1% – @Macon_inMotion

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El circo y sus inmediaciones estaban empapelados con los carteles de la increíble bala humana, el hombre que se disparaba desde un cañón recorriendo vuelos imposibles para aterrizar sano y salvo sobre una red.
En la prensa local no se hablaba de otra cosa, e incluso rivalizaba en la deportiva con un holandés espigado que había aterrizado en Barcelona hacía unos meses y que respondía al nombre de Johan.
La carpa principal estaba a rebosar aquella noche de verano y estalló en una estruendosa ovación cuando un hombre apareció con una desgastada capa de color azul por encima de una cazadora de cuero marrón, pantalones de camuflaje y un gorro de aviador.
El hombre se rascó dos veces la barba rubia antes de bajarse las gafas y levantar los brazos en alto. En ese momento un lateral de la carpa se abrió, dejando ver una red a más de doscientos metros de distancia.
Por la megafonía empezó a sonar un redoble de tambores con cierto aire a marcha militar. El hombre dio la espalda al público y se dirigió hacia un enorme cañón con su nombre escrito en gruesas letras en un lateral. Leopoldo. Así se llamaba el cañón.
El público se removía nervioso en sus asientos mientras el hombre se introducía en el cañón levantando el pulgar a su compañero, que debía activar el mecanismo, en señal de que todo estaba correcto.
Los tambores cesaron. El público tragó saliva. El cañón tronó. Un relámpago azul cruzó la noche. Un hombre volaba. El público vitoreaba. Entonces sucedió. Él sabía, segundos antes de que ocurriese, que no iba a caer en la red. Cerró fuertemente los ojos y apretó los dientes, anticipándose al terrible impacto que iba a sufrir.

Un anciano de barba canosa apoyaba las manos en la mesa y se removía, incómodo, ante las preguntas del joven que tenía delante, con un moderno smartphone a modo de grabadora. Se rascó dos veces la barba, atravesada por una enorme cicatriz, antes de contestar.
—No.—dijo, al fin. —No era un loco ni un temerario. Lo que hacía me daba la vida, esos instantes en los que surcaba el aire me hacían vivir tan intensamente que no cambiaría ni uno solo de mis saltos. Ni si quiera el último.
—Los especialistas dijeron que el salto que usted intentó tenía sólo un 1% de probabilidades de éxito. Muchos tildarían eso de temerario.
—Escúchame atentamente.—dijo el anciano, inclinándose hacia adelante. —¿Si tú tuvieras garantizado un 1% de probabilidades de conseguir aquello que más deseas en tu vida, no irías a por ello?
El joven periodista le miraba con los ojos como platos. A su alrededor, un montón de fotos en blanco y negro y recortes de periódico sobre la increíble bala humana, le observaban.
—Un 1%. Garantizado. —prosiguió el hombre. —Es poco, pero no es cero. No es cero. ¿Lo entiendes? Lo temerario sería no intentarlo. Un 1% significa que hay esperanza. Y el hombre, chico, vive de esperanza.
—¿Es por eso que su autobiografía se titula precisamente así, 1%?
Un libro con una preciosa portada vintage descansaba en la mesa. Podía leerse el título: 1%, una vida al pie de los cañones».
—Un 1% es suficiente para mí. Los médicos también dijeron que solo tenía ese mismo 1% de salir con vida de aquello. Y aquí estoy. —El viejo se alejó de la mesa empujando las ruedas de su silla de ruedas para acercarse a una de las fotografías. —Un 1%. Para vivir y para intentarlo no se necesita más.

 

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