¿A qué juegas? – @DonCorleoneLaws

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Seguramente no pensabas que esto resultaría así: de esta forma tan naturalmente madura, tan desinhibida y espontánea. La verdad es que yo tampoco, por eso mismo puede ser peligroso, pero: ¿a que te sientes viva?.

Ha ocurrido cuando nuestros dos cuerpos eran tan sólo uno, y estaba sobre ti apoyado únicamente en esos -mis brazos- a los que te aferrabas con sexual desesperación. Sabes que disfruto haciéndolo, y ya había cambiado la cadencia de menos a más para que el ritmo de tomarte fuera casi frenético buscando nuestro final conjunto. Tan solo tu espalda quedaba apoyada en la cama y como dos feroces enredaderas, tus piernas rodeaban mi cintura apretándome el torso contra ti. Eras para mí y yo era para ti, acoplados como medidos engranajes en el confortable calor de tu sexo, deslizándonos de una forma perfecta.

Fue entonces cuando ocurrió. No sé si lo notaste, pero mientras te besaba rabiosamente los labios, el corazón se me salía por la boca.

Ha sido como un pequeño instante de muerte súbita en el que ambos hemos cerrado los ojos y nos hemos intercambiado las almas en el terso roce de nuestras lenguas. Nos hemos abandonado el uno al otro. Hemos calmado la sed bebiéndonos, y al volver a recuperar la mirada hemos sonreído.

Deseaba sentirme así desde hace mucho tiempo.

Tal cual pasan –largas- las horas en las tardes de invierno mientras se fuga el blanquecino sol con dulzura, podría invertir mi tiempo mordiéndote la nuca con el mismo cuidado que tienen los felinos con sus crías; rozándote con deleite la suave dureza de los pezones entre mis dientes mientras te miro a los ojos pícaramente; lamiéndote la espina dorsal a la vez que mi áspera barbilla la recorre de Norte a Sur –bendita geografía la tuya- ansiando cálidos paraísos meridionales donde fondear esos agitados dedos míos que tanto te gustan, y que te han demostrado saber extraer la húmeda y sensual música que llevas dentro.

Disfruto notando cómo te sientes bonita cuando te observo y, acariciándote despacio, espero saber transmitirte que tú me haces sentir igual. A “esto” nuestro no hace falta ponerle nombre, ni cargarlo de manidos estereotipos de esos que luego se olvidan con el tiempo, y cuya posterior ausencia rellena traicioneramente el cargador de los reproches para que sean disparados como certeras balas a la conciencia de quienes antaño fueron amantes y la rutina convirtió en otra cosa.

No sirven de nada las promesas vacías ni los adjetivos calificativos. No somos medias naranjas porque ambos siempre nos supimos sentir completos con nuestras incoherencias, necesidades, cicatrices y paranoias existenciales. Siempre tú tan tuya y yo tan mío, y ahora, ya ves: tú tan mía y yo tan tuyo…

Y lo único que hemos hecho es aceptarnos y encontrarnos en este océano de almas errantes por cuyo espeso mar de niebla (digno de ser pintado al óleo por Friedrich) vagan silenciosamente gentes insulsas: personajes que se sirven de los demás para después llamarlos despectivamente “piedras”, cuerpos sin brillo interior que viven rutinariamente en una constante queja por todo, personas perdidas como avejentados niños sin futuro que caminan ensimismados en lo que un día fueron y nunca más serán.

Nos hemos reconocido al mirarnos a los ojos y ver en los nuestros el brillo ajeno; al entrelazar nuestros dedos y ver que los otros se acoplan perfectamente; al reírnos por las mismas tonterías y pensarnos -con deseo de más- durante las ausencias diarias. Como cuando los rayos de luz se cuelan entre las nubes y sorprenden cayendo a la lluvia, nuestras soledades han abandonado el gris plomo para descomponerse en un crisol de colores pasteles que van desde el rosado de los labios escocidos por los besos hasta el Burdeos de tus uñas dibujando estrellas sobre mi espalda.

Y ahora que ya no calculamos el tiempo y se nos pasan muertas las horas de orgasmo en orgasmo sin tener siquiera hambre de comer; y ahora que ya no concebimos el espacio si no es invadiendo el del otro con un abrazo por la espalda, un paseo cogidos de la mano o una siesta sobre su vientre, ¿qué ecuación le aplicamos a esta efímera felicidad para que la relatividad no se limite al frágil “ahora”?. ¿Qué podemos hacer nosotros, cuyos conocimientos de física no traspasan el puro deseo de amarnos que tenemos?. Nosotros, que hemos sobrevivido a tantos naufragios sentimentales, a tanto derrumbe programado de edificios mal construidos para no ser bien habitados, y a tantos bombardeos estériles cargados de ombliguismo. Qué paradoja: nosotros, que somos tan del “aquí y el ahora”

Hemos intercambiado el ser en medio de un suspiro derramado entre bocas y, eso, querida mía, es muy peligroso. Soy una extraña mezcla de persona sensible, coherente y reflexiva, y de “Capo di tutti capi”: un tipo duro y pragmático que bebe ron añejo, lee novela negra, escucha ópera, tiene poca paciencia con la mentira y va de regreso en mil asuntos, pero que, pese a todo, aún podría sucumbir a una ternura que ya pensaba desahuciada.

Al tumbarme a tu lado con el pecho sudoroso después de habernos hecho el amor devorándonos como salvajes, te he mirado relamiéndote esa boca recién terminada de jadear. Y la dulzura con la que me devolviste la mirada me ha explotado en el pecho extrayéndome una socarrona sonrisa mientras he pensado: “Nadie, corriendo semejante peligro, debería estar así de guapa. Pero, ¿tú a que juegas?, ¿no ves que podrías enamorarme?”.

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