Barba de tres días – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Con la barba de tres días y hecho una calamidad por el temporal. Así llegó a mi puerta aquella noche. Llevaba mucho tiempo esperando este encuentro, deseándolo y, por fin, al abrir la puerta nuestros ojos se encontraron y no hicieron falta palabras para que él siguiera mis pasos hacia el interior de mi piso.

El salón estaba en penumbra y el desorden de libros y papeles por el suelo llamaron su atención y, quizá, solo fue el detonante para empezar a hablar:

– ¿Sabes que cualquiera te tomaría por loca solo por el caos que tienes aquí?

No le respondo, me conoce demasiado y cualquier tontería que le diga la conocerá de antemano. Le observo. No ha cambiado nada desde nuestro primer encuentro, sigue siendo la criatura más hermosa que he visto nunca. Sus ojos marrones parecen contener el fuego de mil infiernos y son el único signo de dureza en un rostro tan cruel como bello. Sonríe, consciente del efecto que tiene sobre mí, y yo suspiro dejándome caer en el sofá como si me resultase insoportable mantener el peso de mi propio cuerpo.

– No te pongas muy cómoda. Partiremos enseguida.

Lo sé, sé que no tardaremos en abandonar este piso y miro a mi alrededor despidiéndome de todas y cada una de las cosas que no voy a poder llevar conmigo y tengo la certeza de que no las echaré de menos. Pasarán los días, quizá semanas y meses, antes de que alguien me eche de menos y aquí, en este espacio que ocupo, pero no hábito, las tazas de café que colecciono seguirán acumulando polvo, los libros se llenarán de olvido y se hará silencio la música de cada uno de los vinilos. Qué coño, me merezco una última copa antes de marcharnos y me incorporo con gesto firme del sofá para servir mi mejor y única botella de vino en dos horribles tazas de Star Wars. No le pregunto si quiere, me limito a acercarme a él y alargarle la taza sin mediar palabra. Se ríe a carcajadas y es comprensible… Pero me alejo de él bebiendo a partes iguales de la taza y la botella.

– No dejas de sorprenderme. Solo tú serías capaz de servir un caldo tan exquisito en tazas de desayuno… Sublime, pequeña.

Sorprenderle dice… Maldito cabrón engreído y prepotente.

– Lo siento, vendí la vajilla buena para seguir persiguiendo mis utopías. ¿Hablamos antes de irnos? Nunca me ha gustado iniciar un viaje sin tenerlo todo claro.

Ahora es él quien no dice nada y con gesto burlón acerca la taza a su boca apurando hasta la última gota y, tras darle fin, la deposita con delicadeza sobre la pila de libros que luchan por mantener el equilibrio sobre la mesa. Adoro verle andar hacia mí. Sus pasos son firmes, seguros, llenos de una mezcla de sexualidad y prepotencia que pone mis pezones duros y no me tomo la molestia de disimularlo. Se sienta frente a mí, en la única silla que tengo, con la postura que solo adoptaría una persona tan segura de sí misma que le importa un carajo lo que piense el resto.

– Dime, ¿de qué quieres que hablemos? Te concedo diez minutos.

– ¿No pueden ser trece? Sabes que odio los números pares y, ya que pareces dispuesto a concederme caprichos regálame este.

De nuevo su carcajada rompe el silencio de la noche y no necesito que diga nada para saber que por una vez es él quien cede.

– No necesito hablar de nada en concreto. Solo quería decirte que hace mucho que sueño con verte de nuevo. Es más, diría sin ninguna duda que he anhelado cada día volver a tenerte enfrente. Sé que has estado cerca, te sentía de algún modo extraño. Sé que has observado mis pasos a una distancia prudencial y que has visto cada una de mis caídas y mis inútiles intentos por remontar.

– No te equivocas, pequeña…

– Lo sé, sé que no me equivoco y por eso tengo la certeza de que todo esto ha sido un juego más para ti. ¿Crees que no me he dado cuenta de que tan solo me estabas concediendo una tregua? No soy tan tonta, querido; sé que querías que me convenciera de que podría hacerlo, que cumpliría mis sueños. Me has dejado conocerle, amarle y seguro que has disfrutado viendo cómo su pérdida me iba devorando por dentro hasta convertirme en la sombra que ahora soy.

– Date prisa, ya has malgastado cuatro minutos.

Miro su rostro impasible. No se mueve, apenas pestañea y el único sentimiento que percibo proviene del fuego de sus ojos.

– No me importa, me siguen quedando nueve y quizá hasta me sobren. Sé que has retrasado este encuentro tanto como has podido, haciendo caso omiso a mis continuas llamadas e intentos de verte. Sé que me has salvado cuando no tenía esperanza alguna y que has llenado de vida mi cuerpo para continuar la agonía.

Sonríe, cínicamente, como no podría ser de otro modo, llenando sus mejillas de un rojo que no es ira.

– Qué tonta he sido… Siempre he pensado que lo único que querías era vengarte de mí por no marcharme contigo. Que cada dolor que yo sufría era placer para ti… Pero ahora veo claro que no es eso lo que estaba pasando.

– Cinco minutos. Ni uno más.

– Me sobran dos. No me odias, me necesitas. Soy tu última esperanza.

Su cara ya no es dulce y el fuego de sus ojos parece devorar la dulzura de su rostro poco a poco y, para mí, es una señal clara de que estoy en lo cierto.

– Soy tu última esperanza para creer en el ser humano, para seguir confiando. Gracias a mí ves que luchando se consiguen sueños, que amar es el mayor regalo que poseemos y que cada sonrisa que provocamos es un bálsamo para los daños. Has reído con mis risas y llorado con cada desconsuelo, has hecho tuyos mis dolores y disfrutado de cada abrazo. Yo… te hago humano.

Alzo la vista. La piel ha desaparecido dejando al descubierto la blancura de los huesos de su cara y su sonrisa cínica ha cedido el paso al dolor. Me mira, aterrado a pesar de que la que debería temblar de miedo soy yo y, decidida, camino hacia él para abrazarlo.

– Hazlo, por favor, me lo he ganado. He luchado cada día, lo he intentado. Ya no puedo más y me merezco que te compadezcas de mí y des descanso a mi alma.

Las lágrimas surcan mi rostro y sus huesudos dedos acarician mis mejillas con una dulzura infinita. Me mira fijamente, esperando encontrar en mis ojos un atisbo de esperanza, de lucha, y su rostro se endurece al comprobar que no existe posibilidad alguna.

– Bésame, te lo ruego.

Y, por fin, sus labios fríos se posan en los míos poniéndole fin a toda una vida llena de alegrías y sufrimientos.

 

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