Abandonar el barco – @LaBernhardt

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Soy de la generación del barco de Chanquete, del No nos moverán y eso, quieras o no, imprime carácter. Hace tiempo, volviendo a casa, me encontré con un grupo de chavales. Estaban sentados en la puerta de una casa abandonada, haciendo corro. Mi semáforo se puso en rojo y pude ver qué hacían; rodeaban una caja de cartón, me pareció que algo se movía. Me dio mal rollo, yo qué sé, pensé que no podía pasar de largo. Se me puso el disco en verde y justo al lado, en un descampado, aparqué el coche.
Mientras me acercaba al grupo iba pensando que en qué coño estaba pensando, que por qué tenía que ser tan «golismera», que dejes a esos chavales en paz, hostias. Y nada, nada de lo que me dije me alejó un puto paso.
¿Qué hacéis?, nada, que nos hemos encontrado a un perrete y se está muriendo, y yo, que dejadme verlo, a ver, que tengo coche, que no se muere, que yo lo salvo. Y no; no lo salvé porque un hijoputa lo había destrozado por dentro y esos críos lo habían llevado a morir en una caja de Zara, hostias, que no lo toques, tía, que se le salen las tripas, fijo. Que no lo vamos a dejar morir solo. Y allí se quedaron, en silencio, conteniendo el aliento en cada respiración pequeña y sin vida ya del pobre cachorro aplastado.
Me fui y lloré durante el camino de vuelta. Quise abrazarlos y decirles que sí, que así sí; que no se abandona el barco cuando alguien te necesita. No sé cuándo me olvidaré de esos chicos, de ese perrete que murió, seguro, poco después de que yo me fuera.

Me fui y han pasado 5 años, ya ves el tiempo, que dice la gente que no es relativo; los cojones. Ayer me acordé de esos chicos y hoy me he levantado entendiendo qué es lo que que te encadena, veréis; nadie sabe cuándo debe abandonar un barco a la deriva, nadie. Igual, las tiacas acostumbradas a vivir para matar corazones, sí, pero las personas de a pie, no.
Yo no he sido una tía castigadora, permitidme que me ría de ésas: mirad, si quieres a alguien, no lo castigas; no lo abandonas. Es simple. El resto, amigos; es teatro y de eso, entiendo un poco.
Así que no, no fui una castigadora que blandiera su látigo sobre el pobre infeliz de turno, no. Fui el gusano que abandonó el barco antes de que se hundiera. Y eso es mil veces peor que cualquier cosa.
Un día llegué a casa y, mierda, descubrí que mi chico me engañaba. No ahondaré en mierdas de WhatsApps ni Facebook. A Dios, si me está leyendo, debo darle las gracias porque este tío nunca tuvo Twitter. El caso es que me enteré que éramos tres en la cama por unas braguitas olvidadas, a los pies del mundo.
No hice nada, sólo llorar. Me senté a los pies de la cama y con esas bragas ajenas en la mano, lloré porque sabía que debía abandonar el barco.
Me acordé de aquellos chicos, rodeando la caja, asistiendo a la muerte lenta del pobre perrete. En silencio.
Me acordé de ellos y decidí hacer mi duelo, abandonar el barco.
Me duché, preparé una cena que te cagas, gracias TermoMix, me puse un vestido precioso que luego regalé porque supe que jamás me lo volvería a poner y esperé.
Esperé a quien sería en unas horas mi ex amor. Abrí la puerta y besos y qué tal el día, mi vida. Uf, no te imaginas; horrible, me ducho rápido y cenamos.
Y esperé sin hacer más nada que esperar a que terminara de caer el agua por el cuerpo del hombre que había querido, que quería, qué cojones. Esperé a que terminara porque esa sería nuestra última cena.
Suena ahora muy drama pero allí, entonces, fue así; esperé.
Cenamos, reímos, no puedo recordar qué tonterías cenaron con nosotros. Tampoco qué había en la mesa. Del vino, sí, de un Ribera nunca me olvido.
Nos fuimos a la cama y no follamos; martes sería, o miércoles. Qué más da; un día cansado para un polvo sin ganas.
Recuerdo que lo acaricié, acaricié su espalda y fui consciente que sería la última vez que lo haría, que esa cama ya no era mi cama y que esa espalda, ese chico, no eran los míos.
Recordé cómo uno de los chavales de aquel perrete lo acariciaba; se muere, me dijo.
Se muere, me dije ese día en la cama. Se muere este amor y debo abandonar el barco y yo no quiero porque soy de los de Chanquete, de los de no dejar que nadie se hunda, de los de hundirse con todo, si no hay más remedio.
Pero no hice nada. Dormí, o eso creo. Me levanté, desayuné, recogí mis cosas y las cargué en el maletero. Qué poco abulta una vida cuando tienes prisa por borrarla.
No volví a esa calle ni a ese chico. No usé jamás braguitas color granate porque eran el enemigo.
Hoy volviendo del instituto, en un semáforo, me he quedado mirando a una chica; llevaba una maleta gigante, lloraba y acariciaba a un gato callejero que se dejaba querer.
Creo que acababa de abandonar su barco.

 

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