rostro cubierto contra la carne blanda. Se arrepiente por un instante muy corto de estar sujeto, quiere tocarla, quiere verla. La felación se intensifica y deja de pensar en eso.

Voy a correrme –dice.

Ni hablar –responde ella, que le conoce, y sabe que dos veces prácticamente seguidas sí, pero tres ya no podrá, necesitarían un descanso demasiado largo que ninguno puede permitirse.

La boca se separa de la polla y la mano la suelta. Silencio de nuevo. Ella acerca el culo a su cara, él nota el coño caliente y alza la cabeza y alarga el cuello para introducirle la lengua. Ella se agita, se remueve, le asfixia, gime y se para. Se gira, sentada sobre su tórax y sube hasta sentarse encima de su rostro, ahora ella queda mirando a la pared, con el sexo húmedo y palpitante buscando ser complacido. Se mueve con cierta brusquedad, forzándole a respirar con energía por la nariz, toda la boca ocupada en buscarle un orgasmo, él la conoce y sabe que puede tener unos cuantos en un solo acto sexual. Ella se corre, el fluido vaginal resbala por su barbilla cuando ella aprieta más, se contrae y, finalmente, se relaja. Y ríe. Siempre ríe después del orgasmo, es algo que a él le intriga y le encanta. Le ha preguntado varias veces que como es eso y ella no lo sabe, simplemente se ríe. Luego se desplaza hacia abajo, le besa con energía, se entretiene un rato jugando con sus labios y con su lengua, se saborean. Esos labios bajan por el cuello, besan los hombros, se separan. Un instante de silencio y oscuridad rojiza.

Pone el pezón de uno de sus pechos entre los labios de él, entreabiertos, respirando. Luego lo separa, vuelve, se aleja, vuelve y se queda. Primero un pecho y luego el otro pasan por el taste de la lengua de él, esos pechos más bien pequeños. Cuando de nuevo le priva de ellos, se produce un silencio más largo. En su oscuridad, él la imagina mirándole. Una de sus manos vuelve a cogerle el falo y lo acaricia, mueve la piel, palpa el prepucio, recoge los testículos, acaricia más, con lentitud exasperante, él se tensa, quiere más y a la vez espera que esto dure mucho tiempo. Tiempo que ninguno puede permitirse.

¿Quieres correrte así? –pregunta ella.

No –responde él, que se conoce, y sabe que hoy ya no habrá tiempo para más–. Te toca.

La mujer le desata las manos, le quita la venda de los ojos y le besa otra vez. El hombre se levanta y le dice que haga lo mismo. Obedece. Junta sus manos detrás de la espalda y anuda el pañuelo intentando que no duela pero que tampoco se suelte fácilmente. Como él, ella se sumerge después en una oscuridad de color, y se deja envolver por el silencio de sus respiraciones. Él la observa unos segundos. Ninguno tiene cuerpo perfecto, podrían buscarse mil defectos y aun así se atraerían. A veces la química ocurre y punto, buscarle explicación hace que la lógica quite todo la gracia. Desde la primera vez que se vieron, incluso antes de verse, supieron que ocurriría algo, como los pájaros intuyen que la naturaleza se rebela. Costó camino entender que no querían evitarse, el camino de romper algunas normas impuestas y de quebrar algunas cadenas propias que, una vez rotas, es imposible reconstruir. Por su memoria pasan los momentos vividos y entonces, por sus manos, con precisión, pasa su cuerpo, acaricia sus piernas, sus glúteos, su espalda, su cuello, su pelo, su rostro, sus pechos, su vientre, su vello púbico. Acerca su cuerpo para que las pieles se frieguen y la besa, ella se deja hacer igual que él hace unos segundos que, en realidad, ya son minutos. Ambas manos lo palpan todo otra vez, ya no como caricia sino como agarre. Sus dedos se detienen separando el clítoris que vuelve a pedir a gritos que lo satisfagan. Acerca la boca al cuello y lo lame mientras introduce primero el corazón y luego también el índice en ella, que gimotea. Se dedica a pasar por su taste toda su piel a la vez que la masturba, puede ver que sus pezones cada vez están más duros y que se le eriza la piel, que sus piernas inducen a un flaqueo momentáneo, pero no la deja acabar. Presiona sobre su hombro derecho y la hace arrodillarse, la mira abrir la boca a ciegas y de la misma forma que ella jugó con los pechos acariciando sus labios, él lo hace con su miembro, lo pasea por la boca y luego, agarrando la cabeza en la que se ha recogido el pelo con una goma, le introduce la polla dentro y la hace moverse sin poder evitar suspiros de aquellos que solo salen en estos momentos. Siente un poder extraño que se combina con cierto temor, la voluntad de fuerza con la duda de si le gusta. Todo indica que sí pues ella se presta al juego y cuando él ve que no aguantará mucho más, la separa, la hace levantarse, la pone de espaldas a él, la hace reclinarse ligeramente sobre el mueble bar donde un televisor apagado hace de testigo mudo y ciego. Se pone un condón. Comprueba con los dedos que ella sigue húmeda, vuelve a masturbarla y se da cuenta que ella tampoco tardará en correrse de nuevo. La mujer busca un punto de apoyo y él la ayuda a poner las manos sobre la pared empapelada y luego la reclina de nuevo y la penetra. El cuerpo arqueado con los antebrazos sujetándola en el muro y los ojos vendados, la tensión de sus músculos por la excitación y el equilibrio, el movimiento sinuoso de las nalgas cada vez que él entra, con lentitud, para sentir el placer centímetro a centímetro, fracción de segundo a fracción de segundo. Ella tiene otro orgasmo y entonces él se detiene a observar como ríe ligeramente y suelta un “joder” y un bufido. Entonces él ya no la penetra, la embiste, las caderas provocando ondas en el culo que se le antoja perfecto, una mano en la cintura y la otra bajando y subiendo por la espalda y parándose en los pechos que se balancean con sus movimientos bruscos. La respiración de él también se acelera, y se corre. No recuerda un polvo como ese con ella, de sensaciones y de intensidad, de ganas de disfrutarse el uno al otro, de libertad de todo tipo de dudas y consciencias.

La desata y se sientan en la cama. Se besan. Los ojos ya dicen que ha sido una experiencia más que positiva y que ojalá el tiempo no apremiara, ojalá el poder de detener el reloj y continuar con el mundo parado. Pero quizá, piensan ambos sin decirlo, eso haría que todo fuera diferente y esto es lo que buscaban, no lo otro, y lo que han encontrado. Ella se ducha primero mientras él comprueba los mensajes en el móvil. Luego se ducha él mientras ella hace lo propio. Se visten, ella bromea diciendo que todavía le tiemblan las piernas y él asegura que mañana tendrá agujetas. Se besan antes de abrir la puerta de la habitación, habiendo comprobado dos veces que no olvidan nada. Bajan en silencio por el ascensor y se escabullen por la puerta principal. En el aparcamiento de coches, a esas horas de la madrugada, no queda nadie. Vuelven a besarse y se dicen: hasta la próxima. Pero no habrá próxima vez, aunque ninguno de los dos lo sabe todavía.

 

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