Asalvajados – @asier_triguero

Asier Triguero @asier_triguero, krakens y sirenas, Perspectivas

Era verano y también una época sin tecnología al alcance de la mano. Nos bastaba con tener(nos). Nuestras manos y la piel y las piedras y la hierba sobre la que nos tumbábamos a experimentar la adolescencia. El tacto era la mejor forma de conocer(nos).

Las películas o los libros o las redes sociales que aún no existían no nos habían enseñado lo que era el freno del amor. Estábamos asalvajados y sometidos a nuestro instinto; la vida reducida al picor de la atracción puramente animal. Bajo la absoluta carencia de pudor, todo, por muchas veces que lo repitiéramos, tenía el sello genuino de la primera vez.

Y cómo nos gustaba repetir ciertas cosas…

Éramos dos chicos y una chica, pero daba igual. Llegados a un punto todo es piel. Eran veranos llenos de campas desoladas, calas solitarias y la calidez de un mar susurrante sobre la carne al desnudo. Nos despertábamos muy temprano al grito de las ganas, nos encontrábamos en la esquina de siempre y volvíamos muy tarde, casi rozando la medianoche, a la prisión de nuestra casa con la mirada de los que regresan de Vietnam: observando algo tras la cabeza de nuestros padres.

Nuestra fantasía favorita durante el exilio diario era muy sencilla: no tener que regresar jamás, quedarnos para siempre los tres en alguno de los lugares que descubríamos, alimentándonos de lo que la naturaleza se dignase a regalarnos.

Un día lo hicimos, y el final del verano tuvo la culpa.

Aguantamos bastante, cuatro o cinco días, tal vez más. Perdimos la ropa muy pronto; se la llevó la marea. Comimos peces y crustáceos y raíces dulces. Caía un precioso atardecer sobre nuestra playa cuando llegó una lancha de la policía al recibidor de casa, la orilla. Estábamos durmiendo la siesta abrazados y desnudos tras habernos apropiado de la carne del otro. Las manos de él tenían su propia puesta de sol. El muslo derecho de ella lo sentía como si fuese el mío. Recuerdo que cuando le rascaba las picaduras de mosquito ambos temblábamos de placer descubriendo nuestro cuerpo. De la lancha se bajaron dos policías, acompañados de la madre de ella y el padre de él. No entendíamos qué pasaba. Los policías hablaban por una radio que sonaba como los pájaros que trinaban al amanecer mientras nos lanzaban rayos de desprecio con los ojos. ¿Cómo osaba alguien a mirar de esa forma el lunar que tenías junto al ombligo? A mí me llevaron los agentes a casa tras cubrirme con una manta que no me comprendía. Ellos se quedaron con sus padres. No nos volvimos a ver.

Supongo que a ellos, al igual que a mí, les intentaron corromper el estado salvaje hablándoles de pudor, vergüenza, intimidad y demás cosas de mayores.

El otro día en la oficina me encargaron una cuenta publicitaria cuyo imagotipo se asemejaba a los ojos de una pantera escondidos entre la maleza. De pronto la corbata me apretó mucho y descubrí que aún incubo con bastante fuerza a aquellos que fuimos aquel verano: asalvajados.

Si leéis esto, allá donde estéis, en cualquier momento, gritad fuerte por la ventana a las doce de la mañana, que yo me asomo a hacer lo mismo todos los días.

 

Visita el perfil de @asier_triguero