Arenas movedizas – @reinaamora

Reinamora @reinaamora, krakens y sirenas, Perspectivas

¿Cómo explicar el nerviosismo provocado por unas letras?. Vagabundo entre la frontera del no se debe y el tal vez. No existen tal vez cuando se trata de mundo interior. Siempre embrujados por el mismo hechizo, con distintas letras, diferentes nombres. Y sin embargo los protagonistas son los mismos.

Vida tras vida, buscando pasos desiguales y quebradas preguntas. ¿En qué punto coinciden lo efímero y lo eterno? El peaje siempre estuvo a cargo de una mirada de cobre. ¿Cómo conocerse a un mismo cuando es más fácil conocerse a través de tu otra mitad? Una mitad que se debate entre las convenciones y la pasión.

No todas las medianoches traen un nuevo día, es sólo otra excusa para buscar montañas más altas y desiertos más vacíos. Sueños que nombran a unas manos rasgando cualquier idea. Sorprender incluso con lo cotidiano. ¿Quién es capaz de hacer algo así? Sencillo.

El corazón abierto con el que debes pasar cualquier instante que te regalen.

Recibir las llaves de esa puerta es algo mágico. Tirarla abajo va más allá. Ambas opciones se viven pocas veces. Quizás sólo una en la vida. Y no son pocos los que deambulan sin sentirlo nunca. Afortunados ellos, porque vivirlo, aunque sea un breve suspiro, te lleva como un vendaval, y ya nada vuelve a ser lo mismo.

Ni tampoco nadie quiere volver a la serenidad de lo cotidiano, vacío de toda mirada imprevisible.

El humo del cigarrillo dibujaba formas caprichosas en su ascenso al techo. Unos ojos pardos, del color del café, buscaban serenarse en las caras transfiguradas de la nicotina. Siempre te enseñan a querer ser mayor. ¿Qué ocurre cuando, al ser mayor, sólo piensas en la irresponsabilidad juvenil sin culpa?

Una nueva calada incandescente atenuaba el brillo de una mirada que había redescubierto el placer de aprender, de sentirse ignorante de pasiones en un mundo ridículo y pretencioso. Sí, quería descubrir. Descubrir para perderse.

O, tal vez, para ser más ella misma que nunca.

El relato reverberaba ecos en su memoria, llenando de dudas hasta los más profundos mandamientos. Sus letras, sus frases, sus expresiones. ¿Por qué la afectaba tanto? Desde la infancia le habían inculcado el mismo error. Dogmas, fe, rezos, moral, convicciones, Todo resumido en el mismo contorno, como isla desierta en un mar de sensaciones. Buscarlas, sentirlas, significaba ahogarse.

¿Cuándo cambió todo eso? ¿Cuándo pensó en marcharse sin importar la vuelta? ¿De verdad se lo planteaba? No había respuesta cuando no conocía siquiera el ancla que la varaba, lejos de todo lo que había aprendido a querer y necesitar.

Siempre había dejado su rincón de privacidad, su mundo aparte, sumergida en lectura, en terrazas a solas con una bebida, en cualquier parque en cualquier ocaso. No era el primer libro de relatos que había leído. ¿Qué tenía de especial? El sentimiento de saberse única al perderse en esas frases, escritas para ella.

Disfrutaba pensando en esa mentira piadosa. Ella estaba retratada en esos relatos. Por azar, por accidente, había comprado un libro en un mercadillo de segunda mano, algo para leer en sus viajes, entre trabajo y trabajo. Y allí se vio a sí misma, en medio de la historia de un artista y su musa. Un artista que renunciaba a su arte, a sus creaciones y a su musa para poder quedarse a la mujer. ¡Tanta pasión! Sonrió hacia el infinito.

–Ser musa. Y luego dejar de serlo murmuró hacia su ensueño.

La historia la cautivó. Siempre se había visto como alguien muy mental, una persona que valoraba lo que oía, que sabía lo que decía, pero que se contenía de hacerlo en medio del mundo. Y empezó a sentir un arañazo en su interior, una voz que surgía desde su pecho. Antes de darse cuenta había releído por tercera vez la historia del artista que renuncia a su arte por amor. Tras la cuarta lectura notó el dolor en sus labios después de haberse mordido por quién sabe cuánto tiempo.

Jadeó, de improviso. Estaba nerviosa, acalorada. Encendió un cigarrillo perdida en un mundo de artistas, diosas, fotos, cuadros, barrios bohemios Un lugar al que quería ir.

Durante una semana llevó ese ajado libro a cualquier sitio al que iba. Le fascinaba, pero acabó por necesitar más. El resto de las historias no le atraían tanto, por lo que tal vez fuera la lírica lo que le atraía. Así que empezó a buscar otras obras del autor. No averiguó mucho sobre él, pero lo suficiente para encontrar otros escritos. Formaba parte de un círculo de escritores de una ciudad universitaria y en ese ambiente encontró una recopilación.

Fue a la cafetería de la Facultad, incapaz de esperar a llegar a casa. En aquella ocasión, hablaba sobre el egoísmo como virtud. Aquello le llamó la atención, no tanto por lo contradictorio, sino porque, en el fondo, ella lo creía así. Un muchacho, joven, idiota y enamorado. Qué típico, pensó sin poder estar más equivocada. La chica también lo estaba, pero, al mismo, tiempo, era consciente de que no debería estarlo. Y los dos eran egoístas a su manera, al no renunciar a aquello que hacía estallar sus corazones, al querer entregarse mutuamente, al exigirse mutuamente que se amasen, sólo el uno al otro. Y perderse en un laberinto de deseo bajo una farola, en la calle, junto a un coche

Los nudillos se quedaron blancos de tanto apretar el libro. La segunda lectura fue casi diez minutos después, cuando recobró el aliento. Esta vez, el papel encuadernado descansaba, venerado, sobre la mesa. La tercera lectura trajo consigo unas manchas sobre las letras impresas.

Lloraba.

Cerró el libro con rabia y corrió a su casa, sin saber qué le pasaba, pero consciente de hacia dónde iba.

Encontró un libro más reciente en una vetusta librería del centro. El dueño le ofreció una mesa, si quería leer. Después fue consciente del reflejo de la necesidad que esas frases había causado en su rostro. Culpable. Menuda manera de comenzar un relato. Culpable.

–Lo eres dijo con furia.

Y lo era. Culpable por amar a una mujer que era su mitad en el universo, culpable por no darle todo el amor que ella merecía, culpable por necesitar varias vidas para amarla. Culpable. Culpable

Su mundo se desmoronaba. Con cada nuevo relato se arrastraba al fondo. Pero, ¿al fondo de qué? ¿Hacia dónde caía? El nuevo relato apareció en un facsímil que regalaban en un periódico. Apenas tenía unos pocos años. Tenía la sensación de acercarse a la vez que se hundía. Y esa era la palabra clave: hundimiento.

Un hombre que se hundía, como ella se estaba hundiendo, por la obsesión de unos ojos profundos. Alguien que hipotecó sus creencias por buscar un rayo de luna becqueriano. Y que se hundía más y más, para, finalmente, descubrir que lejos de hundirse, se descubría, se reencontraba a sí mismo a través de una mujer olvidada.

Hundirse. Reencontrarse. Ser uno mismo. Todo daba vueltas en su cabeza. Y cuanto más trataba de entenderlo, de ser fiel a lo que había sido toda la vida, más se hundía. Su vida se había convertido en un campo de arenas movedizas, sumergiéndose poco a poco, inevitablemente, en una espiral de necesidad, de querer más, de buscar sensaciones. De vivirlas.

De perderse en ellas.

De encontrarse en ellas.

Poco a poco, pulgada a pulgada, se hundía sin remedio, perdida como una adolescente ilusionada y, a la vez, más madura que nunca. Una idea se formaba en su mente a medida que las letras dejaron de ser letras, para transformase en el alma. En su verdadera alma, liberada a través de frases. ¿Por qué?

–¿Por qué me haces esto? preguntó cientos de veces mirando al cielo. Sabía la respuesta y se acabaría entregando a ella.

Apuró su calada y encendió las velas. Tenía en sus manos un libro totalmente nuevo, apenas llevaba un mes a la venta. Se había preparado en su cama para leer y perderse en él. La espera se volvía dulce por momentos, así como la creciente ansia por descubrir qué había dentro.

Paró. Respiró hondo antes de abrir la portada.

–Ven a mí dijo convencida, dejándose llevar a sus arenas movedizas.

1.000 caras en las calles, en los escaparates, en risas, bromas, miradas. Tiempo buscando un ideal que al mismo tiempo era fantasía y realidad. Imaginación en sus pasiones, y realidad en su aliento. Entregándose por completo, hasta que apareciera a su lado.

Fue incapaz de dejar de temblar. Dejó el libro a su lado por miedo a romperlo. Lo supo. Supo qué ocurría.

–¿Dónde estás?

Sus susurros se convirtieron en llanto. No leía historias, leía partes de sí misma. No le atraían aventuras ni romanticismos. Era él. La estaba describiendo, la estaba llamando. La lectora amaba al escritor.

Y salió a buscarle, como se buscan mitos, como se cree en llegar a un horizonte y encontrar un nuevo mundo y el fin de toda tierra. Caer en las contradicciones que nos hacen ser quienes somos en verdad.

Necesitaba caer en esa paradoja.

Una vieja cafetería en las afueras. Un café con leche un cuaderno de bocetos y dibujos. Un libro de ciencia ficción barata. Barba de varios días. Ojos melancólicos. No era lo que ella había esperado. Era mucho más.

Tomaba notas mientras leía. Dibujaba, volvía a leer y leía de nuevo. Paró cuando el ambiente se llenó de los versos urbanos de Sabina. Disfrutaba de extrañar algoo a alguien.

–Quiero ser yo le dijo en la distancia, algo demasiado alto, rezando para que no la hubiese oído y deseando que la hubiera escuchado.

Y sin embargo, ese gesto tranquilo, distante, pensativo, triste, hacía que le odiase. Le odiaba por haber creado esa necesidad de él. De lo que decíade lo que le decía.

Estuvo observándole discretamente un buen rato. Le encantaban sus gestos y mirada, fiel reflejo del niño que se negó a crecer. No era el chico de sus sueños. Sin duda era mucho mejor. Recogió sus cosas en una bandolera ajada y se puso una desgastada cazadora de cuero. Era increíble lo rápido que pasaba de niño dulce a chico malo. Apretó los dientes, furiosa. Aún sin pretenderlo, hacía que le desease más y más. Se colocó a su lado para pagar al camarero.

–Cóbrate, por favor. Y lo de la señorita también.

Notó el silencio envolviéndola. Fue incapaz de volverse con un súbito ataque de sonrojo.

–Aquí hay muchos cristales, tu reflejo está en todas partes.
–Yo -balbuceó siendo consciente de que se la veía desde varios ángulos-. Si, se me ve en estos espejos.
–No me refería sólo a los espejos.

Las arenas se la tragaron. Se la llevaron para siempre. Ella dejó de luchar contra la consciencia de su alma dejando que se la tragara un mundo de reglas y restricciones, y recibiendo otra. La suya. La que ella quería recibir de él.

–Te he estado buscando dijo súbitamente seria, segura.
–¿Ah sí? ¿Desde hace mucho?
–Más de una vida.

La confusión en sus ojos oscuros duró poco. Él sabía que lo llevaban observando varios días, a veces desde el bar de enfrente, otras desde la otra punta de la barra. Esa muchacha de mirada ensoñadora le había inspirado para escribir no solamente su última obra, sino todas las demás. Fue consciente de que él también la había buscado, y la llamaba desde sus letras. Ven. Búscame. Encuéntrame. Repetía esas palabras. Ahora ella estaba frente a él y al escritor le correspondía venerarla.

–Nos conocimos antes.
–¿Cúando? preguntó ella.
–En otra vida, en otro mundo. Puede que nos toque el siguiente o puede que no, pero eso sería una lástima sonrió.

–Repíteme eso la sonrisa la había destrozado.

Sacó su cuaderno y empezó a leer lo último que había escrito. No debería quererte, no debería haberte querido, ni haberte buscado, ni haberte deseado. Escuchaba con atención cómo el escritor había encontrado a su musa de mirada cobriza, frente a un café. Se dejaba mecer por la forma en que la estaba describiendo, desnudando, deseando. Quería sentirlo. Lo quería ahora.

Lo quería siempre.

Quería pedirle que no dejara de quererla, que no la dejara ir por mucho que dijera otra cosa. Y un hombre anónimo que era consciente de un amor que no estaba bien, que no debería amar por su alma despedazada, recompuesta a retazos de alcohol y sexo vagabundo. El hombre de ese último relato era él. La mujer era ella. Siempre ella.

–Aún me falta algo para terminarlo supo que eso era una invitación.

Cogió su pluma y apuntó en el final de la hoja:

Y sin embargo, te quiero.

Llegaron noches de escribir, sin más atuendo que el sudor frío del sexo, sin más obras de consulta que los besos desnudos y las almas afines. Ninguno debería. Y, sin embargo, allí estaban. Desafiando a cualquier amor, cualquier pasión que presumiera de llegar más lejos que ellos.

Y todavía siguen alejándose. Suyo. Suya. Mío

Mía. Tuya.

A ti te leo amor, a ti. Que estás al otro lado de mis deseos.

[ Bunbury – De todo el mundo ]

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