Bisisesto – @Patryms

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Nunca se iba el primero, pero aquella noche al dar las doce, se había despedido y se había marchado directo a la cama. Gran error. Acostarse estaba siendo una guerra entre el duermevela, la fase Rem y el despeinado de almohada. Se encontraba raro. No sabía qué hora era, tan oscuro fuera y dentro de la habitación que podía haber pasado solo una hora desde que se acostó o dos días.

“Será que es bisiesto”, dijo al poner los pies en el suelo. Un vaquero, una camiseta, y la confirmación en el espejo de que la almohada le había ganado en aquello de ver quién despeinaba a quien.

Bajó la escalera de caracol. Le hacía gracia vivir encima de un bar, y que de su puerta a la barra solo hubiese doce metros, catorce escalones empinados y una espiral. El reloj de campana que Marta tenía al lado de la cafetera marcaba casi las cinco cuando la encendió.

Hacía cuatro años que se había despertado en aquel otro piso del que siempre llevaba las llaves en el bolsillo y que hacía tres años, once meses, tres semanas y seis días que no había vuelto a abrir.

Cuatro años de aquel despertar desnudo, sin saber quién era, dónde estaba ni por qué.

Su primer vistazo lo colocó en una habitación espaciosa, sin muchos muebles, con un gran armario, un espejo de cuerpo entero, una cámara, una televisión, un viejo vídeo vhs y un montón de cajas numeradas. Dentro del armario había ropa de hombre de distintas épocas y tres bolsas de deporte llenas de dinero. Algunas cintas de vídeo, quince pares de zapatos y tres sombreros.

Al lado de la puerta de la habitación una papelera metálica con papeles y restos de plástico quemados y un pequeño escritorio con un bloc de notas abierto y una pluma:

“Decide quién serás. C/Murcia, polígono industrial Oz, nave 4. Busca a Jorge.”

En aquella nave le había recibido un hombre que bien podía ser su padre. Se le acercó con media sonrisa y le hizo pasar a su despacho.

_ ¿Nombre? – le preguntó mientras lo sentaba en un taburete delante de un inmenso paraguas blanco y le hacia una foto.

_ Abel – se le ocurrió contestar sin haberlo pensado mucho.

_ Vuelve dentro de dos días, lo tendrás todo listo.

A las cuarenta y ocho horas aquel tal Jorge le había entregado un sobre marrón con un DNI con su foto, un pasaporte, la que parecía la llave de una taquilla con la dirección de un almacén cercano, otra media sonrisa y ninguna explicación.

Seis días. Seis días había pasado en ese pequeño piso sin que le diera el aire o el sol, leyendo y revisando todo lo que encontró en las cajas de la habitación, viendo los vídeos del armario, negando con la cabeza, haciendo un esfuerzo por recordar no sabía qué, alimentándose de lo que encontró en una nevera extrañamente llena y revisando cada milímetro de su cuerpo frente al espejo.

La tarde del décimo día, sin saber si declararse a sí mismo amnésico, loco o muerto, salió y se metió en el primer bar que encontró. Raro decir que era el primero después de dos horas andando sin rumbo. “Los círculos de Dante”, ponía en un pequeño cartel luminoso encima de la puerta en forma de arco, abierta directamente a unas escaleras de terrazo verde oscuro.

Le había hecho gracia el nombre. Y más gracia no saber quién era pero si entender el cartel como un guiño para él, un mal chiste.

Marta estaba detrás de la barra, sola, de espaldas. Aunque su presencia llenaba todo aquel sótano vacío y sus más de sesenta años no desentonaban con un espacio peligrosamente amplio para estar bajo suelo.

– Póngame una copay no me pregunte cual porque no tengo ni idea… terminó para sí mismo la frase.

Al girarse, Marta había dejado ver un entallado escote y una amplia sonrisa. No… aquella mujer no era de cosas a medias. Se dio cuenta cuando le llenó el tercer bourbon sin preguntar y clavando sus ojos verdes le había dicho: «Si quieres un sitio donde quedarte y algo que hacer, empiezas esta noche. Dúchate, recoge tus cosas si es que las tienes allá donde estés, y espérame en la puerta a las diez.»

Después de esa frase y sin probar la copa, había vuelto al piso haciendo todo lo que Marta le había dicho. Se duchó, cogió una de las bolsas de viaje, vació la mitad del dinero en el armario, la llenó de los cuatro trapos que pensó que le estarían bien y cerró con dos vueltas de llave. “No me seáis hijos de puta”, murmuró echando un vistazo al pasillo. Y esa fue su despedida. A las diez y media aquella noche tenía un trabajo de camarero y un nuevo refugio encima del infierno.

Cuatro años hacía de todo aquello. Bueno no, cuatro no, tres años, once meses y tres semanas.

El primero, un año sin preguntas ni  respuestas. Bajaba al bar cada noche y usualmente subía al cerrar, restregando más que pisando los escalones con las manos puestas día sí día no en alguna cintura. Nunca la misma más de tres noches seguidas. Sólo había habido una chica con la que se había saltado esa regla. Zaida. Una joven aspirante a profesora que después de dos meses contándole sus sueños tras deshacer su cama y deshacerse entre sus dedos, se había encontrado el pomo de la puerta haciendo de perchero de unas bragas que no eran suyas. Todavía no sabe darle respuesta a aquella voz joven que le dijo “no sigas” la última mañana que vio al sol entrar a juguetear con las curvas del culo de Zaida.

El segundo, el año de las preguntas sin respuesta. El de los viajes con aquel pasaporte del que casi se había olvidado, el de la nocturnidad con Marta y sus mil lecciones de vida con ningún consejo.

El tercero, el año de las respuestas sin pregunta. El año de transcribir y describir cada día y cada noche en esa libreta que había venido del piso donde despertó y que había caído de la bolsa de viaje en la limpieza de polvo y karma de cada dos de enero.

Los once meses de vivir, y las tres semanas de recordar, recoger y volverse a preguntar.

Eran las seis de la mañana cuando Marta apareció.

_ ¿Qué vas a hacer, Abel? – esos fueron sus buenos días. – ¡Oh, vamos! – sonrió – ¿Necesitas que algo te confirme que tu palpito es real? Tienes que volver, como siempre. Hoy tienes que prepararte para mañana, preparar al que viene para lo que le viene y solo tú puedes hacerlo. Y tienes que dejarlo todo como te lo encontraste. No eres tú quien decide, ya no es tu tiempo. Tu yo de mañana, necesita que lo cuides.

_ Marta ¿de que estas hablando?

_ La primera vez que entré detrás de esta barra me puse fecha de salida antes de coger un vaso. Era 1968 y yo una estudiante de derecho de 19 años, que aspiraba a instruir grandes casos en poco más de cuatro o seis años. Y tú, o tu yo de 1968, un hombre entre los veintialgo o treinta y pocos, como ahora, que llevaba un mes más que yo en esta barra.  No te voy a contar lo que tardamos en casi matarnos desnudándonos al subir por esas escaleras que cada día recorres. Tres años, Abel, tres años de nocturnidad sin cansancio, de conocer mundo moviéndonos o no del sitio, de despertarme cada día viéndote con la mirada perdida al fondo de la ventana o divagando sobre una libreta con las tapas de piel como, apuesto, la misma que  has dejado hoy encima de la cama al lado de tu bolsa de viaje. Y once meses. Once meses de sombras, de distancia mental, de rencor con el tiempo, de besos y perdones, de promesas en silencio, sexo enfurecido, amor eterno y remordimiento.

Tú yo de 1968 me llevó en febrero de 1972 a un piso perfectamente ordenado y sucio por el olvido, lleno de supervivencia y vacío de vida. Lleno de cajas numeradas y de vídeos viejos, de ropa pasada de moda, ajada y sin estrenar y de una historia increíble que te niegas a aceptar. Estuve dos semanas leyendo agendas, blocs de notas y libretas de cuero que databan de 1904.  Las primeras… llenas de histeria. Después, algunas más racionales, incrédulas, espirituales, rencorosas, alucinadas. Vi, te vi, con distinto rostro y nombre cambiado contar vídeo tras vídeo la misma historia. A veces dando consejos, otras odiando a quien no recordabas, y abandonando a quien le hablabas y que no conocerías…

Claro que no parecías tú, nunca pareces tú de un vídeo a otro, de un bisiesto a otro. Ni te acuerdas, tampoco. Has pasado por todos los estados, Abel, por todos. ¿Quién iba a creerse que tu yo de 1903, aquel joven universitario burgués se metió con el tótem que no debía en el poblado gitano que estudiaba?

Tu inmortalidad, o lo que sea esto, es una maldición porque nunca te ha dejado aprender de ella. Luchar contra lo que es lo has considerado tan importante que te has olvidado de vivir, siendo lo único que te queda.

De mí, te diré que salí de un portazo de ese piso que se abre con las llaves que llevas en el bolsillo y lloré del 26 de febrero al 8 de marzo de 1972 mientras clavaba las uñas en la barra de aquel bar en el que nos conocimos, nos enamoramos y que habíamos comprado un año antes. Tardé ocho años en volver a verte y… esos ocho o doce en reconocerte. No siempre que renaces vienes, pero cada dos o tres despertares, te pasas y me miras perdido como si de algún modo al fondo estuviera ahogándose mi amor de 1968. Creo que puedo darme el lujo de ser yo la que te enseñó a ser un tritón después de tanto naufragio. Creo que fue mi culpa, y me alegro, que aunque no recuerdes nada, hayas aprendido y no sé de que modo que todas las veces morirás de lo mismo. Arrojado, atropellado, abandonado o envenenado en un cruce de miradas. Todas y cada una de las veces. Siempre repites en pasar de la estrella al estrellato, estrellándote antes de acostarte, o después de hacerlo demasiadas veces con la misma pobre yo que toque ese año.

Creo que después de muchos bisiestos, puedo sonreírte y quererte viendo al hombre del que me enamoré que ya no existe, que no me recuerda, que no es el mismo, pero que convive con esta maldición sin miedo a perder y por el placer de vivir. Esta aventura que tanto has documentado como para atormentarte y quitarle la sorpresa a vivir. Al fin y al cabo, Abel, tú no haces otra cosa que vivir. Desde 1904, cada bisiesto, renaces, sin recordar tu yo anterior, sin envejecer, sin ser el mismo… Cambias físicamente y tu mente se vacía para empezar a ser lo que quieras ser. Para ser con la boca llena, con el corazón libre y las manos limpias… por eso tu mente también empieza así.

Ya ha salido el sol, así que coge esas llaves y vete. Prepara la nevera y la habitación, respira, graba y explícate lo que tendrás que hacer mañana. Reordena las cajas de tu historia y reza porque los próximos cuatro años sean tan maravillosos como estos cuatro y no te dediques a buscar, sino a encontrar. No nos vamos a ver más, querido, para cuando digas de volver, mis caderas llevaran más bisiestos encima de los que recordaremos…

Abel se levantó llorando, salto la barra y beso a aquella mujer abrazándola con fuerza hasta que la oyó gemir.

Y anduvo dos horas hasta llegar a aquel piso tres años, once meses, tres semanas y seis días después… Y sin saber qué contarse.

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