Una carta sin remitente – @LaBernhardt

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«El mundo está lleno de gente pesada. Los hay de todos los colores, de todos los sabores, de mil tamaños. Curiosos esos personajes, los pesados, digo: irrumpen en mitad de una canción, de un cuento, de un teatro, de un mundo.

A veces, interrumpen sin darse cuenta, los pobres. Otras veces, lo hacen queriendo llamar la atención.

No me caen mal los pesados, qué va. En el fondo, me dan penica: si hacen eso, tal vez, es porque necesitan que alguien los mire, los bese, los escuche. Necesitan un escenario y un aplauso. Y es una lástima porque entran a actuar antes de tiempo. Y claro.

Y luego, además de ellos, vive en el mundo la gente que no pesa.

Es alucinante conocer a alguien así porque lo bueno de ellos es que pasan por tu lado y  refrescan el ambiente. Es gente «brisa». Nunca sabes cuándo se irán. No recuerdas cuándo llegaron. Y huelen tan bien…

Son escurridizos, como un pez entre las manos…¿has sujetado a un pececillo alguna vez? Pues esas cosquillas son las mejores. Ésas sólo la puede hacer aquel que no pesa.

No se apoyan en nadie;  no pueden hacerlo, qué tontería. Y son, muchas veces, transparentes. Pero de una transparencia llena de colores; están ahí, los sabes. Otras veces, son oscuros. Pero no dan susto. La suya es una oscuridad luminosa. Hacen que el mundo sonría. No arrastran tristezas, aunque las tienen, uf, vaya si las tienen. Y eso…eso es una puta magia.

Hay gente pesada y gente que no pesa. Y desde luego, tú, no eres del equipo de los pesados.

Tú eres de los que no pesan. Y qué bien».

Yo soy del equipo de los que escriben. De los que se pueden morir si verbalizan este cuento. Por eso estoy aquí, por eso he quedado en esta librería contigo, mi pez que se me escurre entre las manos, el chico que no pesa. Te he comprado un libro, lo llevas pidiendo sin hablar desde hace meses. Y yo llevo diciéndote Te quiero, sin hablar también, desde hace meses.

Hoy me he atrevido. Hoy, rodeada de libros y cervezas, te he escrito esta carta. Es mía. La verás cuando te dé el libro, me dirás:

-«Anda, ¡una carta sin remitente!, qué chulo, ¿puedo leerla?»

-«Nooooo, todavía no. Léela cuando me vaya a casa, por favor», te rogaré yo.

Me pido una cerveza, una Brutus, que me sabe a gloria en esta mesita. Y termino de escribirte esta carta; la escondo entre las páginas de tu libro, en un sobre sin remitente.

Dios, qué tonta, sin remitente y con un membrete precioso, «Tipos infames», que luce y bien grande, delante. Una carta sin remitente escondida en el libro que te regalaré en 10 minutos. Un libro que esconde un cuento. Un cuento que esconde un corazón. Sin remitente.

Míos, los dos.

En cuanto entres por la puerta, sonriente y lleno de lunes cansado, te la daré.

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